Shock Gomez

Raras veces mi amigo el señor Shock Gómez se apartaba del espejo donde contemplaba, con cierta complacencia, su alta y enjuta figura, como si se tratase del mismo arbiter elegantiarum en persona.
Cierto instante, entre el ajetreo de sus inacabados peregrinajes, se hizo tiempo para atenderla. Ella entró ondeando su cintura al estudio privado del famoso investigador; provenía de la ciudad de Crústume.
Desplazándose denotaba cierta forma de pera su figura; el hombre estaba imerso entre una pila de libracos de diversos tamaños y rebuscando entre los cajones de su escritorio, fue cuando la escuchó.
-Señor Shock Gómez –Muscitó, haciendo que el hombre levantara la vista por encima de sus anteojos que le caían sobre la punta de la nariz. Resultaba demasiado obvio que su tan esperada Bella Durmiente no era otra que la abuela comestible de Caperucita Roja.
Si hubo algo que le llamare la atención en el porte de ésta damisela, era su boca que cual pera de Crústume poseía el tono perfecto de color, sin embargo, el sabor de no saber lo trastocaba.
-Quisiera que me diese su ayuda con relación a un asunto de vital importancia.
-Señora, en estos momentos uno de los menos conocidos hommes de lettres de la República podría ser acusado de parodiar a un clílebre personaje de Donan Coyle, y sólo yo estoy en condiciones de abortar el desastre que traería aparejado un escándalo semejante. En consecuencia, le aconsejo que busque usted a otro especialista. Fue lo primero que le vino a la mente, pues, hasta cuando ella se movía zarandeando su cadera, desplazándose placidamente, la forma de pera su figura -que de él ¡ay! no cura, pues le da calabazas- era el colmo. El investigador pensaba para si “Aunque seas la pera más sabrosa, me será mejor cosa ¡pedir peras al olmo!”
Si la luna platicare con el sol, algo le decía.. “¡asidla! Cuidad esa flor que no consiga marchitarse; no acceda la tirria. ¡Hey!..¿sois papista?”
En su mente las imágenes que pasaban eran: “Mujer, eres de conducta alternante; tientas con traición, o ardor. Pulmón cual fuere un cordón con el cual, consigue y pellizca sin lograr... ¡vigilia!
Si de una vigila cual ego, instante peinasteis la hoja de una flor.. ¡desidia!
Diría.. si la luna platicare con el sol.”
Fue cuando ella se acercó y.. bello como el atardecer primaveral, límpido y lozano fue aquel beso que recibió y propició en aquel estudio estéril pero al mismo tiempo al amparo de miradas furtivas.