Chateando

La pieza no poseía nada distintivo, como una ventana, un cuadro adosado a la pared. Nada, a excepción de una puerta.
Vació total: su característica.
Anonadina.
–¡Hey! ¿Qué es éste lugar? –preguntó el visitante–. ¿Tuyo?
Marcos, era un adolescente que no llegaba a cumplir los 17 años, flaco, un tanto desgarbado. Observaba la pieza, en tanto caminaba a través de  ella.
“Es nuevo el sitio”, pensaba para si.
–Si –recibió como repuesta–. La acabo de abrir –se giró hacia su visitante y luego dijo–: todavía no se que uso darle.
Andrés, no tendría más de 18 años, también delgado, pelirrojo.
Su dueño.
“Bueno, aquí estoy”, había estado pensando.
Tanto él como Marcos se ubicaron en el centro y comenzaron a mirarla. La sala no decía nada: No tenía nada distintivo, hasta su puerta tenía el color de la pared.
–¿Eres nuevo en esto? –mencionó–, digo, porque nunca te había visto por este lugar.
“Que raro se siente ver la sala así –era un pensamiento recurrente desde que había arribado–, ¡vacía!
–Si –respondió sin mirarlo, dándole la espalda en tanto miraba su diseño–, ¿Qué piensas? –fue cuando se detuvo en sus ojos. Se giró.
–Le tienes que poner muebles, pintar un poco –dijo su vistante, Marcos–, no se.. dependerá el uso que quieras darle.
Andrés se dio vuelta sobre si, mirando las paredes, el piso, el techo
–Talvez una ventana allí –Marcos le señaló una pared–, un artefacto lumínico en el techo..
–Un desván allá –escucharon decir.
Ambos se dieron vuelta, y observaron; una adolescente que acababa de arribar pero había tenido tiempo para escuchar las últimas palabras entre ambos.
–Por cierto, me llamo Ana.
–Yo Marcos
–Y yo Andrés, bienvenida.
–¿estas mucho en el sitio? –mencionó Andrés; Marcos se había distanciado y comenzado a tocar el relieve de la pared.
Y se giró luego de saludarla.
–Si. Se puede decir que yo vivo aquí –respondió Ana y comenzaba a dar sus primeros pasos por la sala vacía–, necesitas muebles –acotó.
–Es lo que yo le decía recién –mencionó Marcos, tendiéndole la mano–, necesita ser rellenado –y se giró hacia su dueño y preguntó: ¿Andrés, que utilidad piensas darle a tu sala?
“Tengo una sala de Chat”, se decía hacia si mismo. Acabo de abrirla”
Fue cuando se giró.
–No se, acabo de abrirla y ustedes son mis primeros visitantes –adujo–. Quizás.. ¿una sala privada? –y los miró–: ¿qué  piensan?
Ana lo desvió y camino hasta el centro, se giro y observó. Marcos y Andrés se quedaron juntos. La miraban hacer.
–No se –dijo– ¿privada? ¿Y que función cumpliría una sala privada? –fue cuando sus ojos se posaron en ellos.
“Humm..” –dijo para si Andrés–, buena pregunta”
Marcos observaba la escena.
–En principio –dijo para que los escucharan–, una sala donde podamos conocernos, opinar e intercambiar ideas –a lo que agregó ya mirando a ambos de cerca: conocernos, luego se verá. –y concluyó: Luego si se da el caso de modificar algo, lo pondríamos a consideración. ¿Estáis de acuerdo?
–Vale –dijo Ana.
–Bien –Respondió Marcos–, ¿pero si has de hacerla privada te convendría ponerle seguridad?
–¿Seguridad?
–Si –acotó Ana– los internautas acostumbramos a ir de aquí y de allá y si no tuviera seguridad.. –fue cuando ella lo miró: lo que dijéramos en la Sala, no sería tan privado, ¿no crees? –Los cuerpos de ella y Andrés, su dueño, casi se entrechocaron.
–Por cierto, si la Sala ha de seguir abierta –acotó Marcos– habrá que ponerle un nombre.
Andrés lo quedó mirando: “tiene razón”, pensó.
–¿Qué les parece “Los chicos del interior” –Mencionó locuazmente Ana– yo soy habitué de “Las Chicas de Alejandría” –y se detuvo un momento y en ello quedó.
“¡Que bien! –Se decía para si Andrés, su dueño–, hace apenas unos minutos no sabía que haría aquí y ahora no sólo soy dueño de una Sala sino que tiene una aplicación gracias a éstos visitantes”
–Humm  –se dio vuelta por la sala y se detuvo ante ellos–: ¿alguien de ustedes sabe de seguridad?
–Yo –Dijo Marcos. Soy estudiante de Ingeniería
–Yo algo. Soy estudiante de Arquitectura.
–Bien –y los miró–Marcos me has de ayudar con eso de la Seguridad –y la miró a Ana–: esta bien “Los Chicos Sanduceros” me parece bien Ana.
–¿Y la clave? –dijo ella–: ¿Cuál sería?
“¿Clave? –Se preguntó Andrés– ¡Cuánto me falta aprender!
Meditando un instante los observó y luego respondió:
–Paysandú ¿Qué os parece?
–Vale –acotaron ambos
–La próxima vez que nos encontremos estará el sistema de seguridad instalado, acuérdense de la clave. – y antes de irse acotó: ¡No entrarán!
–Si –recibió como repuesta, quedando solo en medio de la Sala.
“Se puede poner interesante” pensaba para si.. 

