Siento sin decir

–Si tú fueras aire, yo sería ese fuego con que incitaría el inicio de una embrionaria relación impetuosa –y acote–: espacio daría cual fuere un oportuno aliciente, fogosidad propia de un amante, proclive a vaivenes gestaría.
Fue cuando me detuve.
El silencio entre los dos se tornó patente a tal punto que: “Adherís voltaica vigilia a la razón –pense, lo que–: ésta incita cual volcán con su lava esculpid.”
Sus ojos con un aura llena de fogosidad brillaban.
–Sois candela, mismo agua.. fluíd. –Ella expresaba–. Sois lo que vuestro interno despreciad.
Ambos, nos encontrábamos a un pelo de tocar nuestras pieles; nuestras miradas se entrecruzaban.
–Pues, arrástrate ante el fuego que horada las entrañas. –Nuestros labios, una caricia recibieron no sin antes terminar acotando suavemente en su oído–: Desentraña vuestra consensuada ansia fanfarroneada que os carcome lentamente; os daña.
Frase mencionada el momento preciso en que las cadenas carcomían las entrañas.
Nuestros desnudos cuerpos desmarañaban cada entraña abigarrada, o bien desentramada; enmarañábase así, las entrañas arrastrándonos frente a  una horada ansia.