Relaciones

–¡Pero hijo de puta! –contratacó–, ¡si serás cabrón!
Se notaba en su gesto, el rictus de la cara, así como su postura frente a él. Chispas salían de sus ojos marrones, ojos que por otro lado, él, se había enamorado.
–¡Morite cabrón! –Al no recibir repuesta alguna, ella le plantó en medio de la cara–: ¡Malparido!
Y ya estando en ello iba a continuar cuando fue frenada de golpe.
–¿Y vos nena? –El hombre contraatacó a la sarta de palabras provenientes de su mujer–, ¡Frígida!
“Carajo –pensó para si, como tomándose tiempo para medir las consecuencias de sus palabras y agregó sin mediar palabras–: ¡Si resulta que somos nosotros los que tenemos la culpa!”
Ese pensamiento dio pie para expresarle violentamente:
–Claro –le espetó en medio de la cara–. Vos nena, sos inocentita ¿no? –A lo que, contraatacando él, expresó–: Siempre, con un “pero”.
“Cuando intento abordarte –en la mente de su marido corría las imágenes como un río turbulento–, tienes un “NO” como repuesta. –Ocupada –aduces.”
Pensamiento que estaba entre ceja y ceja y que lo obnubilaba por completo.
–¿Desde cuanto andas con esa “OTRA”? –Ella le gritó haciendo ademanes, moviéndose de un lado a otro por la sala de estar–. Siempre me decían: “cuídate, mira que Mario..” –a lo que, ante el silencio existente vociferó ante sus narices–: ¿Es que no soy suficientemente mujer para vos?
Ella, se ubicó frente a su marido, manteniendo una mirada extremadamente gélida. “Otra”. No quería ni siquiera mencionarla”.
Se miraron a los ojos y el silencio se hizo palpable lo que hiciere que el tiempo para ambos, se tornase indefinido.
“Siempre atendiéndolo al señorito –pensaba su mujer para si–; no sabía si iba o venía –aunque, para reafirmarse como mujer, se decía a si misma–: Le esperaba con la comida caliente, y el: dejando sus cosas por cualquier parte del departamento. Miren como retruca el hijo de puta”
–¡Quien te crees que soy! –le dijo, no exenta de furia aunque ya más calmada–, ¿tu empleadita? –y para reafirmar el concepto, ya retornando de nuevo ese enojo ciego que sólo aflora del interior de uno, concluyó–: ¡Pero si serás cabronete!
“La veces que intenté hacerte el amor –corría como un río de lava por la mente de su marido–, la veces que quise abrazarte estando vos en la cocina, o en el living. Y las veces que me rechazabas”
–¡Eres una frígida, mujer! –acotó Mario a lo ultimo que terminaba de decirle Ana, su mujer: “¿Es que no soy suficientemente mujer para vos?”–. Siempre que te busco, que intento acercarme, me rechazas como si tuviera la peste. Ves el hacer el amor como eso.. –se silenció y para dar más énfasis, luego de ese paréntesis donde las palabras caían como piedra en un costal, concluyo su diatriba–: Peste, si. El que no debe ser lo suficientemente hombre para vos, debo ser yo.
“¡Carajo! Ahora el maldito soy yo. El culpable de todo –pensó–. Las culpas son de los dos, de la pareja, que no funciona como debiere” pensaba.
–¡Mierda, malparido! –Replicó, no sin antes propiciarle un sopapo en medio de la cara ella– ¿Qué quieres de mi? –y lo miró fijamente–: Me duele.
–Si. El que te sea infiel, según tu.
–No. –Le cortó en secó a su marido–. La penetración.
El silencio se hizo más latente, mas palpable, más indescifrable a medida que esas palabras y su contenido, caían lentamente como gotas de lluvia en la mente de Mario.
–Nunca me dijiste?
–Me daba vergüenza.
Se miraron, y el tiempo parecía haberse detenido. Sus ojos estaban conectados como trasmitiendo “ese algo” insustancial.
–Ya. Y por eso creíste que te era infiel. ¿Verdad Ana?
–Si. –Se puso a llorar desconsoladamente– Pensé que tenía algo malo en mi y no me animaba decírtelo. –Y mirándome a los ojos concluyó: ¿Sabes? Llegue a pensar que si me eres infiel, serías feliz –a lo que, sin ganas aceveró–: aunque no me gustaba la idea de que así fuere.
“La hija de puta soy yo, tengo algo malo en mi cuerpo. Me duele la penetración y no logro el orgasmo” pensaba su mujer cuando le decía el verdadero motivo de su preocupación.
–¡Ana, mi amor! –Su marido se acercó y la abrazó. Llorando también él–. Soy tu marido, debiste habérmelo dicho.
Con el abrazo, vino un beso. Un beso tierno. Aunque durase una eternidad.
–Lo arreglaremos –Le dijo suavemente su marido–. Te amo
Ella lloraba.