El escritor

Cual la lava crea un río, así su diatriba;
en desplazamiento lastimero
golpeando como fusta.
–Donde doliera–.

–En primer lugar habría que intentar dilucidar si la obsesión por la lectura –mencionaba el escritor–, sería una especie de necesidad ultra terrena..
Así comenzaba su disertación, la cual daba paso a un silencio cortante, esperado, lleno de carga sensorial.
–Así como el escritor busca en su creación, un escape momentáneo hacia una región alterna donde el mecanismo y engranaje es a voluntad del hombre que lo inventa. –Se detuvo un instante, encendió un cigarrillo, miró a quienes habían asistido y–: De ser así, el lector trasciende en la lectura a otra dimensión donde las reglas corrientes son abolidas por la ficción. Partiendo de ese punto  de vista..
Esa noche en particular, el anfiteatro estaba colmado de personas; personas que  habían sido invitadas para la ocasión: La exposición de un escritor y su obra literaria. Acercando una silla a la orilla, a centímetros de la primera fila, comenzó a leer ante todos éstos.

“Es usted insaciable, no podré nunca ponerme a su altura, que con que esté al ras del suelo, para mí es un edificio de 20 pisos. No me deja otra alternativa que someterlo a mi lema: Hay dos maneras de hacer las cosas: la correcta y la mía y las dos son lo mismo. Por cierto, más que como un lince, yo veo su majestuosa persona como un carnero, y me pregunto por qué”

Para ese entonces la gente lo miraba con los ojos convertidos en un plato, en tanto, sólo se veía la figura del disertante mirando uno a uno a cada individuo que había. Parado ante la multitud continuó:
–Es propio de los artistas el temperamento colérico –Hizo un silencio adrede, para que calara más profundamente lo que pretendía exponer–. Recuerdo a Beethoven y a Nietzsche. Es propio de los artistas el deseo de trasgresión sino véase al Marques de Sade, a Boccaccio, a Margarita Carrera.
Aspiró el cigarrillo y observo a quienes habían venido a escucharlo.
–También se ha atribuido a los artistas el lujo del escándalo –Micrófono en mano comenzaba a pasearse–: recuerdo a Oscar Wilde a Dalí, pero en suma ha habido personajes con estas cualidades perdonen mi simpatía.
Dejó la colilla del cigarro sobre su regazo y siguió leyendo, ahora unos párrafos distintos.

“Oye, Versal desconocida, hay algo en lo que nunca meto la pezuña: la equivocación.
Pletórica Vacante: yo, la Visión, reconozco a doscientas personas de la red por sus siete primeras palabras. No juegues al ratón con un lince. Escribes. Y ya.
Vestal: me voy antes de que sea tarde. Siento algo raro, muy raro. Algo que no me comí antes. Mmm... uves, uves, uves... Ni besos ni abrazos: Lluvia de virutas de acero iridiscentes”.

Tosió, para a continuación decir:
–Eva es un alma atormentada aunque despierta;  posee esa clase de temperamento que se podría plasmar como artísticos que rayan a enfermos tan crónicos que han muerto de locura, como es el caso de Maupassant, un gran escritor y más que eso, un gran ser humano.
Se cayó otro momento. Ahora la pausa fue más pronunciada; aspiró el sabor de un nuevo cigarrillo. La gente lo miraba extasiado. Continuó su lectura.
–Posee aquel  sentimiento que los humanos denominan "estima" hacia ciertos participantes que pululan por los foros literarios. Eva apareció en ellos sólo por registrarse.
Se levantó con el micrófono en mano y comenzó a moverse a lo largo y ancho del anfiteatro.
–Como escribir no escribe o, ¿acaso la lista del supermercado cuenta? Por lo menos lee.  Eso se dice, aunque geste emociones contradictorias.
Y leyó:

“Oye, majestad mesiánica, no quiero enamorarme. Me voy. No me confunden tus regateos de soccer pro. Si el destino lo quiere, nos encontraremos. Sobre la honestidad bestial: Te queda tan bestial que se me quemaron las dos córneas y el par de repuesto. Voy a tomarme dos litros a tu salud, hembruno poderío. Necesito anestesiarme todos los sensores a la vez, que si no arderá la casa. En relación a “¿Cómo se ve de esclavo, eh?” Eso es la lumbre centelleante de la sinapsis. Espero que en este foro encuentres un lugar lo suficientemente amplio para ti. Me veo bien. Sobre todo, lo que mejor veo es cuando te imagino tratándome de subyugar. Más”.

Se detuvo un instante y fijo la mirada en una mujer que estaba cercana a él. Los comentaristas tomaban nota apurados. Se acomodó sus lentes y dijo:
–Brinda repuestas como si un incendio consumiera la ciudad de Sydney –blandía el libro–. Al parecer la susodicha ni escribe ni comenta, cuelga del foro la cuenta del supermercado, sin el menor pudor. Esta tía no es una zorra cualquiera. No, no.
Se acomodó los lentes, tosió un momento y se abocó a la lectura de su libro.

“Mi querido Manuel, usted dispense que yo mantenga velada la identidad del usuario que me ha llevado de la nariz, como una inerte marioneta de sus caprichos, a aterrizar en este oasis poético. Tiene usted razón, no soy una zorra cualquiera (apenas me he presentado y usted formuló con precisión de cirujano, un perfecto retrato de mi ilustre persona), es que más bien me consideraría como perra. Ahí tiene el por qué no soy una zorra cualquiera ¿Acaso tiene usted algún problema con el mundo canino? Ya verá cómo nos llevaremos de maravilla, lo intuyo. No será que usted a partir de ahora quiera dedicarse a masticar sus alimentos vía anal, yo le aconsejo que no apueste las muelas: soy de Leo. Pero repose usted, esta vez no le cobraré la apuesta”

Dejo el libro sobre la mesita lindera y los miró:
–¿Cómo se debe interactuar en los foros literarios ante una Eva así?
Dejando que el tiempo se asentara y la gente dejase de reír, encendía otro cigarrillo en tanto, miraba fijamente la cara de los presentes. Con ello dejaba que la pregunta calara los estratos más profundos de la psiquis de los oyentes.
– Se los diré en 3 palabras: Compren mi libro.
Todo el auditorio para ese momento le ovacionaba parado, y él, seguía moviéndolo para delante y para atrás.