Necesidad carnal

Mujer que me mantenía loco, ¡por Dios!
Ejercía sobre mi ese efecto vigorizante dada su mirada, que más de uno la podría llegar a catalogar de lasciva. Seduciendo, nadie la igualaba, al punto, que al menear con pachurriento desden su cadera, tanto para hombres como mujeres, era una explosión de deseo latente. ¡Su acercamiento, toda ostentación!
Poseía esa cualidad de mecer todos los poros de la piel, ejerciendo sobre uno,  ese coqueto embrujo que lograba erizar hasta las fibras más intimas del ser cuando, con su lengua, paladeaba tanto el cuello, como rotaba los vellos del pecho. ¡Hembra, tenía que ser!
Un grito ahogado de los que brotan desde los intestinos, prisionero, tapiado, una expresión manifiesta de un sentir incontrolado como impensado, cual una necesidad ultraterrena, así el poder del sexo la emplazaba.
Dando rienda suelta a los deseos, esos, que hacen entrelazar dos cuerpos compenetrados entre sí, ese, era el momento preciso en que el mismo florecía, dando rienda suelta a las necesidades más carnales.