Cabronete

“Cabrón –pensaba para sí.”
Catherine miraba a través de la ventana de su dormitorio pero aunque lloviese como lo estaba haciendo, su atención no recaía en ello ya que su mente vagaba por otros rumbos, en el hijo que llevaba dentro. Con un mes de gestación se hallaba inmersa en un mar de dudas.
Había conocido a Matías dos años atrás en el cumpleaños de su mejor amiga, Ivonne, una noche de julio. Por ese entonces le faltaba una materia para recibirse de Ingeniería.  Luego de algunos encuentros no carentes de sexo decidieron irse a vivir juntos al departamento, el de él. Por ese entonces Catherine había estado viviendo en el Campus Universitario.
Si bien la atracción en principio fuera mutua, no todo se dio como ella esperaba.
Si, era cierto, la relación de sexo era muy buena y no faltaba oportunidad  para practicarlo, pero luego vino el embarazo.
Un embarazo que Matías no quería.
Por ese entonces, él acababa de egresar del Campus; se había recibido de físico y entre sus aspiraciones era especializarse en cuántica. En su mundo no había lugar para criar un hijo.
Así pensaba.
Pero no habiéndose casado, solo conviviendo, fue que ella quedó encinta.
No se lo esperaba.
Quedó.
Fue cuando empezaron los problemas.
Estando en  la cocina, ella acostumbraba a prepararle un suculento desayuno: huevos revueltos, un vaso de zumo de naranja,  yogurt con cornflakes y un sanwiche  hecho con  pastrami y queso. Desayunaban así, incluso con alguna fruta en el medio, luego cada uno se iba por su lado.
Catherine se marchaba para el Campus  a temprana hora en la mañana. El por su parte, había adquirido un trabajo de medio tiempo en el Centro Universitario; estando allí y viendo como se desempeñaba, un buen día, ayudado por un profesor logró matricularse en una maestría sobre Física Cuántica.
Ocasión que no desaprovechó.
El quería el Master en esa materia.
–¿No querrías unos niños corriendo por aquí? –una mañana desayunando le dijo.
Ella no solo no tenía ni idea sobre lo que pensaba él sobre la posibilidad de ser padre,  menos que menos hablar de como abordar ese tema. Cuando realizó esa pregunta Matías estaba leyendo el matutino, con un croissant en la boca. Casi atragantándose, dejó a un lado lo que comía.
Había quedado mudo.
–No –fue su repuesta.
La sola idea de que Catherine quedase encinta no solo le sentaba mal sino que ni interés tenía siquiera de ser padre. Por lo que siguió leyendo como desechando una mosca molesta.
–¿No? –Se levantó, se giró hacia donde estaba la mesada, se sirvió un vaso de leche cuyo recipiente reposaba sobre la mesada y casi inmediatamente acotó ya más firmemente–: ¿no?
Se sentó y lo miró.
–Estoy con el período –dijo, colocando su mano derecha sobre la de él. Adrede, pues se la apretó,  provocativamente, insinuante.
Hacía ya un tiempo que rondaba por su cabeza la idea de ser madre, de procrear. Matías levantó sus ojos y éstos se dieron de frente con los de ella. Fue el momento que toda esperanza acumulada se viniera abajo.
–No es momento Cat –dijo–. No ahora.
Catherine abrió los ojos como platos.
Depositando el matutino sobre la mesa, él agregó:
–Tú no te has recibido; yo apenas tengo un magro ingreso y tú dependes de una beca para terminar tus estudios.
“Carajo con el tío” pensó más para sí misma pues esa repuesta indiscutiblemente la había agarrado en un un momento de debilidad.
“Pero que pedazo de imbecil”
Aún así, aunque se molestare y pensare que Matías era un cabronazo de primera, un individuo que pensaba en sus propios intereses, no dejó de insistir aunque el tiempo llegó a hacer lo suyo.
Y así pasó.
Este hizo lo suyo.
El tiempo.
Catherine se sentía cada vez más veterana, le faltaba una materia para recibirse, y Matías acababa de adquirir el Master que tanto había ansiado. Fue cuando ella quedó encinta; no de él precisamente; había buscado consejo en el que menos debía: un amor de antaño, uno que a ella lo dejó.
Ahora sin esperarlo, no sabía como decirle a su pareja, pues no quería saber nada sobre el tema que tanto le afectaba.
Eso.
Hasta que se lo dijo.
Ese hecho, la relación con otro estando ya con uno, aunado al acostumbramiento en la pareja, el hastío fue adquiriendo forma. Al principio no se notó, luego fue adquiriendo más incidencia en la pareja.  Cada vez fue alejando y enfriando la relación.
Ello se había ido manifestando a través  de lo escaso en hacer el amor, pretextos que se imponían cuando alguno de los dos quería algo del otro. Catherine estaba sumergida en un mar de emociones y sensaciones cada vez más proclives a un mal talante, en tanto Matías, más sumergido en su trabajo como físico. Un escapismo.
Ser madre en Catherine, era una idea que se había ido gestando con el transcurrir del tiempo; el evitar ser padre, por temores inculcados o sentimientos no encontrados, hacían de Matías un huraño. Uraño, cuya faceta no se había expresado en su total magnitud.
No hasta ahora.
No hasta que se enteró.
Lo de la infidelidad.
“A joderse tío –pensaba Matías– ¿y es a mi quién critica?”
Matías comenzó a frecuentar ambientes más sórdidos, tan así, que hasta relaciones extramatrimoniales llegaban a consumarse en su propia cama matrimonial, la que hasta ese entonces compartían con Catherine.
“Yo solamente quería un hijo –pensaba ella en contrapartida– y con él, no con Sebastián”
Por otro lado, estaba más inmersa en su trabajo, que si bien era demandante, no lo era tanto como pareciere ser. Ella se demandaba a sí misma.
No quería ver a Matías.
Con Sebastián se conocía de niña. El había vivido a dos cuadras de la casa donde naciera. Cursaron la escuela pública para luego ya siendo adolescentes, su amigo de infancia se ausentase del país. No lo volvió a ver hasta el día que se encontraron en un cafetín.
Nunca se lo había dicho, pero por ese entonces Catherine veía en Sebastián un amigo, no una pareja.
Hasta ese día.
En el cafetín.
De ahí a la cama fue sólo un momento.
Un instante de debilidad.
Por aquello de lo que hubiera podido ser y no fue.
Por querer ser madre y no poder serlo.
Por hastío.
En Matías veía otra cosa: un cabronete. Uno a quien culpar de no querer ser padre y vivir para él y únicamente para él, eso, hasta el día en   que:
–Eres un hijo de puta –le espétare en su propia cara– ¡Cabronazo!
–¡Malparida!
Eran palabras que otras circunstancias no se habrían suscitado nunca.
Ahora sí.
Su matrimonio estaba en crisis.
Catherine dio a luz un varón al cual recibió el nombre de Esteban. Inconscientemente le había puesto el nombre del padre de Matías.
El no fue a verla.
Ivonne si.
Ivonne era amiga de niña. Se conocían desde los primeros años de la escuela. A partir de ahí fueron inseparables, hasta pasaron por los mismos cursos y compartían los mismos amigos, entre ellos Sebastián.
“Cabrón”, pensaba para sí.
Con su hijo en manos, sola, un único pensamiento rondaba por su mente.
Catherine miraba a través de la ventana de su dormitorio pero aunque lloviese como lo esta haciendo, divagaba en otro rumbo, hacia su hijo, no en quien alguna vez fuere su compañero, el que se enamoró locamente aquella noche de julio en casa de su amiga Ivonne.