Señorito mío

-¿Qué esperabas que hiciera? –Lo nuestro ya pasó. No soy aquel chiquillo que hacías de él una marioneta de tus caprichos, de niña malcriada. Todavía recuerdo la casa que fuimos a vivir, creyendo que todo lo que giraba en torno a nosotros, se alimentaba del amor enceguecedor que consumía nuestras entrañas. La casona del abuelo Licandro, donde tanto amaneceres nos encontró despiertos, volviendo ha hacer el amor como si algo nos consumiere.
Luego, tuvo que venir ese tío tuyo, un tal Nicanor, un fulano que durante el tiempo que llegué a estar contigo, nunca habías mencionado su existencia. Me decías cosas como, que era pariente por la rama de tu madre Francisca, que venía de un viaje de peregrinación de un lugar cercano a los Himalayas, que le gustaba vivir cada instante. El asunto es que el hombre nunca había sido nombrado durante mi existencia en el seno familiar. Hasta ahora.
Resultó ser el que nos alejó; la piedra angular que diseccionó nuestro convivir. Lentamente nos fue quitando de aquello que nos alimentaba, que nos consumía, que nos unía formando un solo ser. Amantes.
Esta carta es el final de nuestra relación, te pido que te olvides de mí, y no intentes contactarte conmigo.

-¿Y esto? – La carta pasaba una y mil veces frente a mi cara. Las veces que te tuve que soportar tu mal genio, el carácter tuyo que me hacía sumirme en mis pensamientos, pues tu, señorito, decías amarme más.
Cuando me entregaba a ti, era más para complacerte que por otro motivo; tenía que soportar tu mal aliento, producto del alcohol barato que consumías junto a tus amigotes, mientras pasaba las noches en vela esperando por ti y preguntándome una y mil veces, ¿vendrá vivo o muerto? Aún asqueándome me dejaba hacer.

-Vete al demonio.
-Vete tú.