Fray Mono II

The Daily Monkey
The Simius Arturianensis Argentus Journal
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Fray Mono II
Portada del Journal


Estando Fray Mono II con unas copas de más en el Bar, tarde ya, en compañía del Botija, el simio mayor de lugar, se encontraba un tanto melancólico. No se sabe a ciencia cierta que motivó ese estado de ánimo, pero de acuerdo a sus propias palabras, y tres cuarto de bourbon, comentaba al Botija que ella era tan hermosa que cuando sonreía todo lo que había vivo a su alrededor se detenía. Sus ojos eran negros como dos enormes piedras de azabache, pero, cálidos como la luna en el mediterráneo; su piel era canela y oro. Ella lo quiso mucho durante un año y un poco menos el siguiente. El Simio mayor llegó a adorarla tanto que olvidó que había más gente en el planeta. A veces se asomaba al mundo, pero no estaba ella...
Le dejó durante unos carnavales de aquel año, y lo hizo por un médico. Vaya que la lloró, sin darse cuenta, que lo estaban viendo.

El tiempo pasó. Ella se casó, y a consecuencia de ese matrimonio concibió dos hijos. Al final Fray Mono II también terminó por el mismo camino, teniendo uno.
Todo eso ya pasó, el decurso de los años hizo lo que sabía hacer. Alguien, en un momento dado, le dijo que ella, ahora está en uno de esos edificios donde separan a la gente que no tiene razón de aquella gente que dicen que si la tiene. Le contaron que sus ojos ya no brillan. Pero “sigue siendo su piel de canela y oro”, al menos así lo percibe en su fibra más íntima.
Al parecer, todo lo acontecido fue cuando Abel se acostó primero, seguido por Cristina, su mujer. El trámite fue sencillo. Ella le dio un beso en los labios, se dio vuelta y se durmió instantáneamente. Esa noche, Abel no pudo dormir ya que pensaba que Cristina no tenía la culpa, de hecho otras veces no era ella quien se daba la vuelta. Era un círculo vicioso. Pero Abel necesitaba adrenalina. Todos saben que quince años de casados desgastan mucho.
Para Fray Mono II, esa mujer caminaba de forma lenta, con la mirada no muy alta y la dirección firme como sabiendo muy bien a donde iba. Sin embargo, no lo sabía. Vestía blusas normales, no muy escotadas pero sensuales, como sabiendo muy bien los fantasmas que liberaba. Su boca era simple como toda ella, y sus labios tomaban una forma mágica que nunca antes había visto en mujer alguna. A veces, daba la impresión que conocía muy bien esa arma. Todo el mundo alababa sus ojos almendrados, pero una vez superadas, esas pestañas como dos abanicos negros. Fray Mono creía ver una invitación personal. Hubiera jurado que ella conocía el invite de sus ojos. Y sin embargo, no lo sabía. El día que le dio un beso conquistando la misteriosa figura de sus labios, y llegando a la meta que le señalaban sus ojos, ese día sabía que se casaría con ella. Esa vez, ella... también lo sabía.

Fray Mono II tuvo una revelación divina. Cuando conoció a Cristina en Buenos Aires, ella tenía un cuello largo y sensual. Su cabellera larga le caía hasta los hombros, dibujando una figura casi mística. Tenía un cuerpo curvo con líneas suaves y vagas. Aunque las primeras veces buscaba ver su desnudez, últimamente la miraba mientras leía...¿qué leería?...¿habrían muerto los escritores de “su generación”? ...¿cuál era ésta? la de esa muchacha seguramente no... No descansó hasta hablar con ella. Cristina le cayó bien de entrada. Las argentinas tenían fama de mujeres sofisticadas y cultas...tenía miedo de no dar la talla, después de todo, Fray seguía siendo un viejo con cuerpo joven...
Ella pintaba, y en ocasiones le invitó a ver su atelier. Su pintura era tan suave y mágica como toda ella. Su obra se basaba en hadas y los colores verde suave y pastel invadían sus sueños. Finalmente hicieron el amor en su sofá una vez.. dos veces...una docena ....ya no podían despegarse el uno del otro. Decidió confesarle que era portador de una fortuna para disfrutarla con ella. Esta, puso seria e inició una conversación que para Fray Mono, decisiva: - Gallego...(así era como me llamaba ella cariñosamente)...vos me tenés loquísima, estoy re-enamorada de vos pero si me venís con esas boludeces de ir a Saint Thomas y que se yo...te voy a mandar al carajo...¡yo me enamoré de vos, boludo, de tu misterio. Si entrás en esa variante vas a ser un gallego de mierda con guita.

