María

–¿Y que dijiste?
–Pues, lo que paso –Su voz se entrecortaba; se sentía temblorosa–, que estábamos en el cine y..
–Nunca vienes a vernos –dije, cortándole en seco–, y ahora esto –y para recalcar a lo que me refería acoté furioso–: Tu sobrina, la que nunca vienes a verla. Nunca te cerré la puerta pero tuviste que..
El silencio era palpable, casi parecía sentirse los pensamientos del otro lado de la línea: “Mierda y ahora que le digo a mi hermano”
–Verás –Mencionó éste, con voz débil–; estábamos lo más bien cuando ella se sintió  con necesidad de ir a al sanitario. Fue cuando..
–Claro –Le corté de cuajo– la dejaste ir así como así. No fuiste capaz de acompañarla, aunque tuvieras que esperar en la puerta. ¿No?
“Trágame tierra –pensó él–. ¡Carajo! si tiene razón”
–¿No has notificado a la policía asumo? –Le dije en forma más calma, más no exento de enojo con él–. ¿Verdad?
–Si, verás.. –Su voz se notaba temblorosa y con miedo.
–¿Si? –Y para recalcar–. ¿Si? –Se hizo un silencio que pareciera sacado adrede y volví a levantarle la voz– Pero, ¿qué mierda tienes en la cabeza?
–No. Verás..
–¡No? ¿Y que hiciste? –Mi voz sonaba como un grito, una amonestación, aunque quisiera estar calmo bajo las circunstancias. –¿Te fuiste?
El silencio en la línea fue extenso. Como que si el tiempo se hubiera detenido.
–No pensé –me dijo y con voz temblorosa expresó–: Era el Shopping, y estábamos en el cine. Ella..
No lo dejé terminar.
–No vienes nunca –le rezongué: No te acuerdas de tu sobrina, no la acompañas a ningún lado –y para afirmar lo que tenía en mente le expresé–: ¿Seguro que ni la fecha de su cumpleaños la sabes?
“Cierto, me lo merezco, soy un vil” pensaba mi hermano escuchándome vociferar.
–Se que desapareció –dijo–, al igual que Ana.
Ana había sido mi esposa pero cuando fue a dar a luz a María, mi hija, ella murió en la sala de partos.
–Te prohíbo que la menciones –Ya más calmo y sentado mencioné–. Fue una desaparición, pero no de igual forma  –Expresé.
–Ahora, ¿dame los detalles? –le dije a mi hermano y reafirmé pausadamente–: de-ta-lles, ¿entendido?
–De la indagatoria que hice –decía éste, su hermano–, al acercarse al sanitario de las damas un hombre bien vestido la abordó.
Yo meditaba en silencio mientras iba digiriendo cada palabra que éste, mi hermano, pronunciaba.
–Nadie lo vio –las puertas de ambos sanitarios están linderas–, salvo el que limpia el sanitario masculino.
“Un hombre bien vestido –pensaba para mis adentros, mediana edad, entre cano, de hablar locuaz, ve la chiquilla y le dice: Chica, ¿me puedes decir donde queda..
–Mira, la buscaron por todos lados –decía mi hermano, más yo exhorto en mis pensamientos no escuchaba, o no quería hacerlo–. La buscaron los de Seguridad del Shopping, la rastraron a través de las cámaras. Nada.
–Todo apunta a que María lo acompañó.
–¿Como que lo acompaño?
–Si. –dijo–. En las cámaras se ve a un señor de mediana edad, entre cano y bien vestido hablando con María. Luego no se vio más. No se.. mira..
–A ver, ¿Qué has dicho?
–Que había ido al cine y ella..
–No. –Le corté–. Lo último: un señor de mediana edad, entrecano, última vez, cámara.
–Si. –me contestó–. Por los gestos le hacia una pregunta y ella atentamente se giro para mostrarle algo, cuando aconteció.
–¿Y?
–No se supo más nada.
–Nada de nada –dije– ¿por donde salieron? ¿qué vehiculo tenía? ¿nada?
–En el aparcamiento D –Dijo mi hermano– se filmo un Land Rover azul con la niña subiendo a él.
–La forzaron?
–No. –dijo–. Al parecer subió como si lo conociera.
–Bien. –le dije a mi hermano–, no te quiero ver más por la cercanía ¿entendiste?
–Si –Mencionó mi hermano, pero ya le había cortado la comunicación.


--- oo ---


El galpón daba al muelle oeste. Era de noche, cuando dos coches estacionaron cerca de un carguero.
–¿Fernandez?
El gesto  hizo evidente que si.
–¿La mercadería?
Del segundo vehículo dejaron asomar la cabellera rubia de mi hija. A lo que hice un gesto.
Un ruso muy lomudo abrió una valija de ejecutivo, mostrando U$S 500.000 en billetes sin numerar de 100.
El otro, hizo un gesto y María se acercó al centro. Luego de la transacción María  entró en un remise, y la llevaron a casa.
Fue cuando todo aconteció.  Dos francotiradores hicieron impacto en la cabeza y pecho de los guardaespaldas de Fernández.
–Ahora, has de saber con quien te metiste –Le dije al secuestrador–. ¡Cuélguenlo! –ordené.
–¿Por qué motivo? –Le dije.
Silencio.
Un proyectil hizo impacto en la rodilla izquierda. El colgaba de los nudillos cual si fuera una res carneada en un frigorífico. El grito se hizo oír.
–¿Por qué?
Silencio. Aun que se movía.
Otro proyectil impactó en la rodilla derecha.
–¿Por qué?
Silencio. Iba a dar la orden del otro disparo cuando:
–Tú esposa.
–¿Que pasa con ella?
–Trabajaba para nosotros –el secuestrador mencionó.
–¿Nosotros?
Silencio.
Un proyectil hizo impacto en el codo izquierdo. El colgaba de los nudillos cual si fuera una res carneada en un frigorífico. El grito se hizo oír.
–Un trabajo que no cumplió. –Dijo éste deseperado– Y teníamos que eliminarla.
–¿Nosotros?
Un grupo secreto de Seguridad Nacional, ni nombre posee. –Tembloroso, acotó–: No me mate.
–No. Tendrás el mismo trato que dispensaron a Ana. Sólo que no esperaron a que sobreviviere a los impactos de bala.–Le dije en su oído–. María nació, habiendo fallecido su madre, hijo de puta. Parto contranatura.
Fue cuando el proyectil hiciere impacto en centro de su cabeza.
–Desháganse de ésta basura –ordené.
Lo pusieron a dormir en cemento armado y con él incluido, se construyó un nuevo edificio. Claro, propiedad mía.