Un doblón de oro puro

En un pueblo del interior de mi país, un señor, al que llamaré Anacleto, gozaba de bastante buena posición social y económica; casado desde hacia ya muchos años, era padre de tres hijos. Un varón de trece años cumplidos, y dos niñas de nueve y siete respectivamente. Su esposa, joven y buena moza, había sido en su tiempo una de las beldades del lugar, que había llamado la atención de sus coterráneos por su porte y clase, conservando aun su belleza fresca y lozana, como incitante y sazonado fruto de comienzos del otoño. Era aquel un matrimonio feliz, todo lo feliz que puede ser una pareja de seres que se quieren, gozan de buena salud, tienen prole prometedora y disfrutan de un bienestar de rentas que guardan al abrigo de cualquier eventualidad peligrosa.
Para los quehaceres domésticos habían contratado dos sirvientas: una niñera que quería y cuidaba como nadie a los guríses, y para otras tareas, una criada bastante joven, que al momento en que sucedió lo que hoy les relato contaba apenas diecinueve años.
La doméstica, a sus diez y nueve años estaba tan bella como un racimo de uva madura: rosada y jugosa. Sin ser gorda era entradita en carnes y fibrosa. Bien proporcionada, con morbideces excitantes y respirando vida y juventud por cada poro de su piel. Solícita, limpia y siempre bien prolija, como sabiendo que:
“Es la esencia de la belleza el olor sin olor de la limpieza”.
Con una mirada volcánica y unas formas con más gracias que el bautismo; dulce y sabrosa como fruto de cercado ajeno. Así le pareció a Anacleto, el patrón de la casa, que comenzó a juguetear y requebrar más de lo que era su costumbre con la criada. Pero eran tiros al aire y vanos como fuego de artificio ya que el tentador y primaveral pimpollo no comprendía tales contoneos y arrumacos o se hacía la que no comprendía las intenciones pecaminosas, ni las insinuaciones tenoriescas del dueño de aquel hogar.

Un día la guapa sirvientita, quien también comezón levantaba en los masculinos corazones del pueblo entero, se presentó a su señora con un atadito de ropa debajo del brazo, endomingada, es decir, preparada con su mejor traje, pero llorando. La señora quedó sorprendida y admirada al ver en semejante estado a su criada. Preguntole entonces porque lloraba tan desconsolada y adonde iba en esa forma sin haber avisado a nadie de su retirada. Que si le había pasado alguna desgracia, para encontrarse en tan honda desesperanza. La sirvienta, entre sollozos y lágrimas le dijo, que venía a que le pagara la cuenta, puesto que se retiraba para siempre de aquella casa, que necesitaba de apuro el dinero ganado ya que con él pagaría los gastos del viaje de regreso a la casa de sus padres. La dama alarmada y atónita inquirió con ansias la causa de aquel imprevisto retiro, y amorosamente le fue preguntando hasta conseguir la confesión de por que huía de aquel modo de donde sólo le brindaban respeto, aprecio y afecto. La señora habló dulcemente, enterneciendo el alma adolorida de la joven, hasta el punto en que la hizo descubrir la verdadera verdad de su querer partir.
La doncella confesó que el dueño de casa le había hecho más de una vez, proposiciones deshonestas, que ella siempre había rechazado, pero que la noche anterior, al volver él de la pulpería, había estado golpeando la puerta de su dormitorio para que ella la abriera, y que ella haciéndose la dormida nada respondió. A la mañana siguiente, el señor patrón preguntó con aspereza por qué no le había abierto la puerta la noche antes. Ella se disculpó bajo el pretexto de haber estado profundamente dormida. Fue entonces cuando el señor le ordenó que en la noche de ese día él volvería y prometiole como recompensa un doblón de oro puro. Hasta le mostró la moneda, amarilla y grandota que le regalaría si cumplía lo mandado, o que de lo contrario en el día de mañana, de su casa la expulsaría.
La señora quedó perpleja con lo que oyó, pero rápida como la luz, se le ocurrió remedio para aquel mal y a la sirvienta le dijo que hoy y siempre la joven en su casa se quedaría si esa noche ella dormía, sin decirle a nadie, en el habitación de las niñas.

Esa noche, cuando Anacleto volvió de la pulpería, sigilosamente se dirigió a la pieza de la criada. Encontró las puertas del dormitorio sin trancar, tal como lo había ordenado, y en la cama no halló mayor resistencia de la mujer que allí dormía, quien cedió, salvo ciertas negativas propias del pudor femenino, a todos sus requerimientos. Esto, él lo atribuyó al ofrecimiento del doblón de oro prometido, moneda que tiernamente depositó entre las manos de quien creyó era su obediente servidora. Satisfechos sus deseos, Anacleto se salió de la habitación y de la casa. Y después de dar algunas vueltas por su alrededor entró ruidosamente para así tener oportuna coartada por si a la mañana la criada contaba algo de lo sucedido.

El nuevo día amaneció y la casa estuvo de fiesta. La señora había mandado comprar provisiones extra y en abundancia como para un gran festejo. Los chicos con sus trajes nuevos, impacientes aguardaban el gran almuerzo. Finalmente, la elegante ama de casa se sentó a la mesa y todos la siguieron. Una vez instalados y degustando por anticipado con los ojos, el hijo mayor lanzó la pregunta del millón de pesos.
-“Mamá, ¿Qué fiesta celebramos hoy?”
-“Ninguna hijito, no es el cumpleaños ni el santo de nadie, pero sí es el primer día desde hace catorce años que tengo de casada, que alguien me regala un doblón de oro puro. Seguro es la primera vez que ese alguien se siente satisfecho de mí, por eso festejo tanto este día. Y me he gastado hasta un doblón de oro, para que tu papá aproveche por segunda vez lo propio, creyéndolo de otra.”