La Finca


Hasta el momento había sido una tarde estupenda en la Finca de los Juarez cita a 10 leguas de distancia de San Pedro de Valladolid, en el Condado de Marquesano. El predio donde se hallaba poseía un aproximado de unas 400 hectáreas, el cual lindaba al sur con el pueblo. Hacia el norte, una legua aproximada, se hallaba la Gran Meceta llamada comúnmente por los lugareños como “El ahorcado” dada su falla geológica ya que hacia parecer de lejos la figura de un ahorcado.
La finca había sido oriunda del abuelo de Juan José Suarez de la Horta, un hombre que en sus años mozos la había adquirido en una carrera de caballos. Según el folclore del lugar, al parecer a consecuencia de una apuesta de caballos Don Santiago Montoya, el terrateniente del lugar perdió la finca que por aquel entonces se la conocía, no por “la de los Juarez”, sino por “El Chingolo” haciendo referencia a cierta clase de ave locataria.
Juan Martín Suarez, oriundo de un pueblo cito en el interior de su Cataluña natal, se la ganó al apostar sus pocas pesetas con que había arribado a la zona luego de la persecución a consecuencia de la dictadura de Francisco Franco. Pero, si bien existía una tirantez a simple vista entre Don Montoya y Suarez, no la había con doña Nicanor hija del primero.
Fue su amante hasta que se entero su padre. Le mandó sus secuaces, dos hombres de buen porte –o se casaba, o le rompía todos los huesos para que por último, terminase de cena de los caimanes que habían en la laguna– y así, Don Martín fue llevado a la fuerza sacado de un lupanar. Don Genaro lo esperaba con un revolver sobre la mesa de caoba de su escritorio.
Lo que sucedió a puertas cerradas no está escrito en ningún documento oficial, pero según cuentan aquellos que presenciaron la disputa al parecer Montoya no podía creer lo que le proponía el catalán. Le había jugado la finca en una apuesta de caballos, si ganaba la apuesta adquiriría la finca, en caso contrario estaba se casaría con su hija, amante de éste.
Unos dicen que le disparó un tiro al pecho, otros, por lo ruiseño de la propuesta Montoya había aceptado. El asunto no era la finca pues para él, eso no se discutía, Montoya era su dueño, sino el honor de su hija.
Bien sea, por lo disparatado que le pareció la propuesta, bien obligándolo a casar, Montoya acepto.
Claro, no contaba con las argucias del catalán. Luego de cierto período de tiempo pautado, se dispuso a hacer correr su yegua premiada con la cual había ganado varios premios consecutivos en el Gran Darby, evento que se hacía una vez cada cierto tiempo.
Por parte del abuelo de Juan José. Don Juan Martín, apostaría un potro catalán traído por éste en Barco. Le presentó a Montoya recortes de diario de la época donde se mostraba como de estirpe; no lo era, más bien común, pero eso si muy enamoradizo.
Cierta noche antes del evento el animal se la ingenio, no me pregunten como, para dejar preñada su yegua, tantas veces premiada y que Montoya de ninguna manera aceptaría que sus genes se mezclaren; el asunto es: que ante el corazón de un animal, mismo de un humano, nada se podía interponer.
Llegado el momento del evento ni uno ni el otro animal quiso correr –sus ojos lo decían todo, estaban enamorados– ante ese hecho Montoya terminó cediendo, más una cosa era con los equinos no así con el catalán. Este debía casarse. Como regalo de bodas recibió la finca “Los Chingolos” y así vivieron felices Doña Nicanor Montoya y su amado catalán.
El tiempo pasó, vinieron los hijos, Don Montoya murió de sífilis a consecuencia de tener relaciones con una negra entre cuyos cometido eran menesteres propios de la Finca, pero que tenía relaciones con quien viniera a cuento cuando su patrón estaba de gira por asuntos comerciales. Y así, Don Martín se hizo de la Finca al cual le puso “Los Juarez” en referencia a su difunta madre.