La gurisada


- ¿Una monedita? – El niño corrió hacia mi cuando iba a hacer las compras de la casa.

Un rancho de lata en los suburbios de la metrópoli.
Camino de tierra en la zona perimetral de la ciudad. Una manada de perros, flacos, sarnosos, corrían por aquí y para allá, ladrando a todos los que por allí se aventurasen.

Algún foco de luz por allí, otro por allá. De un lado casas de adobe y latas recolectadas por las personas que habitaban el barrio. En vez en cuando un taxi pasaba, tratando de ir lo más rápido posible. Destino. Sólo dios y el chofer lo conocían. El día, como otro de los tantos.

El sulky, el medio de transporte, si era el bien más preciado. Un carromato tirado por un caballo que a duras penas podía con sus huesos. A tres cuadras de ahí, la calle pavimentada, cada tanto se arrimaba algún que otro colectivo.

Un momento en la vida en la barriada.
Gran bullicio. Sirenas. Algún que otro camión en hora pico, se detenía para descargar materiales en algún que otro comercio. Zona llena de edificios y otros en construcción. La casa de la viejita de al lado, que había fallecido tiempo atrás, aparecía con un cartel muy grande, “Edificio en construcción próximamente”. Puestos de venta en la vereda, colocados sin permiso vendían hasta la abuela si podían. Los negociantes, ubicados allí desde hacía mucho, los querían correr.

Una pequeña empresa se había instalado hacía un mes, ahora cerró. Las ganancias no daban para mantener los impuestos, tributos y aranceles que el Estado exigía. Consecuencia, más gente al Seguro de paro.

Un momento en los suburbios.
Doña Nicanora se hallaba en un parque sentada, frente al hipermercado. Con ella, cuatro niños de distinta edad y procedencia. Un bolso a su lado. Dentro de él, ropa sucia y raída.

Cada persona que pasaba por la puerta del negocio o simplemente caminaba por la vereda, como manada de perros los niños salían a su paso. Era tiempo de escuela, pero ellos no iban, si, estaban vestidos de colegiales. Algunos les daban pena y recibían una bolsa de leche o arroz. Pasada ciertas horas, se subían al sulky, y revendían lo que la gente les obsequiaba, en un Mercadillo de Pulgas en los suburbios.

El Estado le suministraba atención médica, algo de dinero, creaba escuelas en las zonas más cadenciadas. Ellos, usaban el dinero para comprarse un celular. Detenían el sulky frente al contenedor de basura en cualquier parte de la metrópoli, hurgaban dentro, ajenos al bullicio que ocasionaban por la detención del tráfico. Se les denominaban Recolectores de basura, cobraban por kilo de material reciclable seleccionado.

-¿Una monedita? – El niño corrió hacia mi cuando iba a hacer las compras de la casa.

- Si nene. Toma….

Nota.
Me olvidaba, - ¿Una monedita por favor? – Necesito para el colectivo, Me robó la gurisada. Perdón los botijas, niños, como gusten decirlo.

Ahh…Si no lo dejo, y me defiendo de la jauría de botijas. Voy preso.