La nena del párroco


"Te lo dije ¿no?” Frase que ahora golpeaba su psiquis una y otra vez. No se había percatado de lo evidente, de lo precaria de su situación, hasta que todo se le vino abajo como si se tratase de un castillo de naipes.“Maldita sea” se dijo a sí mismo y golpeó los nudillos de su mano contra la pared, la que estaba a la derecha en la cocina.
Para todos era evidente su condición máxime proveniente de una familia disfuncional como la suya. Tendría unos ocho años cuando su madre cierto día entró a su habitación encontrándolo probándose y viéndose ante el espejo de su ropería un vestido de su hermana mayor, la que se llevaba tan sólo un año y medio de diferencia.
Su padre era un clérigo de la iglesia bautista y su madre, protestante. Había crecido al igual que su hermana en el seno de una familia que imponía para sí rudos principios morales y éticos.
El travestirse. Eso era algo que no podía domar; un potro salvaje acostumbrado a corretear por la pradera de su incipiente psiquis, libre de toda atadura o ligamentos como los implantados en su familia desde que se le reconociere.
A la temprana edad de nueve años ya era considerado “la nena del colegio”, o “la otra nena del párroco” en forma despectiva, algo que, su mente en formación no lograba vislumbrar menos que menos comprender. Comprender que unos nacieron de una forma, otros de otra, pero que no siempre se da de esa forma.  No como la sociedad paute. 
Que existen y han existido diferencias de género, a sus nueve años no podría entenderlo, luego sí.
El costo de esa comprensión cobró su último “duro” al cabo de los años: los desafíos de tener que vivir sintiéndose mujer en cuerpo de un hombre. Aislamiento, incomprensión, desarraigo paterno no así materno que al final le conllevara al alejamiento.
Mudó hacia otra Sociedad, cambió de género, de nombre, pero aún así no pudo sustraerse del familiar y su doctrina. Eso. Eso hasta que a la larga su familia lograra acéptalo, no como ellos querían, sino como él sentía ser: Mujer.