Un libraco enamorado

Hola querido libro que descansas en mi mesa de luz. –Hola –este siguió descansando, se denotaba en el hecho que cuando respiraba las hojas del mismo se hinchaban, cual el aire entrase en los pulmones.
Tengo una historia para relatarte. –Déjame en paz, Rubinstein, estaba soñando con un libro muy femenino, de una encuadernación muy labrada escrita por una dama madrina.
Te va a gustar, trata de viajes fantásticos. –¡hee!, ¿qué me has dicho?
Eso. Este salta de la cómoda y pone nuevas hojas y me mira expectante.
Te acuerdas que dormía ayer a los sobresaltos. –Si.
Me encontraba volando por encima de una espesa selva. Por encima de mi cabeza se hallaba un manto de nubes rojas, con una textura movible. Adquirían por momentos forma humana parte de huesos de almas en pena. –Siempre te alcoholizas Rubinstein.
No. En serio escúchame, va más bien disponte a escribir. Era como si una cámara planeara entre el cielo y la tierra. Salvo que no era en el plano terreno.-Zaz, empezamos de nuevo, y soy yo que me lo tengo que soportar, cuando Rubinstein se siente solitario.
Entre planicie, montañas y quebradas un manto verde oscuro pasaba rápidamente por debajo de mí. –Si ya se te encontraste con los marcianitos verdes, Jajajaja. No libro perspicaz. Entre ese manto de nubes y lo que sería el manto arbóreo, sobrevolaban “las aves del trueno”, esto es, eran unas aves enormes, mucho mayor que los aviones que podemos contemplar hoy. No batía sus alas, ni una sola vez. Era blanca por debajo y negra por encima. Paneaban –El que vas a planear sos vos, cuando te de con la tapa de atrás por la nuca y te haga caer en la realidad.
Escribí libraco tozudo, te pareces a mí. –Esta bien, no te me enojes patroncito.
De golpe se borro esta escena, como si el director de la película quisiera mostrarme una nueva escena. –Si. Descubrites la gallina de los huevos de oro Nop. Te equivocas libro pillo. De golpe me encontré ante un viejo y añoso cementerio. Las arcadas de hierro estaban llenas de moho y carcomidas por el paso del tiempo. –El tiempo te va a caer a vos, Rubinstein donde sigas con esa historia, Me sacaste de un sueño con una preciosura. Vestía minifalda negra, con detalles plateados, zapatos de taco con punta cerrada y una remerita blanca que dejaba uno de sus hombros al descubierto. Su cabello castaño claro, lacio, apenas tocaba sus hombros, y un flequillo casi espumoso acariciaba sus pestañas.
De que me estas hablando ahora libraco, te voy a poner en penitencia. -Te hablaba que soñaba con una hermosa encuadernación de lo más feminista y hermosa. Estoy enamorado, mis hojas palpitan al son de sus movimientos ondulantes.
Ya te voy a dar salir con un libro de anaquel femenino. –No me regañes.
Bueno, te contaba hasta el nombre del cementerio se había borrado. Cuando pasaba el pasaje desparecía por causa de la maleza exuberante existente en el lugar.
-Y ya que estamos en estas… ¿qué encontraste?
Encontré una lápida sin nombre. De momento hubo otro cambio de escena. Y entré en la misma que se hallaba tapada de zarcillos y maleza. –Ja, que sueño.
Pues no libraco. Había una escalera metálica que daba a un recinto vacío. -¡Que..!-no estaba la fulana pues.
Efectivamente no había nadie. Sólo una puerta de metal forjado abierta. –Rubinstein me perdí. Me estas hablando de sarcófago.
Si, de eso estoy hablándote. –¿Qué pasó luego?
Pasé por la puerta, y me encontré ante un jardín lleno de alimañas, ratas e inmundicias por doquier. Los árboles cubrían el pasaje, Sus ramas poseían vida propia. Las ramas se movían solas y formaban figuras de esqueletos vivientes. El suelo estaba cubierto de una enredadera que quería tragarme los pies y jalarme para abajo. –Si; ¿qué te tomaste todo cuando saliste de cena con tu esposa; ¿qué te cayo mal?
¡Hay libraco…! Que voy a hacer contigo. –Dejarme soñar con esa hermosura de encuadernación fíjate que el relieve poseía: 1.76 mts, una cintura de 62 cm, caderas de 90 cm y unas tetas de 95 cm, que con una espaldita más bien chica parecen más grandes. Lo mejor son sus pezones, rosados, sin desagradables cicatrices, de grandes aureolas. Pechos suaves, chupables.
Me estas hablando de la cara que tenía la encuadernación. –¡Hayy, el amor! Este flota ante mis narices y suspira hondo, se denota en como se inflan las hojas.
Esta bien libraco enamorado, luego te sigo con lo que pasó a continuación.
-¡Hay las golondrinas y las plantas con sus florcitas! El libro gira como haciendo una danza en patín sobre hielo y se desvanece.
Hago lo mismo.


