Rubinstein, sus comienzos - La Hacienda - El arribo

** Mis comienzos - La Hacienda **

Mi historia - Mi pasado


Cáp. 1 - El arribo


Sede Central de Rubinstein
Cofradía de las Tres Marías
El Reino entre el Aquí y el Allá


Un día mi madre, que en paz descanse me dejó en la casa de campo de mis tíos don Esteban y doña Mercedes. El lugar era una campiña en medio de la nada donde el tren llegaba una vez al mes y siempre con retraso. Recuerdo que estaba parado en medio de la nada, cuando a lo lejos una polvareda se aproximaba a mí. Era un sulky, una especie de carro tirado por un caballo que apenas podía con sus huesos. Doña Mercedes, mi tía, por aquella época una mujer de unos treinta y tanto de años, de tez morena como el azabache, se bajó del sulky. -¿Rubinstein?– A le contesté que si, un tanto temeroso pues siempre había escuchado decir a mis padres, que ellos eran gente extraña y peligrosa, de un mal pasado. -Sube hijo, que debemos llegar a la hacienda antes de la lluvia que se aproxima- Exhorto no me había percatado de la tormenta que por el oriente se aproximaba, más allá de las Tres Marías, un peñasco que más adelante supe el motivo de dicho nombre. Una valija pequeña era toda mi pertenencia. Mi padre había fallecido en un enfrentamiento en la Dictadura de Terra en Uruguay, un tirano que se convirtió en dictador luego de una cruenta batalla por el poder. Luego del fallecimiento de mi padre, ella juntó lo que pudo y me envió a casa de mis tíos, mal le pesara era toda la familia que me quedaba. Con los años me enteré que loca de atar falleció en el manicomio de la ciudad. Efectivamente entre traqueteo y traqueteo, llegué a la Hacienda, que no era más que un rancho de adobe y paja a dos aguas en medio de una colina. Cuatro perros, una vaca escuálida que a duras penas daba leche, tres o cuatro gallinas sueltas y un gallo flaco, eran todas las pertenencias de esta familia de campo. Detrás de la “Hacienda” como le definían ellos, se albergaba un pequeño espacio arado donde cosechaban papas, y otras especies similares. Entre ellas, legumbres y demás pero no en demasía. Sólo para el sustento diario. Mi tío Esteban, se hallaba arando el monte lindero cuando arribé a media mañana. Un hombre blanco de mediana edad, curtido al sol, huesudo y rudo con ojos saltones, se me presentó. Dicen que durante la Guerra Civil Española, éste, logró escapar entre los exiliados de Guernica. -Querido éste ha de ser tu hogar-, me dijo cuando arribamos a “La Hacienda”con voz apagada mientras observaba a su marido, tío Esteban. Observaba a su marido, tío Esteban. El matrimonio poseía dos hijos, María de la Mercedes y Joaquín. Con ellos congenié de entrada. A diferencia de éstos, eran alegres y extrovertidos. Mis tíos denotaban un aura de misterio como que algo oculto, se encontraba entre sus pasados. En tiempo posterior me enteré que tía Mercedes abortó otro pequeño cuando poseía 18 años, un varoncito que tenía como nombre Joaquín.

De ahí que asumí que mi primo llevase el nombre de su hermanito fallecido. Ese día lo pasé con ellos en la Hacienda. Para que tengan una idea, el casco de la misma se situaba sobre la punta de una colina. Al oriente daba un pequeño arroyo cubierto de espesa vegetación. Al occidente se extendía un valle cubierto de árboles autóctonos. Al norte, había un barranco a cuyo lado, una catarata golpeaba sobre un fondo de piedra, formando una pequeña playa. Al sur en la lejanía, se percibía las luces de la ciudad de donde provenía, pero, era más un resplandor que otra cosa. Sólo se apreciaba a buena vista si el cielo nocturno se visualizaba claro. Mi madre me había entregado como su bien más preciado “El Libro” en un paquete. Recuerdo lo que ella me dijo cuanto me lo entregó -No lo pierdas será tu compañero de andanzas y lo más preciado que te pueda acompañar en tu peregrinaje por la vida-. Esas frases me sonaron como un presagio y hasta temor, pero haciéndome de valor acepté el obsequio. Nunca más pude saber de ella.

** Sede Central de Rubinstein - Cofradía de las Tres Marías - El Reino entre el Aquí y el Allá **