En el azar confío - La entrevista

Por directivas de la emisora, se opto hacer pública la siguiente audición. Basado en un texto honónimo de una escritora.
Sintonice el dial en la siguiente frecuencia, para ver sus antecedentes: En el azar confío

Para todos los escribas-escuchas.
La emisora más oriental del charco rioplatense, con humor tiene el agrado de presentarles: (No te me enojes Esthercita, que te van a venir pecas)


En el azar confío
Una entrevista de Radio Gurí

Desnuda, recostada contra la cabecera de mi cama,
contemplo el espejo de mi soledad mientras oigo
avanzar uno tras otro los hermosos cuartetos de Beethoven.
Entre almohadones bermellón y mullido azul marino,
veo el cuerpo que soy, miro el cabello cubriéndome
los hombros mojados por la luz de la mañana;
observo la imagen en reposo de mi cuerpo; la extensión
torneada de mis piernas, mi piel transpirando a goterones mi deseo.


Hoy el Plató de la Radio se halla atestado de personajes, doña María, don Pedro y la esposa de Joaquín. Por el lado de la emisora se halla el locutor y Juancito tirado sobre la consola de recepción arriba de la muñeca inflable.

-Bueno, bueno, bueno… bienvenidos a Radio Gurí – El Botija les dice a los entrevistados del día.
Gracias, señor locutor –dicen todos al unísono.

-Hoy están reunidos a causa de “al azar confío”, que no quiere decir que confíe aclaremos – el locutor abre la alocución. Todos los presentes depositan su mirada al locutor, que él inmutable sigue manteniendo baja la mirada en los papeles.

-¿Quién de vosotros desea comenzar a hablar?
Pedro levanta la mano, con la mirada acusadora de las otras entrevistadas.

-¿Díganos, por favor..?
Verá señor locutor, me he sentido un tanto incómodo, si bien confío en el azar, debo decirte a ti mi quería María cuando me argumentaste que te ibas a ir a caminar pues te dolía la cabeza, aunque supiere lo peor, quise acompañarte, y tu me dijiste “-No, no, dejá, quédate leyendo que afuera hace frío –María retrucó con rapidez, inquieta de que él insistiera, que él pretendiera, que él...

- Y usted María, ¿qué hizo?- El Botija mencionaba mientras detrás suyo sobre el vidrio que separaba de la consola de emisión, se veía la muñeca inflable recostada sobre el plexiglas moviéndose.
Gracias Botija. –comienza ella –Vera. "!Estupido! !impotente!", eran algunas de las palabras que habían salido de la boca de la chica, movida más por la vergüenza que por las fútiles e ingeniosamente escatológicas amenazas que recibía de su esposo Pedro.
A ella no le quedó más que pintarse una sonrisa en la cara y asentir. En silencio, maldijo el diario que su marido leía, por no traer noticias de interés. Al fútbol, suspendido justo este domingo. Al pueblucho de merde, donde cada habitante mayor de cinco años parece ser un agente de los Servicios de Inteligencia, y los menores de cinco, aprendices de espías de los otros.

-Bueno, bueno, un poco de orden, por favor – El locutor trataba de calmar los ánimos enardecidos por la esposa de Pedro, doña María.

En fin, María, contumaz traidora a los votos matrimoniales, feliz poseedora de un amante clandestino que le traía brisas de sofisticación a su vida -y ventarrones de pasión a sus gónadas-, se resignó a lo inevitable. Parecían ya destrozados los cuidadosos planes, detallados en susurros dos tardes atrás, cuando coincidieron en la misma góndola del supermercado, entre latas de salsa pomarola y mayonesas sin huevo.

Juan dejate de joder con esa muñeca inflable y atendé las llamadas - le menciono por intermedio del auricular.
-Ta bien papacito, no te me sulfures que te va a subir la presión. –Juan me contesta a través del micrófono.
-Siguiendo con lo nuestro, la siguiente pregunta va para la señora de Joaquín. Señora, ¿qué hacia usted a esa hora de la noche en ese vehículo que estaba estacionado en medio de la noche?
Que indiscreto Botija, resultó ser. - El encuentro en el automóvil fue obra del más exquisito azar. La esposa de Joaquín se llevó el auto sin que éste lo supiera, y sin saber ella que en ese día y hora, era vehículo de citas clandestinas. Estacionó en la calle maldita, sólo porque se le había desprendido el broche del sostén, y quiso aprovechar la oscuridad para recomponer sus ropas íntimas.

-Perdóneme señora, no quise ser indiscreto. –Aduce El Botija.
-María, ¿Si…? – la veía un tanto inquieta.
Sólo nosotras sabíamos de qué hablábamos, en el asiento delantero del auto. Y en otras conversaciones, mantenidas primero, como mujeres que habían compartido un hombre, una con vergüenza, la otra con furia. Luego, entre dos mujeres que en la vergüenza y en la furia encontraron códigos en común. Por último, nos sorprendimos al encontrar más atractiva la lencería femenina que la masculina.

-¿Cómo es eso María?- el locutor comenta.
Es que ella, la esposa de Joaquín, tenía unos gruesos labios amorronados. Se dejaba hacer en silencio. Yo se la empapé de besos y saliva, y ella dejaba cada tanto un flujo en mi boca, como un manjar. Era una diosa colosal. Y yo tenía la fortuna de tenerla entre mis manos y poder hacerle el amor, sentirme amada por ella.

-Si Pedro. Lo veo un tanto inquieto, ¿tiene algo para acotar? – Menciono como locutor de la Emisora.

Soy un hombre muy hombre. Me gusta sentirme macho y hago ostentosidad de mi masculinidad siempre que puedo. Sí. De hecho, entré en el ejército con dieciséis años y lo dejé a los cuarenta, obligado por una lesión. Desde entonces, entreno cuanto puedo en un gimnasio cercano a mi casa y entreno a chicos en el noble deporte del boxeo. Puede decirse que soy un macho ibérico de los de toda la vida.
Estoy felizmente casado con una mujer que sabe perfectamente quién lleva los pantalones en casa y con dos hijos que también saben a qué atenerse cuando no se comportan como es debido. Por supuesto, tengo una amante, con la que me desfogo cuando mi mujer no me da lo que yo necesito. Porque el sexo solamente es sexo de verdad con otra, nunca con la propia. Eso lo aprendí de la vida, que me ha dado muchas bofetadas y sé bien esquivarlas o encajarlas, como más me convenga. En definitiva, soy un hombre bien hombre.
Pero, de vez en cuando, un par de veces al año, tres todo lo más, me convierto en mi otro yo. Cuando llega ese día, le cuento una milonga a mi mujer, me invento un congreso de balística o de artillería de corto alcance y me voy un fin de semana fuera de la ciudad. Hago un escueto equipaje y voy al trastero, donde guardo una caja cerrada con un candado. Mi mujer cree que guardo armas dentro de ella, pero en realidad, guardo una minifalda roja, un top negro, un liguero, unas medias, unos zapatos de tacón, una peluca y maquillaje.

Esto a sido todo por hoy, el Juan, ni pelota da a los llamados que abundan por doquier. Le esta dando a mansalva a la muñeca inflable.


Fuera de la entrevista.
¡¡Uff!! En el azar confío – mencionaba el locutor, mientras acomodaba los papeles y el revoltijo que había sobre la mesa. –Vo Juan, deja de hacer esas chanchadas de una vez.


Una audición de Radio Gurí
La emisora más oriental de los pagos rioplatenses.