Yo sabía..

Yo sabía, existía una voz muy dentro de mi que me decía que no podrías que necesitabas que te sedujera; fuiste palpando con la mirada cada detalle mío, me sentías pero al tiempo notabas que estaba distante – estará con otra.. si, debe ser eso – esa era tu duda, pero no te sentías segura, entonces cual gata en celo, silenciosa abordaste.
De pie frente a mi fuiste  palpando con la mirada cada detalle mío, oliendo, lamiendo
cada destello de la piel.
Primero fue tu aroma de mujer, luego.. el primer azote: desliz de una mano. En tanto se escuchaba a una melodía de Beethoven a los lejos dentro de ti
volcanes dormidos despertaban con furia, así, millones de llamas sentías emerger de tus poros fríos. Fue cuando te diste cuenta.
-¿Y esto? – La carta pasaba una y mil veces frente a mi cara. Las veces que te tuve que soportar tu mal genio, el carácter tuyo que me hacía sumirme en mis pensamientos, pues tu, señorito, decías amarme más.
-¿Qué esperabas que hiciera? –Lo nuestro ya pasó. No soy aquel chiquillo que hacías de él una marioneta de tus caprichos, niña malcriada. –Aspeté.
-Siénteme, ruégame, búscame, ámame. - Como brazas atizando, así el desliz de un dedo por el cuello entramando una hoguera y una danza asentada; cual roce de un incauto muslo sobre el otro urdía cierta caricia insolente, una cereza libada saboreaba cual manjar donado.