Sara y Victor

Tarde en la noche, en medio del parque de la mansión de los Juarez, lejos de miradas indiscretas, se hallaba Sara, una señora de alrededor de 80 años dialogando de la siguiente forma con el cura que había casado a su nieta, Ana.

-Siete meses luego de que te fueras a Angola, la tuve en mis brazos, si la hubieras visto tan chiquitita con su dedo asiéndome al mío, llorando. Por ese entonces estabas en el Seminario. Mi pobre Catherine. Claro, no podías saber de ella ya que cuando me enteré que estaba embarazada quise correr a tus brazos. Mi padre que era médico por aquel entonces, me lo prohibió ¿Qué iba a pensar la Sociedad de enterarse que la hija de un prominente médico había sido embarazada por un aprendiz de cura? Mi padre que en paz descanse hizo todo lo posible para que abortara, pero no lo dejé, lo que ocasionó que me fuera de casa.

-Sara – El cura la abrazaba como acunándola –Consagré mi vida a Dios y en el caminó desatendí mi amor hacia vos. Cuando te vi por vez primera en la Iglesia me di cuenta lo equivocado que estuve estos 50 años que han transcurrido. Años que para olvidarte, me fui de misionero a Angola, y Costa de Marfil. Despotriqué contra el Señor, no podía aceptar que me sometiera de nuevo al martirio de verte de nuevo. Cuando cruzaron los anillos, Sebastián y Ana, mi mente me jugó una mala pasada. En dicho instante, el que se casaba era yo pero contigo, por eso los expulse de mi Iglesia. La distancia, lo que sentía por ti, ese amor que creía finalizado volvió con toda la fuerza que posee un corazón fuerte, y debido a ello, es que logré terminar el Seminario.

-Cuando creció no pude jamás enfadarme con ella. Catherine de alguna forma, sean por sus ojos azules, o su mirada tierna, me reflejaba todos esos momentos vividos previo a la Guerra, y durante ésta. Todavía me acuerdo de ese campo de amapolas que hicimos el amor como dos chiquillos atolondrados.


-Me has hecho casar nuestra nieta– Las veces que rogué a Dios que no me dejara verte más. Fue así que me fui a Angola primero y luego a Costa de Marfil, pero tu fantasma, ese, en que ambos éramos chiquillos, me siguió. Solo luego de años de misionero terminé en esta Iglesia que nos vimos de nuevo; lo que menos pensaba era volver a encontrarte. Dios me hizo esta jugada. Temía que eso sucediere, pues, todo lo que hice para olvidarte, de nada sirvió. ¡¡Mi querida Sara, mi amor!!