Halcones

Recuerdo mi niñez. Mi madre que en paz descanse, no dejaba el nido ni aunque lloviese. Éramos tres hermanos, aunque yo era el más inquieto. Le sacaba la comida a éstos.
Cuando mi padre –un rey para mi-, volvía de quien sabe donde, era ante mis ojos:
-El gran señor de los cielos.
Vivíamos en un acantilado.
Cuando se demoraba él, un halcón peregrino, mi madre se ponía nerviosa y como toda madre a veces, dejaba el nido.
Tenía que hacerlo.
Me contaban que antes, otrora era, cuando se conocieron, acostumbraban a cazar juntos. El era un rey y soldado. Ella su emperatriz.
La mayoría de sus presas no eran animales de tierra, generalmente eran aves pequeñas que desde a mucho mayor altura las atacaban a una velocidad sorprendente aturdiéndolas. Muchas veces eso era suficiente para matarlas. Otras no.
Tenían su técnica.
Con su cola angosta y una envergadura de 1.20 metros,  mi progenitor hacia un gesto con sus alas indicando a mi madre la presa por encima de ella. Era cuando se tiraba en picada, cual si fuera un misil cayendo desde lo alto.
Ella, desde abajo se desplazaba al unísono pero en sentido contrario. En el último momento, el, giraba todo su cuerpo sobre su presa al tiempo que ella se ponía boca abajo y con sus garras la apresaba.
Luego siguiendo una especie de baile, se dejaban llevar por los vientos alíceos. Mi padre cazaba en picada libre, mi madre por el contrario iba directo hacia arriba, girando en el último instante.
No había presas que se le escapasen.
Un día me caí.
Con toda la intención de hacer mi primer vuelo, me preparé. Apoyé mi cuerpo en el fondo del nido y me tiré al abismo.
Caí.
Con el corazón galopándome fuerte, mi madre con cariño, me sustrajo de una muerte segura, no sin antes regañarme. Había sido toda una caída libre desde 30 metros de altura.
Mis dos hermanos murieron.
Bien por debilidad, bien por que ahora estaban bastante crecidos y me estaban quitando rol en el nido.
Cuando traían el sustento diario, mis progenitores, yo era el primero en recibirlo peleándome con mis hermanitos.
Un día se gestó un aguacero. Llovía de costado y el viento nos sacudía por completo. El nido templaba.
Yo quería ser yo, el único, el que acaparara la atención de quienes me gestaron.
Ese día, el de la tormenta, fue como que el cielo me iluminase mi cerebro. Sabía lo que tenía que hacer. Tirar mis hermanitos por el barranco.
Lo hice.
Mis padres no estaban ese día.
No era que me considerase malo. No. Quería a mis padres sólo para mi.
Ahora ya más grande entendí que aquello que hice en su oportunidad, no lo podía controlar, -la agresividad estaba inmersa dentro de mi-. Y el risco, aunque tuviere a 60 metros de altitud, luego comprendí que era chico, por ende, el nido aunado a mis hermanitos me era insostenible en toda su extensión. Simplemente tenía que hacer algo.
Lo hice.
Cuando vinieron mis padres, no entendí porque motivo mi madre lloraba. Aunque mi padre cabeceaba, algo en él, -en sus ojos-, me decía algo. Un:
-Te comprendo hijo.
Mi madre me hecho.
No entendí el motivo, luego de mis primeros amoríos, comprendí.
Ella estaba de nuevo embarazada. Fue mi primer gran dolor, que sea mi madre quien lo que lo hiciere.
La expulsión.
Me hice mozo. Un gran halcón peregrino. Era joven  y con toda la vida por delante. Mis plumas destellaban con los rayos del sol cuando me deslizaba por las corrientes de aire ascendentes. El mundo debajo de mi era todo mío. Un mundo de exploración.
Me enamoré.
Me divertía entre riso y riso, entre giro y giro, a veces envolvente, otras en picada libre y casi rozando el suelo, me elevaba como si el diablo soplare sobre mis alas. Era feliz.
Un día haciendo mis piruetas en  el aire quise probar hasta donde era capaz de ascender. Fue cuando la vi.
Una hermosa y femenina hembra de halcón volando muy debajo de mí. Placidamente. Descuidadamente.
Ya había aprendido de mi padre la forma de cazar –afiancar la vista, acomodar la cola,  apretar bien las alas sobre mi cuerpo. Y caer. Caer en picada. A último momento hacer el giro apresando con las garras la presa,  para luego salir raudo hacia las alturas–. Yo lo había aprendido. No así, que hacer para seducir.
Sin saber, y enceguecido por ese andar sinuoso a trabes de las alturas, me tiré en picada sobre mi presa. Claro, era una hembra de halcón.
Fue un instante fugaz. Pero bastó. Me enamoré al vuelo.
Sobre el giro último, nos vimos los ojos. Quedé prendado. Casi la hice caer, -de hecho se sarandeó de lado a lado por el efecto del viento sobre ella-. Perdió altitud.
-¡Animal! –dijo.
Se recompuso luego de una sarta de disparates y se desvió de mí. La seguí.
En el trayecto cazé una paloma y se la ofrecí como una forma de reconciliarnos. De conocernos, mejor dicho. Ella desvió la mirada. Me mostró indiferencia, aunque luego comprendiere que eso es lo que hacen las féminas. No demostrar interés en el macho.
Otro  día la vi.
Ese día tuve que pelear con su padre, -un señor halcón peregrino–. Asustaba sólo verlo.
Ella desde su nido veía como se gestaba la contienda. En los aires, por su hija.
Su madre, la abrazaba con el ala izquierda, sutilmente puesta sobre su espalda. La de quien sería mi mujer.
Fue cuando pelee.
Y gané.

Ahora tenemos dos hijos, cual de ellos inquietos, preguntándome como la había conocido en un nido sobre un risco a 30 metros de altura.