En la patria de Bolivar

Yo sabía que serías una mujer con fuego en las entrañas, algo me lo había dicho, llámese presentimiento, pero hice oídos sordos a tal llamado de la razón.
Recuerdos. Los recuerdos se agolpan cual si fueran cajas repletas de imágenes volátiles.
Estábamos a orillas del Orinoco donde el río Negro se da la mano con el Brazo de Casiquiari, ¿te acuerdas?
Vos estabas tratando de aprender a tejer la fibra del moriche con una mujer indígena de una de las tribus donde se juntan dichos afluentes. Vivías con ellos por ese entonces.
Yo había ido en búsqueda de cierta planta que entre una de sus propiedades era quitar la picazón.
Vos estabas ahí como una estudiante de la Universidad Bolivariana de Venezuela ya por recibirte de antropóloga. Debías una materia, y esa era la razón por la cual convivías con ellos.
Llegue con un cuatro terrenos, me acompañaba Anacleto, un perro. Fue el instante que me presentaron al jefe de la tribu; vos venías por uno de esos caminos de la selva junto a dos indígenas de una recorrida matinal.
Lentamente te acercaste y me besaste los labios; cerré mis ojos y sentí nuestros cuerpos unidos. Sería que nuestras almas se habían encontrado en ese mundo bolivariano.
Algo notaron los indígenas, mientras el motivo de mi llegada desde Puerto Bolivar se revelaba ante el médico de la tribu. Se agachaban, luego mucho después supe la razón, veían en mi aura un aspecto de chamanismo. Nunca había creído en ello, pero la prueba que pasé una semana después, nos unió.
Te llevaron conmigo a una choza alejada, en ella estaba la hija del Jefe, muy enferma. Cuando entré casi me caí, existía una fuerza muy poderosa dentro del lugar. Vos me ayudaste.
Con el transcurrir del tiempo, comenzamos a tomar confianza y ya me vestía como uno de ellos. Desde una cascada nos tirábamos al agua, pero siempre Anacleto nos ganaba.
Hicimos el amor.
Tome de tu boca la fuerza, el fuego. Esa noche te desbocaste entre mi sudor y tus manos llegaste a la locura, te sumaste a mis delirios yo caí...
Todavía desconozco que brebaje me dieron, pero estaba loco por vos, por poseerte. Mi vientre fue el refugio de tus miradas picaras entre las sabanas de seda y tu lengua flameante me deje llevar por tu calor, y fui tuyo, tanto que no recuerdo mi vida antes de esa noche.
Cual lava candente los sentimientos impregnados en el aire se hicieron notar; como la piedra es al suelo, así nos compenetramos moldeando una sola necesidad.. la de dos amantes entrelazados entre sí. Siguiendo una melodía no escrita, ambos cuerpos, una sola esencia. 
Cada peca, cada lunar que hoy a mordidas reclamo míos pienso y digo aún ahora, luego del tiempo transcurrido: “querida, deséame y sin sentido, solo tómame.”