¡Que mujer!

Recuerdo un paseo por el parque en una de esas mañanas con el cielo despejado y la brisa fresca golpeándome la cara; cuando la vi acercarse, se me antojó hermosa como pétalo naciente, con unos ojos verdes turquesa fascinantes.
Ella venía en mi dirección por el sendero aún humedecido por la escarcha matutina con ese andar sinuoso propia de las féminas que conocen el efecto que ocasionan con ese vaivén; gestaba así, un epicúreo deleite a los placeres visuales.
El perfume. Este, a casa de su aroma, hacía  que despertase todos los sentidos a los cuatro vientos del clarecer.
¡Que mujer! Bella dama de atavío visual.