Pueblerío

Era una mañana agradable, ese sábado. Era otoño.
Las personas hacían ejercicios, otras, estaban sentadas en los asientos a la vera del camino, las madres se reunían para dialogar, algunas mecían las cunas de sus retoños, otras hablaban de sus maridos. Alguna que otra,  envidiosa.
El verano pareciera que aún no se había querido despedir, aún así las tardecitas eran frescas, así como las mañanas. Así estaba el parque: repleto de colores, de hojas que no querían perder su verdor; de pájaros que trinaban y revoloteaban entre ellas, y alguno que otro que se acercaba y sustraía migajas que algún niño dejaba caer cuando jugaba.
El formaba a parte de la ciudad. Era su pulmón. La ciudad pareciera aboserverlo. Hacerlo suyo. El parque.
De día era un mundo, de noche otro. Otro muy distinto.
De día la gente hacían footing,  los veleros y sus regatas. De noche se llenaba de  prostitutas las cuales ejercían su trabajo: Competían con los drogadictos.
En la comunidad todos se conocían. 
El Jefe de Policía del Condado estaba casado con la hermana del Concejal; el mecánico, el único que tenía, acostumbraba a salir de pesca con el herrero y el doctor.
El centro del pueblo tenía la extensión de una manzana a la redonda conformado por una plazoleta. Por un lado estaba la Catedral, con él único párroco, ya anciano por cierto; por otro, estaba la Comisaría y el Ayuntamiento.
Nada perturbaba la vida de quienes la habitaban. Lo común era alguna trifulca entre los que la habitaban, más a consecuencia del alcohol y las mujeres que por otro motivo. Hubo algún caso de muerte o de fallecimiento, pero tanto para el comisario como sus dos ayudantes, eran a consecuencia de los borrachos. Estos terminaban la noche en la Comisaría, hasta el día siguiente. Una vez que se les hubiese pasado la resaca se les soltaba, no sin algún rezongo por parte del comisario.
El pueblo lo bordeaba un río que casi enseguida, sólo unos pocos kilómetros, se convertía en una ciénaga. La gente acostumbraba ir a cazar cocodrilos.
En tiempos buenos hacían regatas.
La mayoría de sus habitantes vivían a orilla de ésta o, a algunos kilómetros del lugar, pero siempre en sus cercanías.
Su divertimento, era la caza de cocodrilos y cuando andaban muy alcoholizados jugaban al tiro al blanco usando los recipientes del correo que estaban sobre el camino de piedra a la entrada de alguna casa que se perdía en la maleza.
Los domingos eran sagrados.
Iban a la iglesia, donde el párroco auspiciaba de párroco, porque no siempre se desempeñaba como tal. En más de alguna ocasión se le veía en a Taberna, en las afueras, jugando a las cartas.
Los casamientos, eso si, sólo él podía hacerlos.
El médico, el único que tenía, auspiciaba desde curandero hasta psicoanalista. Porque eso hacía, sobre todo cuando alguna muerte acontecía en alguna familia. Calmaba las almas en pena.
En más de una ocasión auspició de partero.
Era el médico de la familia. Sólo que la familia en éste caso, era todo el pueblo.
Claro, cumplía todos estos servicios no estando alcoholizado. Difícil. Pasaba la mayoría del tiempo con un Jack Daniels en la mano. Era la desesperanza. Desesperanza  por no haber podido salvar a su esposa cuando una noche en que llovía, le erró a un puente  cayendo al río. Fue cuando ella murío.
Nunca se lo perdonó y en la actualidad aún perdura el fantasma de su muerte.
El herrero. Ese era otro cantar. No era oriundo de la zona. Había venido desde lejos y estando en la Taberna tuvo un lío de faldas a causa de una meretriz. Se fue a las  manos con un lugareño, forzudo. Era el mecánico. Destrozaron el local, terminando en un calabozo.
El tiempo hizo lo suyo, y su profesión, la de herrero, le dio su lugar en la comunidad. Terminaron haciéndose amigos.   ¿Cómo? Es otra historia.
Como en todo pueblo chico, las habladurías corrían más rápido de lo que se gestaban. Se dice que había sido un ladrón de guante blanco, también que una vez, o más de una, resolvió pleitos mediante armas. Un hombre de armas a traer.
Como solitario que era,  la gente hablaba a sus expensas, pero lo callado lo llenaba en creces con sus trabajos de herrería.
Al parecer ello hizo que lo aceptasen. En más de una ocasión se desempeñó en su profesión y para ser sincero muy bien. El ser callado y hacer trabajos sin preguntar sus motivos, hicieron que fuese uno más de la comunidad.
Los lugareños no eran muy amigos de aquellos que hacían preguntas.
Su pasatiempo: La pesca y la caza. Y sus amigos: el mecánico, y la hija del doctor. Claro, no podía ser de otra forma,  la conoció a raíz de éste último.
La hija del doctor, era todo un caso.
En más de una ocasión se le escapó de la casa, cuando el médico estaba embriagado.
Se divertía con los pueblerinos, pero su forma de ser: libertina, libre de prejuicios, le dieron fama de una mujer fácil. Cosa que en realidad distaba  mucho de serlo. Poseía un carácter de los mil demonios: indomable.
Indomable como la zona donde se crió.
Esta tenía dos hermanos que el concejal quería meter presos. 
Este último tenía un auto descapotable. Un día lo tenía estacionado al costado de un establo. A su costado había un contenedor de agua. Cuando salía del lugar para acomodarse en el vehículo, los hijos del doctor, le volcaron encima  el recipiente repleto de agua. Como eso, anécdotas es lo que abundan. ¡Y vaya que si!
Una vez lo hizo perseguir por la policía. Los vehículos terminaron en el pantano y ellos se fugaron.
El mecánico hacia wuisky adulterado entre sus pasatiempos. Cuando escaseaba, lo suministraba entre sus amistades. En más de una ocasión fue detenido, pero hasta el comisario se aprovechaba de las incautaciones del material.
Una vez el herrero lo salvó cuando, querían quemarles los alambiques ubicados en el corazón de la ciénaga.
Se lío a tiros con otros cuando éstos últimos quisieron deshacerse de ello. Estaban drogados.
El mecánico y el herrero terminaron siendo amigos y socios.
El mecánico resolvía los problemas de los motores fuera de borda que o bien, cuando se atascaban; sus  hélices se enredaban en  las profundidades del manglar.
El herrero diseñaba  o arreglaba los problemas de chaperío, tanto de las embarcaciones fuera de borda como casas.
Casas, era un dicho. Pues eran ranchos que se venían abajo por el trabajo de la madre naturaleza.
Esa era la vida de un pueblito alejado de toda injerencia externa. Un condado que se caracterizaba por las ciénagas y manglares, las que ocupaban buena parte del lugar.