El anciano


La canoa surcaba lenta las aguas del riachuelo rozando algunas ramas que daban hacia el margen izquierdo por el cual transitaba; el anciano conocía demasiado bien por donde se desplazaba, de hecho había vivido ahí toda su existencia. Ese día venía del pueblo más cercano; había necesitado provisiones y las había adquirido vendiendo pieles de osos que había cazado con anterioridad. Ahora volvía a su casa donde había pasado el largo invierno solitario. Sobre su regazo descansaba el rifle de alto poder adquirido por él en otros tiempos.
Cierto tiempo atrás lo habría conseguido en medio de una apuesta; aún era joven por ese entonces. Ahora anciano volvía a su casa en la montaña a través  del arroyo que bordaba la parte nor-oriental de la misma.
A unos cincuenta metros delante de él, sobre la orilla opuesta por la que surcaba de retorno un alce bebía.
“Tomasito” pensó el anciano cuando lo divisó.
Estando a unos treinta metros, el animal levantó su cabeza en señal de peligro y se escabulló entre los matorrales que cubría esa parte de la costa; a lo alto un halcón peregrino cruzaba el cielo hacia el oriente.
Año y medio atrás, el anciano lo salvó de la mordedura de una trampa puesta por otro cazador oculta bajo la nieve. El lo sacó de ella y logró curarlo.
–Viste querida –mencionó como un susurro al cruzar frente a donde había estado a escasos segundos antes mientras impartía impulso a su canoa mediante un remo– ese era Tomasito.
La niña le sonrió y con un dedo señaló al cielo.
– Y ese es..
–Juancito –Respondió agachándose para evitar la rama de un ciprés que casi acariciaba el agua.
El halcón peregrino siempre iba a su encuentro todas las mañanas; apoyaba sus garras sobre el brazo del anciano envuelto en un cuero; él le daba de comer unos bocados de carne cortada. Era lo que acostumbraba. Esta vez no se dio y ahora “Tomasito” venía a su encuentro.
Al dar la vuelta de un recodo entre la orilla septentrional y una pequeña playa en medio del riachuelo un grupo de garzas remontaban vuelo hacia el éste.
–Esos que ves ahí –señalándolas– son la familia Martínez –Y agregó–: El que lleva la delantera es Jack. Lo has de reconocer por la cintilla que lleva en su cuello, en su parte de arriba –Y le señaló con el dedo–. Ves.
–Ahí esta mama –dijo la niña señalándola– mami, mami.
Su esposa estaba acuclillada lavando ropa a orillas del arroyo; levantó su cabeza cuando los escuchó venir. Casi inmediatamente los saludo levantando su mano izquierda.
Y antes que la canoa tocara tierra su hija se abalanzó a sus brazos abrazando su cintura apoyando su regazo en ella. Ambas se giraron y le sonrieron.
Y eso fue lo que hizo él, –el anciano– sonreír. Pero cuando apoyó su pie en tierra firme ambas mujeres, su esposa e hija, desaparecieron.
Su rifle había sido adquirido en mejores tiempos; una apuesta. Su esposa se había enojado con él a consecuencia de ello. Un día lo había dejado apoyado contra la pared que daba al estar mientras cargaba su camioneta con todos los pertrechos para pasar una temporada en el  monte cuando, vio a su pequeña, de tan solo ocho años con el arma entre su regazo. Apuntaba a su madre.
–¡¡María no!! –llegó a decir–pero el disparo fue más rápido que su reacción. A los lejos una banda de pájaros levantaron vuelo. Quedó petrificado y cuando quiso reaccionar la niña apoyaba la boca de arma en su mentón disparándose.
Nunca más se supo de él, ni sus amigos ni familiares. Nunca más se vio. Una vez cada un año y medio o dos, un anciano aparecía por el pueblo, vendía lo que traía y se iba como había llegado. Solo, solitario. Nadie preguntaba por él. Vendía el producto de ese tiempo y desaparecía.

La nena del párroco


"Te lo dije ¿no?” Frase que ahora golpeaba su psiquis una y otra vez. No se había percatado de lo evidente, de lo precaria de su situación, hasta que todo se le vino abajo como si se tratase de un castillo de naipes.“Maldita sea” se dijo a sí mismo y golpeó los nudillos de su mano contra la pared, la que estaba a la derecha en la cocina.
Para todos era evidente su condición máxime proveniente de una familia disfuncional como la suya. Tendría unos ocho años cuando su madre cierto día entró a su habitación encontrándolo probándose y viéndose ante el espejo de su ropería un vestido de su hermana mayor, la que se llevaba tan sólo un año y medio de diferencia.
Su padre era un clérigo de la iglesia bautista y su madre, protestante. Había crecido al igual que su hermana en el seno de una familia que imponía para sí rudos principios morales y éticos.
El travestirse. Eso era algo que no podía domar; un potro salvaje acostumbrado a corretear por la pradera de su incipiente psiquis, libre de toda atadura o ligamentos como los implantados en su familia desde que se le reconociere.
A la temprana edad de nueve años ya era considerado “la nena del colegio”, o “la otra nena del párroco” en forma despectiva, algo que, su mente en formación no lograba vislumbrar menos que menos comprender. Comprender que unos nacieron de una forma, otros de otra, pero que no siempre se da de esa forma.  No como la sociedad paute. 
Que existen y han existido diferencias de género, a sus nueve años no podría entenderlo, luego sí.
El costo de esa comprensión cobró su último “duro” al cabo de los años: los desafíos de tener que vivir sintiéndose mujer en cuerpo de un hombre. Aislamiento, incomprensión, desarraigo paterno no así materno que al final le conllevara al alejamiento.
Mudó hacia otra Sociedad, cambió de género, de nombre, pero aún así no pudo sustraerse del familiar y su doctrina. Eso. Eso hasta que a la larga su familia lograra acéptalo, no como ellos querían, sino como él sentía ser: Mujer.