Por los caminos de Dios

El ómnibus que a duras penas podía subir la cuesta, por momentos parecía que iba a detenerse; seguía de tozudo que era, ya que, con un arranque de fuerzas, continuaba la marcha a través de la carretera que serpenteaba entre la montaña y el valle, ese, que quedaba muy abajo.
Siempre le cuesta don –escuché decir, pero sin prestar atención.
Las cacerolas y los ruidos de los cerdos que había sobre el techo del ómnibus tapaban la voz. La gente conversaba entre sí; poseían un acento raro al mismo tiempo, seguía siendo español. Cada tanto, algunas frases indígenas ocultaban el ruido del motor.
¿Usted no es de por aquí, verdad?
No. No soy de aquí –agregué sin ganas, absorto en el paisaje que me rodeaba.
¿Por qué no me deja en paz?” ,  pensaba.
No tenía ganas de diálogo.
¿Turista? –Recalcó- Raro es ver uno en el bus.. –Pero antes de que pudiera decir algo agregó–:¡¡Ah!! Claro usted nunca vio un volcán.
Mi cara le habría dicho todo. Por un lado, el cacareo de las gallinas encima del techo del vehículo que era tan ensordecedor como el sonido de las conversaciones de los pasajeros, por otro, la vista de uno de éstos, –volcán–, emitiendo un aroma de azufre que cubría por entero las fosas nasales.
No me había percatado.
Estamos llegando Villa Miseria –A lo que agregó–: Le decimos La narizota de Lucifer –Y lo señaló.
Al volcán.
Lo menos que quería era tener una conversación con una lugareña, y ésta, en particular, me estaba dando lata.
¿Qué?
Fue cuando me fije por vez primera en la figura de la mujer que tenía a mi lado. De alrededor de unos treinta años, rasgos indígenas, se apreciaba que era una muchacha de buen porte. Su vestimenta mostraba que provenía de una familia de un buen pasar, pero no al extremo de llegar a ser ricos.
Hasta ese entonces, había estado pensando en lo que había dejado atrás: mi hogar, mi familia, mi trabajo. Todo.
Le decía que estamos por arribar a Villa Miseria.
Fue cuando me percaté de lo que sentía: llegar a lo más lejos que pudiese, al mismísimo infierno si pudiere. Debió haberse notado en mi cara, pues se hizo un silencio. Mi interlocutora, se había quedado sin palabras. Así el tiempo había estado transcurriendo por esos caminos que solo Dios sabe.
No tiene de qué; me llamo Carlos.
Clarisa. –Dijo, a tiempo que me mirara y diera la mano– Así me llamo. –Y Luego de un tiempo acotó–: Disculpe usted. No quise importunarlo.
El bus a duras penas había logrado llegar a la cima más alta cuando se detuvo un instante; una sacudida, y el motor retornó a la vida. Parecía que también yo hacía lo mismo, pero hacia el mundo terrenal. Hasta ese momento había estado inmiscuido en mis pensamientos tormentosos.
¿Y usted, Clarisa? –la miré –. ¿Es de la zona?
Sacándolas sin saber de donde pronuncié esas palabras.
Si, vivo en Villa Miseria –Sonrió–. Vengo de la capital; tuve que ir a la misma por unos menesteres.
La gente atestaba el pasillo del vehículo; el espacio era tan reducido que hasta mi mochila tenía que estar entre mis pies. La única pertenencia real que cargaba.
El silencio se volvió a instalar.
Si antes, carcomía desde la médula, ahora era pujante, escudriñante.
¿Qué le trae por estos parajes, Carlos?
Fue cuando la observé con más detalle. No pensaba contestarle, era una total extraña, en un lugar fuera de contexto, de todo lo que siempre me había movido. Pero..
Verá, Clarisa, fue a causa de un amor no correspondido o como le diría... no comprendido.
Me extrañé a mí mismo pronunciando esas palabras en medio de un camino serpenteante, que bien podía representar el trayecto al fin del mundo.
Tierra, tragáme –pensaba–. ¿Cómo era posible que hubiera dicho eso”
Esa muchacha, bella, de rasgos indígenas, a pesar de su ropa, propia del lugar, tenía ese “nosequé” que mostraba su elegancia. De piernas largas y delicadas, caderas del tamaño justo, ni muy exageradas ni muy estrechas que marcaban bien su cintura. Se apoltronó en su asiento y con un giro de la cabeza comenzó a observarme inquisidoramente. Una lágrima comenzaba el largo peregrinaje desde la cuenca de mi ojo hacia mi mejilla izquierda.
