Y así, así... se escribe la historia

Llovía. Era uno de esos días grises que hasta el alma del barrio se entristecía. Cuando Eva, una niña de unos ocho años se levantó esa mañana, el ventanal de su alcoba vibraba por efecto del viento. El temporal arrasaba con todo lo que a su paso se interponía y para colmo, recién amanecía.
Sin nada en el estómago, mal vestida, tenía que correr unas míseras cuatro cuadras hasta la casa donde trabajaría de sirvienta; hija de un matrimonio donde su padre era una figura desconocida, la palabra “papa” era eso, un simple término y donde su madre, procreaba hijos como quien se cambia de ropa.
Era la mayor de tres, donde ninguno era hijo del mismo progenitor, salvo “la negra”, su madre, tal cual la conocían en el barrio.
Esta última, mendigaba antes del amanecer en las afueras del Centro Comunal de los Feriantes siempre y cuando el alcohol y porque no, la droga, no hiciese lo suyo o estuviera con otro en el mismo techo que convivían sus hijos. Total, la historia siempre ha sido igual.
Esteban de seis, raquítico, con sus pantalones cortos roídos por la vejez y la suciedad iba de la escuela al centro, en sulky, una especie de carruaje tirado por caballos que lo utilizaban para cargarlos de bolsas y desperdicios que la Sociedad se encargaba de almacenar en la calle. Quien lo acompañaba… Eva, cuando podía.
El de tres, Fabian, gustaba de jugar entre el basurero que lindaba a un arroyo maloliente cercanos a una fabrica de productos porcinos.
Quienes incursionaban el lugar dos por tres, lo castigaban y el se desquitaba tirándole alguna que otra piedra usando una honda, a los muslos de sus caballos escuálidos, cuando estos pasaban delante de él tirando un sulky. No faltaban las palabras malsonantes de sus propietarios cuando el esquino se desbocaba.
Una honda vendría a ser una especie de horquilla hecha de madera con una goma anexada en sus puntas.
Cuando Eva dejaba la escuela, siempre que fuera ya que el faltar era moneda corriente, debía encargarse de sus hermanos, limpiando sus ropas, o lo que su madre, la negra había dejado tirado.
Una noche se escucharon gritos.
Sus dos hijos se escondieron al tiempo que lloraban; su madre, era vapuleada por un extraño que le pedía plata para la droga, al no conseguirla comenzó a romper todo lo que tenía a mano, hasta que lo enfrento Eva con sus ocho añitos. El extraño la quiso violar. Esteban sin tener conocimiento y más impulsado por el temor, le insertó un cuchillo en la espalda.
Eso fue años atrás.
La Sociedad colocó a los tres menores de edad en el INAU, Un Centro de Rehabilitación de menores, que entraban por un lado y se escapaban por otro. Esteban, ahora de 12 años, ya era poseedor de un prontuario grande de delitos contra la Sociedad. En el ámbito policial se le conocía con el apodo de “El Pelado”; su hermano menor de 9, se encargaba de llevar la droga de un lado a otro por unos pocos centavos. En el ámbito policial se le conocía como “El Ñato”. También se escapaba del INAU.
Su hermana Eva, ahora de 14 años, luego de unos meses de convivir ahí había sido adoptada por una familia un tanto más pudiente, pero tenía que trabajar para su sustentación.
De su madre, la negra, como la conocían en el barrio nunca más se supo de ella. Fue trasladada a otro Centro de Rehabilitación, pago por la Sociedad por supuesto.