Entre el ayer y el aquí

Corría la época de los años 70, recuerdo muy bien cuando fui detenido y transportado al Penal de Punta Carretas. El camión de reclusos deteniéndose en la puerta del mismo, por la avenida Ellauri. Este, enclavado en medio de Punta Brava, como acostumbraban a decirle los lugareños de la zona, se erguía majestuoso.

Hasta ese momento veníamos engrillados tanto de pie como de las manos, con la cabeza gacha y encapuchados.

El portón principal, una puerta de doble reja, se abrió para recibirnos, y entrar el vehículo al patio interior del recinto carcelario. En todo ese trayecto se sentía el golpeteo que propiciaban los milicos de custodia. La avenida era cerrada por militares y carros blindados del ejército.

El Punta Carretas Shopping Center
Inaugurado en 1994, Punta Carretas Shopping se distingue por ser un centro comercial de nivel internacional, premiado por su propuesta arquitectónica y urbanística.
Nuestro Shopping se caracteriza por sus amplias instalaciones repartidas en 3 niveles, con más de 200 locales, una espectacular plaza de comidas, 10 salas de cines, teatro, una amplia gama de servicios sin cargo y un espacioso estacionamiento. Unido directamente con el moderno Hotel Sheraton.

Allí encontrarán todo tipo de comercios, cines y restaurantes; claro está, no es muy diferente a cualquier otro centro comercial del mundo, pero el edificio y su historia realmente valen la visita.

El Penal de Punta Carretas
Nos hacían parar en filas, antes del ingreso al celdario, con la cabeza gacha, en el patio interior, antes del celdario en si. Un milico iba con un cuaderno tomando revista de cada uno de nosotros, otro, nos asignaba un número. Por él, fuimos identificados de ahí en más. Nos hacían pasar a una ducha, completamente desnudos y nos vestían de presidiarios. El color del uniforme era distinto a los presos comunes, ya que nos consideraban presos políticos. Los asesinatos del escuadrón de la muerte se sucedían y los atentados contra casas de militantes de izquierda aumentaban. Cierto día se reanudaron las visitas, y volvió la rutina de cada sábado. Ahora sí, todos eran revisados. Pero los gurises chicos pasaban por el mismo lado que las mujeres. A Cachito nunca lo revisaban. ¿Para qué revisar a los niños?, decían las agentes. Sin embargo a las mujeres las hacían desnudar. Aprovechándose de la ventaja que significaba la "no revisación", Cachito sacaba información en pequeños papelitos que luego eran recogidos por alguien en un boliche. No tenía miedo. "Otros niños deben hacer lo mismo", pensaba. Y además ya tenía la coartada: "Si me agarran, la consigna es no sé nada me los pusieron, pero no recuerdo quien". Obviamente que si obtenían esos papelitos era muy posible que llegaran al autor. Por otra parte al primero que iría sería al hermano. Nunca pasó nada. Todo era una rutina. Desayunábamos a las ocho de la mañana, en un salón aparte a los presos comunes, más tarde nos reunían en el patio central, la parte posterior de lo que ahora es el Punta Carretas Shopping Center, nos encerraban en el celdario hasta la hora del almuerzo y la hora de encontrarnos en el patio principal, en la tarde. Este último se hallaba en donde ahora es el estacionamiento principal, en el cual, al medio ahora se encuentra el Hotel Sheraton. Luego al celdario, hasta la noche.

El Punta Carretas Shopping Center
De tres niveles, el Shopping se a convertido en el paseo indiscutido de montevideanos y turistas por excelencia. Enclavado en el corazón de Punta Brava, nació de lo que antaño fue el Penal de Punta Carretas.

El Penal
La pared del fondo del patio, que por un lado da a la calle Solano Antuña y Guipúzcoa, donde ahora se halla una Estación de servicios, auspiciaba el Hospital de la carcel. Lugar de interrogatorio forzoso, consistía en dos grandes salas. La sala principal, la de los galenos, y otra de detención forzosa. Los médicos que allí trabajaban, eran una especie entre médicos nazis y médicos militares. Ellos se encargaban de dictaminar quienes de nosotros seríamos tratados como personas, o que merecíamos ser manejados por el personal de la otra sala.

La otra sala, conformado por celdarios, donde la luz, brillaba por su ausencia, nosotros los presos políticos éramos interrogados. Existían unas tinajas, donde nos sometían al submarino, a pleno invierno nos metían desnudos en agua fría y nos daban como premio electroshocks.

El Ahora.
- Vamos a almorzar, le decía a mi señora al Shopping. Como es feriado, un mundo de gente de todo tipo rondaba por los corredores del mismo. Mientras hacía la cola para que me atendieran, me comenzaba a sentir mal. De golpe se me presentó una imagen. Dos filas de calabozos, unidas por un pasadillo principal. Cada fila estaba conformada por dos hileras de celdas, una abajo y otra arriba.

Uno debía pasar la Administración de la cárcel, luego el patio interior, seguía el celdario en si, y al final, el patio donde se hallaba el Hospital. Siempre había luz artificial, el ruido de los talones de los milicos y el ruido de las puertas de hierro al cerrarse. Donde fuimos a almorzar, había dos celdas. Una de ellas se superponía al salón de comidas de la Planta Baja. La otra, se superponía con una casa de venta de computadoras por un lado, y por el otro, el salón de comidas. En la imagen, se apreció como se abría una puerta de rejas, donde tirarban dentro un preso, todo lastimado, sobre un catre, que daba sobre la pared izquierda de la celda, lo que sería ahora, el medio del local de comidas actual.

-¿Qué has de hacer ahora? – decía a mi querida señora terminando el almuerzo, mientras un preso escapando venía directamente hacia donde me hallaba, traspasando mi cuerpo.