El ritual

La luna reflejaba su fisionomía sobre el ondulante mar, en tanto este último, depositaba con sumo cuidado como una madre a su hijo en su lecho a dormir, el oleaje sobre la arena. Era una noche plácida iluminada únicamente por el fulgurante brillo de las miles de estrellas que abarcaban la totalidad del cielo; a lo lejos, las tintineantes luces de un bergantín que atinaba cruzar en dicho instante.
Eran las condiciones y le horario ideal para el ritual. Con sumo cuidado procedió a ordenar los paquetes sobre la arena húmeda bañada suavemente como si de una caricia se tratare. Se levantó y comenzó a danzar primero de izquierda a derecha, levantando y bajando los brazos como suplicando, y de su boca unas frases brotaban cual manantial en un bosque tupido. Su lenguaje era gestual, en toda su magnificencia, sólo que su figura se complementaba con el mar y la playa.
Luego siguió dos giros en igual en igual sentido, deteniéndose congelada en esa forma gestual; aunque pareciese que el tiempo hubiese sido detenido, no fue tal, tras esa breve pausa, el cántico y los movimientos que copiaban el gesticular de un animal, procedió a la inversa en igual cantidad de giros.
La forma de los movimientos creó de esa forma un pentagrama inverso en cuyo centro, el paquete, conteniendo la figura de un niño hecho en cera se hallaba desplegado. Un grito salió de su garganta, haciendo caer arrodillada sobre dicha figura; el primer alfiler fue alojado en la bóveda del cráneo verticalmente apuntando a los pies. El silencio era total, roto por el movimiento de las olas que depositaba suavemente sobre la arena su energía exhausta.
La primera vela fue encendida en el primer vértice del pentagrama que apuntaba al mar, una profunda inhalación del cigarro que auspiciaba de alucinógeno fue volcada sobre la figura de cera, escupiendo tres veces sobre su cara, seguido de una nueva ronda de gestos, esta vez a la inversa, terminando en las mismas condiciones anteriores salvo, que en esta ocasión el alfiler fue insertado sobre la garganta horizontalmente de izquierda a derecha. La segunda vela, fue encendida en el segundo vértice del pentagrama, donde la punta del alfiler se dirigía.
Y así siguió en giros envolventes alzando y agachando el cuerpo, rozando las palmas de las manos sobre la arena mojada. Tercera y cuarta vela fueron encendidas, los alfileres fueron insertados uno desde el cuello hasta el nacimiento del brazo, de izquierda a derecha encendiendo la tercera vela hacia donde el mismo apuntaba seguido de tres escupitajos, a lo que le siguió la cuarta. Solo que su inserción se dio a la inversa de derecha a izquierda, desde el cuello hasta el nacimiento del otro brazo. Tres escupitajos por cada vela encendida.
Luego el cuerpo quedo inerte, vertical; el silencio fue total, roto por el movimiento ondulante del mar.
La quinta y última vela fue lo distinto a lo anterior. Un grito nació de su ser arrodillando a éste insertando el quinto alfiler entre los testículos en dirección a la cabeza. Fue cuando el muñeco se encendió fuego consumiéndose desde dentro hacia afuera.
El ritual había sido completado, había cumplido con lo solicitado por la hermana del sujeto en cuestión. Un ritual de muerte dirigida a su hermano.

Al tiempo el sujeto al que fue dirigida esa plegaria comenzó a sufrir de intensas jaquecas como una toz incontrolada que hacía que éste cayera y cuando se reponía, sus fuerzas decaían haciéndolo caer en un espiral que lo conducía a la quita energética de su organismo.