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–Pero que carajo –escuchaba decir Andrés–. ¡Tu hijo es un holgazán!
“Siempre con esa computadora encima” su padrastro pensaba.

Santiago, trabajaba como Jefe de calidad en una empresa siderúrgica. Con sólo apenas 40 años estaba a cargo de la Planta ubicada en las periferias de la ciudad, la que daba hacia el oeste.
–Y vos sos un alcohólico de mierda –mencionaba su esposa Andrea –. Aduciendo que tienes mucho trabajo siempre venís tarde –y para reafirmarse apoyó sus nudillos sobre la mesa de madera que estaba en la cocina. Lo miro, fue cuando le dijo–: ¡Se que andás con esa otra!
Los ojos de su esposa estaban inyectados de sangre. Su presión arterial se había disparado. El sopapo no demoró en hacerse sentir.
Andrea cayo de costado, entre el lavarropas que estaba debajo de la mesada y la heladera; un hilo de sangre comenzaba a brotar de su boca. Intentó levantarse más no pudo; sus piernas le flaqueaban.
–¡Pero si serás cabrón! –atinó a decir, al tiempo que tanteaba como safarse de su marido.
–No es lo que estas pensando –La levantó y la volvió a acostar de un sopapo–. Si te referís a Irene, es la Secretaria del Jefe. Son muchas las veces que debo hablar de trabajo con ella.
“Siempre que vengo, ella esta durmiendo –el pensamiento pasaba raudo como un río que fluía veloz–, y ese crio..”
–Tu hijo es un vago –acotó.
Ahora el sopapo provino de ella.
–No te metas con Andrés.
“Mierda con el mocoso” se dijo para si. Fue cuando Santiago de un golpe se retiró del lugar.
Andrés asomaba su cabeza, y comenzaba a limpiarle las heridas que le hubiere propiciado su padrastro. Abrazaba a su madre que lloraba.


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–Bueno, ¿qué les parece ahora? –expreso Andrés–, ¿os gusta?
Muy seguro de si se les miraba a los ojos y cada tanto se desviaba a hacia la Sala.
–¡Que cambio! –dijo Ana al tiempo que giraba sobre si, mirando el trabajo logrado–. Muy bien.
–Gracias a la ayuda de Marcos –acotó–, la seguridad. El interior fue idea mía –Miraba su obra como si fuera su hijo pródigo.
Unos almohadones sobre el piso, en una esquina; una mesa ratona rectangular en el centro con varios más a su alrededor; una lámpara de pie en otra esquina y los colores.. éstos, le daban sensación de profundad.
–Trabajas en diseño por casualidad? –Dijo Ana.
–No. Soy psicólogo –respondió alegremente–. Podríamos hablar de nuestros problemas, sería su uso, ¿qué opináis?
–Mis padres me dice que me pasó todo el día con Internet –mencionó Marcos– que no tengo amigos..
–¿Y si hablamos de ello? –Andrés abrazando a Marcos lo invitó a sentarse, fue cuando mirando a Ana acotó–: Este es un buen lugar Marcos, habemos de nuestros padres.
–Si –dijo ella–. Hablemos de nuestros padres –y se dispuso a sentarse y escuchar lo que Marcos tenía que decir.