En el trayecto se apreciaba las zonas montañosas así como una vegetación estratificada en forma de pisos, de esa manera, se manifestaba el contenido de mi corazón.
-Verá Clarisa. Un día, llegando del trabajo me encontré con mi señora en el dormitorio con mi secretaria.
¿qué tenía que decirle todo esto?” cruzaba por mi mente.
Estábamos a unos dos mil trescientos metros de altitud, rodeados de peñascos, abetos y coníferas, y hasta por momentos la vegetación desaparecía permanentemente siendo reemplazada por nieve.
Nieve”. Nieve era lo que tenía en mí corazón al momento de conocer a esta chiquilla, preguntona.
-Un zumo de naranja, don Carlos.
Gracias –respondí sin pensar en lo que obsequiaba.
Ya nada me molestaba. Sólo quería hablar, desahogarme, gritar, hacerme oír a los cuatros vientos, lo que por mi corazón no brotaba. Había caído bajo el embrujo de esa criatura que ni busto tenía; era la de una mujer joven, turgentes, e incipientes.
Estela, mi señora, cuando la conocí vivía al lado del edificio de mi apartamento de soltero. –Dije– .Recuerdo que me asomaba a verla gracias a las escaleras, disimulando que estaba limpiando o pintando la fachada que nos separaba. –A lo que acoté–: Sobre todo la observaba cuando sospechaba que se estaba cambiando de ropa; ella no tenía costumbre de echar las cortinas, parecía que lo hacía para que yo la mirase, y cada vez que la miraba…
¡¡uffff!!!, madre mía” no recordaba si esa expresión lo pronunciara en voz alta o baja. Era igual.
Comenzábamos a bajar. Se veía a lo lejos "Villa Miseria"; se empezaba a percibir los arces, y algún que otro abedul y la humedad... humedad, que de golpe empezó a hacerse notar.
Los cambios de climas eran notables entre una zona y otra. Clarisa me miraba y no decía nada, sólo dejaba que me explayara. Mi estado de ánimo también; era cambiante como el clima.
Verá Clarisa –dije–, cuando vi la boca de Estela, mi señora sobre el cuello de Marcela, mi secretaria –hice una pausa como pensando y acoté–: Comenzó a besarla suavemente hasta que sus labios se encontraron con el lóbulo de su oreja, y a mordisquearla...
¿Usted que hizo?
Clarisa ya interesada en lo que le contaba, movía unos cuencos que tenía entre sus dedos.
Me despreciaba a mi mismo por no haber sido capaz de reconocer mi deseo por ella. –mencione–. De no haber aprovechado las múltiples ocasiones que había tenido de acercarme, de hablarle íntimamente, de incitarla, de provocarla –Y concluí –: Fue cuando me escapé.
Observando para afuera a través de la ventanilla del ómnibus visualizaba las formas generalmente redondeadas, y más jóvenes de la topografía circundante. Podía apreciar sin mostrar interés, la forma en que se agrupaban las cordilleras, unidas en sentido longitudinal; los macizos, agrupados en forma más circular o compacta. Cuando en una saliente, ya de bajada, cerca de "Villa Miseria" el ómnibus se quedó sin frenos.
-Clarisa…
–¿Si…?
Se acurrucaba entre mis brazos y yo me cobijaba entre los de ella, sintiendo su tibieza.
-Si salimos de esta, ¿podré ir a visitarla?
Entre la cacofonía procedente de entre la gente que se golpeaba una a otra, las valijas que caían del techo, y los codazos recibidos, el vehículo se precipitaba a través del barranco empinado.
-¡¡Hay, diosito!!... ¡¡Hay, diosito!!.. por la Virgen María y todos los santos…
Si, Carlos, vivo en…
El tiempo lo diría, la historia se escribiría de distintas formas, y las preguntas serían de todos los matices. Parece que hubo una mano prodigiosa que llevó al ómnibus por un sendero entre los abetos y las ramas, a detenerse sin volcar a orillas del cauce del "Río Seco", el único que cruza por los alrededores de Villa Miseria.
Clarisa Fernández, ahora es mi mujer, mi amante, la madre de mis hijos. Vivo en su lugar natal, un caserío indígena perdido en medio de la nada.