¡Enfermo!

–Pero, ¿quién te pensas que soy? –dijo–. ¿Una cualquiera? Y mostrando su cólera acotó–: ¡Enfermo!
Fue el momento en que sin pensar me tiró un florero que pude esquivar apenas, el cual terminó escarchándose contra la pared.
“¡Carajo con esta loca!”, pensé al tiempo que me tapaba la cara a consecuencia de los escombros.
–¡Loca, pará! –le grité–. ¡Pero que.!
Quedé mudo, cuando la vi tirar por el balcón de un doceavo piso, mis pertenencias.
–¡Pedazo de una anormal! –mencioné– Pero que.. –Y ya sin entender ese cambio brusco de actitud, fue cuando el golpe no demoró en hacerse notar. Claro, en medio del caos reinante no me percaté de ello.– Loca no. Locasa. –Acoté queriendo terminar la situación a como diera lugar.
La había visto horas atrás en un club nocturno sobre la rambla. Habíamos dialogado, reído, tomados unas copas, y luego..
–¿Entrás? –Había dicho ella, invitándome a su departamento.
Entre un beso y otro, vino la música melódica. Fue cuando la quise abrazar de atrás, más, evitó todo contacto riéndose.
–Servite un trago –me dijo desviando el abrazo– ahora vengo, me voy a poner más cómoda.
“¡Vaya! –Pensé en ese momento–, ¡si esta rebuena la piba! –Y para reafirmarme me dije para mis adentros–: ponete cómodo, que ésta se te da”.
No fue así.
Luego de otras copas y unos cigarros, entre besos y arrumacos, terminamos en el dormitorio.
“Pero, ¿a quién estoy tratando de convencer? –Si fue la piba la que, cerrando la puerta me despojó la camisa–. De hierro no soy”. Pensamientos.
“Si entre esa forma de moverse, el vaivén de su trasero, y su cintura, era para volver loco a cualquier cristiano. ¡Joder!” Otros pensamientos.
Hicimos el amor –¡y vaya como!–, pero cuando quise..:
–No. Por detrás no –respondió secamente.
–Pero querida –le dije melodiosamente–; Si.. –en una mera actitud de galán.
Su proceder cambio.
–Pero, ¿quien te pensas que soy? –dijo–. ¿Una cualquiera? Y mostrando su cólera acotó–: ¡Enfermo!
Fue el momento en que sin pensar me tiró un florero que pude esquivar apenas, el cual terminó escarchándose contra la pared.
No se como salí de ahí. Pero lo hice. Una anciana que asomaba su cabeza, luego de escuchar su griterío me vio.
Mi gesto fue elocuente.
–¡Hay diosito mio! –ella mencionó cerrando de golpe su puerta. Lo hizo, no sin antes persignarse tres veces y pronunciar unas “avesmarias y demás”.
Un taxista se apiado de mi, no sin antes haberle tenido –claro–, que dejarle el rolex a cambio del aventón.
“¡Carajo con esta piba –me dije para mi después, ya estando en la comodidad de mi casa–. Loca no. Locasa”.