Instante en do menor

Recuerdo la primera imagen que me llegó de ella estando en el bar leyendo el matutino en tanto, me servían un café con par de mantecados. Fue cuando la vi entrar. Lo primero que mi vista se centro fue en sus ojos; mirar sosegante, hermosa como pétalo naciente.
Casi me quemé, porque estuve a un tris de volcarme encima la taza de café humeante. Se movía sinuosamente cual un camino agreste para dar idea de los giros de cadera; bella dama de atavío visual.
Cuando quise reaccionar al primer impacto visual, ¿qué se le ocurre hacer? Pues, sentarse en una mesa lindante a la mía y sin prestar atención a los pocos comensales que ha esa hora eran habitúes del local, procediendo a sacar de la cartera que tenía sobre su regazo, su móvil; ese instante se me tornó paradisíaco ya que el aroma que usaba se esparció al los cuatro vientos del clarecer.
Ese cruzar de piernas donde su vestido dejaba entrever parte de entrepierna, ello, me hacía tener expectante mi conducta, ya para ese entonces el café se me había enfriado y parte de mi mantecado estaba por el suelo; lo mío era silente, observante pero al mismo tiempo escudriñante cual lacerante todo conjugado en uno solo. Ese cambio de pose en tanto hablaba a trabes del móvil, con parte de su vestido por encima de la rodilla fue para mí una incitante estimulación pues, comenzó con un sudor frío como si fuere una corriente. Cohibida vestimenta.
Con esa melena al aire lasciva al menos así se me antojo que era, en cabeceo apacible e ignorante en su accionar, no se que le dijo a la persona que la atendía.
-La cuenta por favor – Atine a decir en tanto mi gesto se tornaba inconcluso y hasta reticente; en mi mente toda una imagen de sexo desenfrenado cruzaba por cada poro de mi piel: primero, una mano temblorosa tocando cual caricia tierna y tímida, luego, en audaz accionar un beso. En frenesí pasional dos cuerpos fusionándose; ella y yo, un flash.