Incitante manjar

De caminar sigiloso, ella, cautivante por naturaleza, poseía esa voluptuosidad propia de ciertas féminas, esas, que usando vestimentas vaporosas, le permitían sentirse libres.
Si bien, vehemente por momentos, mordaz por otros, lo más resaltante era su postura.
Con desinhibido atavío, provocativa, moviendo en apacible cabeceo su melena al aire, se desplazaba con templanza e impúdico donaire.
Si había algo que me enloquecía de ella, no era únicamente la lujuria que gestaba su andar, sino su lengua, saboreando el lóbulo de mi oreja cual fuere un manjar exótico.
Un suspiro de mí, sin pretenderlo logró sonsacar al desliz de una caricia inesperada pero, ansiada y pilla; recostándose sobre mi espalda, el desliz de uno de sus dedos a través de la comisura de mis labios, inundando todos mis poros con el aroma de su perfume. El de hembra en celo. ¡Inigualable, incitante!