Pasado el tiempo de acuerdo a lo encontrado en un Caserío de Murcia, de un tal Dalmiro Costa. Todo empezó hace algo más de un año; al parecer el hombre, tenía entonces 83 años cuando fue a vivir a una residencia para ancianos sobre la ladera de una montaña cantábrica. Su mujer, murió con la generosidad de hacerle heredar su fortuna familiar, que no parecía servirle de mucho teniendo en cuenta la parálisis que le afectó de la cintura para abajo tiempo después. Aunque resulte curioso no le fastidió tanto esa minusvalía, pues de todos modos, los viejos no utilizan mucho nada de lo que haya de la cintura para abajo. Pero, para el día del padre, su nieta, le amenazó con regalarle un teléfono móvil, y éste lo aceptó bajo condición que tenga los números bien grandes y que simplemente suene cuando le llamasen, descartando cualquier sofisticación extra. Aún así, le llevó varias tardes aprender a manejarlo, tardes que bien podría haber aprovechado jugando al tute con el viejo cabrón de Agustín. Una vez aprendido su uso, llamaba diariamente a todos sus hijos y nietos para mendigarles algo de cariño. Posiblemente algo se le perdió del manual del teléfono, porque un día, mientras estaba marcando un número le apareció la voz de una operadora que decía: - Si quiere morir, pulse 1.......si quiere seguir siendo un viejo de mierda, pulse 2........si quiere ser más joven, pulse 3…

-Sin dudarlo, marcó el tres. Y no escuchó más de esa simpática señorita. Y todo habría quedado así, si no fuera porque a los dos días se dio cuenta que podía mover sus piernas. Lo primero que hizo Dalmiro, fue marcharse de ese sitio. Cogió un taxi, fué a León; luego al banco y sacó dinero. Finalmente Dalmiro se refugió en un hotel desde donde llamó a sus hijas y le comentó su nuevo status ambulatorio, y que de momento prefería estar solo. De acuerdo a ese manuscrito encontrado en Murcia, Dalmiro se fue a duchar y mientras lo hacía tuvo una erección. Y eso que no estaba dentro de las opciones de la operadora (¿sería marcando cuatro?). Viendo al afeitarse que tenía más pelo de lo habitual, comenzó a creerse que estaba recobrando cierto tono vital. Y así pasó casi un mes gozando de la maravillosa experiencia de vivir para atrás. Durante ese mes, decidió olvidarse de su familia. Así, sin más... pensó que lo mejor sería ir forjándose una nueva vida. Miró la fecha. Faltaban tres meses para la muerte de su mujer...o sea, yendo para atrás, claro. Según lo recopilado de ese manuscrito, Abel, al enterarse de los amoríos de su mujer, Cristina, optó por radicarse en Murcia con el nombre ficticio de Dalmiro Costa.


Fray Mono le dijo al Botija ya más alcoholizado que costumbre, en el Bar a puertas cerradas, que al tercer día, resucitaría de entre los muertos. El ángel Miguel volvería desde el cielo al mundo de los justos. Que el Mono no sería más agnóstico. Se haría llamar Fray Mono II como un Arcángel que lleva en mano una balanza para pesar las almas, los osarios le serían dedicados a Miguel defensor de los moribundos. Y si no hay osarios, que se hiciesen, coño. ¡Aleluya!...carajo....¡
Estando ya medio dormido, Fray Mono II, el espíritu de Cristina le susurraba al oído de Miguel, que disfrutara todo lo que se pudiera de esta vida. Ella estaría eternamente junto a él y no con Abel que se casó por intereses.

En algún lugar entre los vivos y los muertos existían unas pantallas de televisión. Delante, Rubinstein, el Gurú de las Artes Predictivas auspiciaba de médico brujo. Apareciendo las primeras imágenes, el psico traumatólogo forense comenzaba a mostrarle al galeno en medicina paranormal las primeras impresiones de la vida de Miguel Estrada, alias Mononauta y de Cristina. Se veía un hombre servicial, en el Bar, en medio de una charla con el Turco. Al parecer el doctor Estefanell, por momentos no lograba entender que significaban. Se veía saltar una imagen y otra aparentemente sin sentido. El mismo, de acuerdo a lo expresado en su oportunidad por Rubinstein, Miguel Estrada y su contraparte el Mononauta debían de juntarse. Se debía saber que pasó. Como eso no lo acontecía, los galenos que estaban entre los vivos y los muertos, dejaban que las imágenes brotasen libres. De esa manera se lograría ver un punto conductor, las que habrían de mostrar un punto de quiebre, en donde el trauma debiese aflorar. Conociendo el motivo, sólo restaba continuar tras una línea directriz. Fue así que Miguelito, también denominado Fray Mono II, era conducido a Intermedio dentro de La Clínica. Con el tiempo Miguel Estrada, volvería a ser El Miguelito que tanto queremos.


The Daily Monkey- Cofradía de las Tres Marías- Reino del más Aquí

Pd: Extraído de conversaciones de ciertos personajes del escritor que no nombraré