Hernández

Era noche ya avanzada y algún que otro chubasco se hacía notar, el aullido de algún can se escuchaba esporádicamente pero precedía de lejos; la calle se podría decir que estaba prácticamente vacía salvo dos o tres vehículos esparcidos en ella. Entre éstos últimos una furgoneta; el grupo SWAT esperaba hasta que la orden de proceder fue clara “Cóndor  a la caza del Zorro” crepitó en la radio del Supervisor.
-Adelante adelante – La unidad SWAT, se movió como un solo ente y una vez derribada la puerta de acceso, habiendo tirando granadas de aturdimiento previo, procedieron a revisar toda la casa no encontrando nada en ella salvo..
-Sargento tenemos una presa abajo en madriguera – Escuchó decir el Sargento Hernández por el auricular adosado a su oreja, tapado por el casco y pasamontaña que usaba. –Mejor que venga.
Al entrar al sótano, todos los integrantes de la unidad estaban estáticos; sobre sus paredes se hallaban paquetes de C4 unidos entre si captando la escena tres filmadoras ubicadas estratégicamente, en el medio una viga soportaba el peso de la casa sobre sus cabezas. Adosada a ésta última, una mujer se hallaba atada y amordazada; era su esposa. Fue el momento que un teléfono trepidó rompiendo el silencio reinante.
–¿Sargento Hernández? – La voz fue clara y fuerte.
–¿Quién habla? – Se escucho decir por parte del Sargento.
–No quiero que digas nada hasta que te pregunte algo específico y en ese momento dirás “si” o “no” – El zorro desde lejos observaba y monitoreaba a cada integrante de su unidad. Se le buscaba por ataques terroristas con uso de bombas en el mediano y cercano oriente, como así por los mismos estadounidenses. –No grites por el teléfono y tampoco me llames “maldito”. No me dirás que me seguirás a donde sea y me matarás, eso, no te servirá de nada.
–.. eso, no te servirá de nada. –El color de la tez del Sargento palideció por instantes, en tanto observaba a su esposa maniatada de la mencionada viga; una gota de sudor corría por el costado izquierdo de su cabeza, cuando decidió sacarse el casco y el pasamontañas. Se estaba preguntando al tiempo que escuchaba la voz “¿Cómo sabía que era yo? –¿Está todo claro hasta ahora?
–Si –El sargento Hernández escuchaba ante la mirada fija de sus compañeros.
–Bien. Esto es importante Juan –El sargento escuchaba mirando a la cámara, por momentos, por otros a su esposa cuyo rostro reflejaba impotencia  –Si alguien trata de salir del sótano o cruzar esa línea negra que demarca un círculo de seis metros a la redonda de la viga, todos en esa casa morirán. ¿Me comprendes?
–.. ¿Me comprendes? – Hernández mirando hacia la cámara asentía con un gesto de la cabeza –Que nadie se mueva, la salida tiene una bomba; mira el pecho de tu esposa, verás un corazón rojo..
–.. mira el pecho de tu esposa, verás un corazón rojo – Con chasquido de dedos hacía que sus compañeros más cercanos a la salida, confirmaran la existencia de dicho explosivo –el control del detonador está fijado sobre su pecho, justo detrás de su corazón. Juan, una cosa mira al policía a tu derecha ¿qué arma tiene?
–Una MP5 automática – Respondía al zorro mirando de reojo a su compañero –Dile que te la entregue.
–Dile que te la entregue. –El gesto fue rápido y sin aviso –Bien, ya la tienes. Escúchame bien Juan, ahora deberás tomar una decisión: apagar el detonador disparándole a tu esposa o no hacer nada y tú, ella y todos tus hombres morirán.
–¿Escucha, ¿por qué haces esto? –Hasta dicho instante Juan había estado escuchando y observando a su alrededor y a sus compañeros, pero optó por cortar lo que el zorro le decía.
–Arruinaste la totalidad de mi red sudoeste – Escuchaba decir con un tono monocorde pero al mismo tiempo sabiendo lo que hacía –Vine aquí para hacer un trabajo. Era Panamá, pero tendré que irme con otra cosa ya sea con tu vida o tu cordura; no me importa cual de ellas elijas.
–Podemos llegar a cualquier tipo de arreglo –Juan respondía al zorro.
–No estás en mi vida Juan – Escuchaba decir por el auricular del celular –Tuve que bajar mis exigencias, solo para que tú, Juan, seas mi blanco.
–Te encontraré, tu lo sabes – Contestaba el sargento pero con una nota clara y firme.
–Sugiero que le digas la situación a tus hombres, posees 3 minutos y 25 segundos a partir de éste momento y ya están contando.
–Quiero negociar.
–No hay nada que negociar Juan, ya oprimí el botón – en voz monocorde escuchaba al zorro mencionar –Mis explosivos no se pueden cancelar o matas a todos tus hombres y dejas viudas a todas sus esposas e hijos, o destruyes el maldito detonador. Posees 2 minutos y medio. Te aclaro Juan que  correr no es una opción. No me estoy desquitando con tu esposa, de hecho los dos tuvimos una linda conversación y me aseguré que cuando tu desconectes el detonador ella no sentirá nada. Tú eres el que tendrás que  vivir con lo que pase esta noche. Son 3 detonadores con llave; hay suficiente C4 como para volar todo ¿qué harás Juan?
–Escúchame por favor; haré lo que tu quieras pero no la mates –Temblando el sargento en vísperas de navidad balbuceaba.
–Yo no lo haré Juan, tú lo harás. – El zorro le hablaba fraternalmente –Has investigado éste caso y a mí lo suficiente  para saber que hago lo que digo y digo lo que hago. Si es más fácil para ti y María, tu esposa, ¿por qué no apagas la luz? Las cámaras posen visión nocturna, así que a mi me da exactamente igual.
–Cariño, mírame, puedes hacerlo.  –Se apreciaba como su esposa lloraba –Te sacaré de aquí, voy a apagar la luz te tomaré de los brazos y te sacaré de aquí.
–.. te sacaré de aquí. – El sargento Hernández no podía evitar lo que sentía por dentro y la tomaba de las mejillas mirando a sus ojos azules – Pero quiero que me hagas un favor ¿si? Cuando apague la luz quiero que te quedes muy quieta ¿de acuerdo? Pronto terminará cariño; te amo.
Un segundo, dos… ¡¡Bang!!