Inés


Si nunca me escuchas, si nunca me ves..
Debería gestarte angustia
pero te juro, que no te retendré.

----- OO -----
 

–¿Quién era esa? –Preguntó.
Sus ojos. Sus ojos lo decía todo: desde un fuego que minaba las entrañas hasta un anhelo que daba a afligidas pujas. Aunque lo sintiera sobre mi, los ignoré. Seguí conduciendo la camioneta por la carretera vecinal, que a esa hora se hallaba vacía. Habíamos ido al cumpleaños de Inés, la esposa de Henderson, un amigo en común.
De ahí veníamos.

Al notar  que no le respondía, insistió:
–Te vi fisgoneando con esa rubia esquelética, la esposa de Henderson.
Sus ojos se manifestaban elocuentemente, reclamaban una repuesta clara, concisa.
–¡Hee!! –Fue cuando desvié la mirada que había estado fija en la ruta hacia ella–. ¿De quién estás hablando?
Fue en ese momento, en que el sonido un claxon proveniente de un camión, se oyera, por lo que:
–¡Cabrón! –Grité. Más, quedó en eso. Producto del susto de casi darnos un topetazo de frente, todo por prestarle atención al tenor de la conversación que se estaba dando ya de vuelta, desde la reunión.
–¿Inés? –Fue cuando acoté.
Fue cuando me vino a la mente.
Su andar.
Era con desgano, consistente de una fémina que suscitaba en uno, aún anuente, un deseo caprichoso de posesión.
–Te vi –mencionó–, primero cuando nos presentaron, luego cuando te ausentaste..
“Si serás cabrón.” cruzaba por su mente aunque no lo expresase.
–No me dirás que..
“Estela esta borracha –pensé, pero no dije–. ¡Borracha! Que tengo un amorío con Inés, Jaja”
–Observé como te miraba –Acotó al tiempo que encendía otro de los tantos cigarrillos de esa noche–. Nosotras las mujeres..
Los anhelos la carcomía, desde la misma médula de su instinto. El que realmente fuera suyo. Pujaban, escudriñaban.
Se hallaba celosa.
–Cursamos el Colegio juntos –mencioné.
Nos hallábamos a unas decenas de kilómetros de nuestro hogar, sobre el acceso de un puente. Los recuerdos sobre ella se agolpaban sobre mi mente.
“Gustosilla como un fruto incipiente”, era la mejor forma de describirla.
–Te vi que le tomaste de las manos –me miraba fija de lado–. Te he perdonado muchas cosas, pero esa flaquita que parecía no decir nada..
Por las venas de ella corría algo como un espinal estigma tiznero que apuntaba hacia mi, y que aunque pujante, era una brisa que recitaba inmoralidad.
–¿Pero que bicho te picó? –Recuerdo haber aducido.
Fue cuando tuve que frenar de golpe; un alce estaba detenido en medio de la ruta a escasos kilómetros de nuestra casa. Se quedó mirando fijo, directo a los focos provenientes del vehículo.
Cual un halcón sobrevolando los abismos de un mundo incipiente, oteando cual ave depredante, fluían raudas, imágenes por al mente de mi mujer.
–¿Te acostaste con ella?
La camioneta dio un bandazo.
Mi mujer era poseedora de un temperamento que se podría asemejar a  cuando el viento moldea las dunas. Así, como el agua cuando zurrea a los cantos; una endurecida roca, que aunque vítrea y en algunas ocasiones hasta lastimera, disponía una buena dosis de majadería.
“Una calienta-braguetas”, era lo más cercano al carácter de Inés. Podría llegar a incitar a una ardiente relación impetuosa, que hasta pudiere definirse como amedrente. Pero era eso. Si me había acostado, claro que si. ¿Quién no? Pero eso fue antes. Antes de conocer a quien sería mi mujer, la madre de mis hijos.
–No.
–Mentiroso.
Fue cuando dejó de observarme. Fue cuando desvió su mirada, la que me había capturado por la que, tanto la amé.
Todo en ella era cual un volcán en plena ebullición; uno que no era capaz de apaciguar las viseras, enclaustrando pasiones.
–Nunca fue para mí.
Ya estábamos ahí, en las postrimerías de nuestra casa.
–Eras tú.
Mi mujer fijó su mirada de piedra en mí.
Fue el momento que detuviera el vehículo y la mirara.
–Tú.
Mi mujer siempre había sido y aún así pienso, ahora que escribo esta historia la depositaria de ese fuego que es capaz de socavar un alma, poseedora de una incinerante llama que todo lo consume.
“Joder. Si siempre desafié su boca para aún cohibiéndose se saciara” fluía por mi mente en forma rauda.
Fue el momento en que nos besamos, un beso tierno, pero cálido al tiempo que transmitía todo, disipando las dudas.
–Te quiero.
–Te quiero. –Respondí.