En una noche

–¡Caray! –Así comenzaba el diálogo con ella; el hombre se encontraba un tanto ofuscado– Eres recelosa como temerosa; dueña de un apetito insaciable.

–¿Es guapa –Ella lo miraba a los ojos; el fuego que brotaba de ellos, cavaba lo profundo de su ser.

–¿Quién? –El sentía que el suyo, su apetito era inconcluso, apetente pero en desuso; cambiando de postura dio vuelta la cara hacia la caja de cigarrillos que había sobre la mesada– ¿Laura?

–No hablaste así de ella –Su mujer, con el fuego que cavaba en lo profundo de su ser, de esos que, por tener una actitud capciosa era dueña de un sentimiento concluso, le interrogaba– la describiste como la del montón.

–No la recuerdo –Aspiraba el cigarrillo lanzando al aire volutas de humo, al tiempo que abría la puerta de la heladera para sacar el champagne que había estado reposando unas horas en él.

–¡Ja! –Así se expresaba ella, luego de la cena en el centro del pueblo; con una impostura fría, controlante, hasta un tanto alucinatoria– ¿No me dijiste que estuvo en Los Angeles contigo?

–No estuvo conmigo –Su marido depositaba la botella sobre la mesada, dejando dos copas, que estaban frescas para la ocasión; en el ambiente se notaba una gravosa ruptura cual un espejo en sutura– fuimos a un trabajo juntos.

–¡Aníbal, mírame! –Con su lánguida mirada al tiempo un tanto cáustica, su mujer, le tomaba de las manos– No me habías hablado de ella hasta esta noche, pero eso ya lo sabes.

–¿De que me hablas? –Ya depositado lo que había sacado de la heladera, miraba a su mujer; percibía en ella cual fuere una conducta abdicativa: burla sarcástica, deseos inquietos, o bien una conquista incisiva.

–¿Qué crees que pasaría esta noche –Ella rechazaba la copa con su contenido dentro; a través de ella corría amores perros, un puzzle emocional que hacía de efecto fuente cual si fuere un gestor de afectos distorcionantes– En serio, ¿acaso pensaste que no me fijaría?

–¿Por qué tendría que pensar, en que si te fijarías? –Por dentro de él sentía un caudal de sentido de posesiones diversas, ser un muñeco a consecuencia de una apetencia insalubre de los caprichos de ella.

–Le gustas y te gusta –La bebida comenzaba a caldearse como así el ambiente creado entre ambos; ella veía en la otra: la hermosura como si fuere un pétalo naciente. Imaginaba los ojos el de la otra, verdes turquesa cual manantial fuere, sosegantes.

–¿De donde lo has sacado? –La bebida y el cigarrillo carecían ya de importancia; ambos se apoyaban; ella, su espalda sobre la pared, él, una mano por encima de su hombro; apoyando la palma en dicho muro.

–No soy ciega Aníbal –Ella veía a su marido como desposeído tanto físico como mental, cual si éste fuere andrajoso; ella aprovechando el momento le mueve el brazo y así, aprovecha para encender un cigarrillo. – has hablado con ella toda la noche.

–Once horas diarias, seis días a la semana –Ella se expresaba así, en medio de la calma que preludiaba tormenta; las cadenas del alma corroídas por el viento. Ahora sentada en tanto él, quedaba de pie– 60 horas semanales con ella, ¿desde hace.. tres meses?

–Apuesto que has intentado tirártela –Ella sentía las tinieblas del ser, que por su sola existencia hace temblar al bastardo ser.

–Tu pasas horas de la que no se nada de ti –Ahora sentado frente a ella; por dentro de él, pasaba el cercenamiento de las voces de su corazón acallando el trinar del hornero talando el siseo de la sinrazón– Con tus colaboradores, te vas de viaje a escribir tus artículos continuamente.

–Si, pero alguna vez.. –Ella, convertida en mordaz como briosa de modalidad profunda cual fuere cascada en la foresta le retrucaba– ¿Alguna vez te he dado razones para hacerte sentir como me siento?

–Yo no he hecho nada con lo que avergonzarme – La sustantividad de su alma estaba expuesta ante su señora, o bien un implícito manoteo, daba igual– Sólo intentas buscar pelea; el proyecto en que trabajo.. Laura es una compañera.

–Oye.. – Ella tomándole de las manos, tarde ya; gestora de un incipiente drama desde los ojos de él, cual si ello, netamente casual de su amor por él, la causa fuere, le decía–No te culpo por sentirte atraído por ella. Es atractiva, es normal que sea algo así, ¿no?

–Entonces, ¿de que me culpas? –El se sentía cual ventisca que acuna la duna, movilizado todo su ser, como acuñándose un alma infrecuente.

–De hacer lo imposible por no admitirlo –Con afectos inconclusos, despectivos, sarcásticos, ella dejaba el cigarrillo a un lado– Me siento cada vez más vieja y tu estas igual, sólo que más atractivo y..

–..más atractivo y.. –La frase quedo inconclusa; sintiendo la lava y la llama quemándole por dentro, el deseo de la carne una necesidad ultraterrena. El le dio un beso.

Con un andar sinuoso cual un camino agreste manifestándose así un sutileza montada, gestando un epicúreo deleite a los placeres..ambos se abocaron al dormitorio abrazados.