Otto

–¿Alguna novedad para mi? –dijo al llegar al la Clínica.
La recepcionista, una mujer de mediana edad, elegante en su porte levantó la vista de lo que estaba haciendo, y lo miró.
–Hola doctor –respondió–; los doctores Estefanell y Márquez desean hablar con usted.
–Bien. –Rubinstein propinó dos golpecitos sobre su mesa y se giro hacia la Sala de Reuniones, no sin antes decirle–: ¡Gracias!
“Cuanto hace que no me aparecía por aquí –se dijo–, ¿con qué me encontraré?”
Hizo un ademán con su mano como queriéndose sacar ese pensamiento de su cabeza y acotó para si mismo: “Veremos”
Cuando llegó se detuvo un instante, contó hasta tres, y luego golpeó la puerta que daba a la Sala de los Galenos: la de consultas.
–Adelante –escuchó decir.
“Veamos”, se dijo para si y entró.
El Doctor Estefanell había sido el primero en llegar. Era un hombre de contextura atlética, de mediana edad el cual poseía una especialización en traumatología forense.
Le siguió unos minutos después el Doctor Márquez siendo el último en arribar: Rubinstein.
Los dos primeros habían estado dialogando sobre el caso que tenían entre manos.
Márquez era un hombre pequeño, de pelo morocho y desgarbado. Se había especializado en una asignatura conocida como: diagnóstico psico-forense.
Una reciente especialidad.
–¿Cómo está Doctor? –Estefanell le dijo al tiempo que se estrechaban las manos–. Soy el Doctor Estefanell y le presento a mi colega, el Doctor Márquez.
Hizo un gesto para que se acomodara.
–Un gusto conocerlo –agregó Márquez extendiéndole la mano–, queremos cotejar nuestras impresiones con usted sobre un caso que tenemos en estudio –adujo.
–Bien.
–El caso –dijo Estefanell–, es sobre un paciente que se llama Otto –y rebuscando entre los informes clínicos dijo–: un hombre que al momento en cuestión que arribó tenía unos sesenta y tantos años, de buena contextura.
–Trabajaba como costumbre en el Minimarquet de la Estación de Servicio Shell en la frontera con la República Checa, sobre la autopista que conecta Hamburgo con Dresden –agregó Márquez.
Estefanell lo observo como diciendo: “estoy hablando”, pero dejo que Márquez acotara.
Rubinsteín escuchaba lo que decían y cada tanto hacía un gesto de asentimiento.
–Ya se había cumplido prácticamente el doble horario que tenía asignado en su trabajo –prosiguió–, hacía el recuento de caja y se quería ir a su casa.
Estefanell, hacía un reconto de la historia del paciente.
–Por ese entonces, caía nieve y abundante –complementó Márquez con los dedos encruzados apoyados sobre la mesa que había en la Sala–. Fue cuando llegaron.
–¿Quiénes?
–Dos individuos procedentes de Nassau –terminó la pregunta Estefanell. Márquez observaba–. El instinto le hizo desconfiar pero sólo logró eso. Aún así, oprimió el botón que tenía debajo del mostrador: una alarma silenciosa.
Márquez asentía.
–Fue el momento que una escopeta de caño recortado se posesionó frente a sus ojos –complementó la explicación de su colega. Estefanell hizo un gesto de concordancia.
–Entiendo –asintió Rubinstein– pero, ¿cómo es que terminó en la Clínica?
Y acercó su torso sobre la mesa directamente mirando hacia sus colegas.
–¿Es qué terminó muerto?
Los hombres que tenía delante se miraron un instante y volcaron la vista hacía el invitado, Rubinstein.
Se tomaron su tiempo en responder.
–Según lo que se extrae del parte policial.. –la frase quedó inconclusa.
–Si... –Rubinsteín le hacía un gesto con la mano como diciendo:”Prosiga, lo escucho”.
–Según lo que se extrae del parte policial –prosiguió la frase cortada de Estefanell–, prendieron fuego la estación de gasolina, no sin antes robarle el dinero. –Concluyó Márquez–. Lo mataron para robarle la recaudación.
–Entonces se halla aquí? –dijo el invitado–. Su alma..
El silencio se apoderó de la Sala acayando todo eco de las palabras.
–Su alma.. –Ahora repitió, ya con un tono más contundente: ¿su alma se halla reposando aquí?
–Si –Contestaron al unísono.
–Pero.. –expresaba gesticulando Rubinstein–. ¿Qué queréis exactamente de mi?
Y ya los miraba directamente a sus ojos; fue cuando se recostó sobre el respaldar del sillón.
–Venga.
En medio de colinas verdes y praderas ondulantes descansaba Otto, debajo de la sombra de un gran Ciprés.
El alemán de unos sesenta y tantos años descansaba leyendo un libro. Sobre él, unas hadas movían las hojas del mismo cada tanto y cantaban acompañadas de una melodía de Strauss.
–Buen trabajo señores.
Rubinstein comenzaba a desvanecerse del lugar paulatinamente a medida que el sueño cobraba vida.