Un libraco enamorado
Cáp. 2 - El sarcófago

¡Hay libraco…! Que voy a hacer contigo. –Dejarme soñar con esa hermosura de encuadernación fíjate que el relieve poseía 1.76 mts, una cintura de 62 cm, caderas de 90 cm y unas tetas de 95 cm, que con una espaldita más bien chica parecen más grandes. Lo mejor son sus pezones, rosados, sin desagradables cicatrices, de grandes aureolas. Pechos suaves, chupables.
Me estas hablando de la cara que tenía la encuadernación. –¡Hayy, el amor! Este flota ante mis narices y suspira hondo, se denota en como se inflan las hojas.
Esta bien libraco enamorado, luego te sigo con lo que pasó a continuación..
-¡Hay las golondrinas y las plantas con sus florcitas! El libro gira como haciendo una danza en patín sobre hielo y se desvanece.
Hago lo mismo.

El sarcófago.
Pasé por la puerta, y me encontré ante un jardín lleno de alimañas, ratas e inmundicias por doquier. Los árboles cubrían el pasaje, Sus ramas poseían vida propia. Las ramas se movían solas y formaban figuras de esqueletos vivientes. El suelo estaba cubierto de una enredadera que quería tragarme los pies y jalarme para abajo.
-Otra vez. No, vez que sueño con esa encuadernación estilo barby.
Es que los otros días… -Esta bien, por ser vos. El libraco suspira hondo y las hojas se hinchan de amor por poseerla.

Era un rancho a dos aguas de tierra y adobe cubierto por la maleza exuberante de alrededor. Había una pequeña escalera de dos escalones cubierta por la espesa vegetación.
-¿Y…? –Si tan sólo tuviese la encuadernación de esa preciosura cuyo relieve poseía 1.76 mts, una cintura de 62 cm, caderas de 90 cm y unas tetas de 95 cm, que con una espaldita más bien chica parecen más grandes. Lo mejor son sus pezones, rosados, sin desagradables cicatrices, de grandes aureolas. Pechos suaves, chupables. Rubinstein, ¿cuando me has de cambiar la encuadernación añosa que poseo?
Hayyy, que te voy a botar por el ventanal, ¡carajo!
De golpe la imagen desapareció y me encontré dentro del rancho rotoso ese. Te contaba, al entrar había un gran salón, recubierto de madera desvencijada, y entre los intersticios de ésta se colaban raíces y la hiedra. Las hojas putrefactas estaban por doquier en el suelo de barro. –Barro tendrá tus pies cuando fuiste al fondo darle agua a las plantas del terreno de tu casa, escritor con intención de serlo.
Te voy a matar libraco. Termina con tus comentarios. –Huy, se me enojo el palomo. Mirá como tiemblo. El libro hizo un giro en el aire y me hizo sentir la brisa fresca de hojas nuevas.
Solamente yo lo aguanto. Te sigo. Pone más hojas y no sigas pensando en esa encuadernación, porque no pienso cambiarte nada.
-¡Pafff! -El libro se cerró y se puso serio.
Abrí donde quedamos. –No.
¿Por…? –Hasta que respetes mi amor por ella. Esta bien, perdóname.
Seguimos. Sigo describiendo la escena. Había una estufa a leña apagada y carcomida por el tiempo frente a mi Delante de ella estaba colgada por cadenas una mujer a punto de dar a luz, atada de los tobillos y las muñecas abiertas, estirada vertical al suelo. Las cadenas nacían desde el techo y desde el piso, haciendo que esta alma estuviese colgada a medio metro en el aire sin poder moverse.
-Hay que miedo… Queres relatar una escena de terror y me mato de risa.
Silencio –dije secamente.
Por momento no volaba una mosca. Aunque hablando de ello. Se notaba en las facciones de la finada, que su boca había sido atada con un hilo de coser matambre. La escena era como si un camarógrafo tonase esta desde arriba y la pared externa del rancho. O sea mi cuerpo estelar estaba sumergido entre las maderas del rancho.
¿Y qué pasó entonces. Dos hombres, eso era lo que parecía ser, con capas oscuras y pistolas láser en ambas cinturas entraron y se pusieron de guardia en lo que sería la puerta. Si se puede decir, ya que esta no poseía madera ni marco. -Terminá el cuento? Eran humanos que procedían de una galaxia muy lejana. Tan lejana, que no figuraba en ningún mapa estelar del Reino.
-Zas, los hombres verdes de Marte. –Lo que faltaba oír para escribir.
¿Y….?
De golpe todo se oscureció me quedé profundamente dormido.
-Una vez que me engancha en el relato este Rubinstein se va a dormir, si será que dejó el té a medio terminar, al lado de la mecedora. Esta bien seguiré pensando en esa preciosura de encuadernación repujada en cuero. ¡Hay las golondrinas y las plantas con sus florcitas! El libro gira como haciendo una danza en patín sobre hielo y se desvanece.


Un libraco enamorado
Cáp. 3 - La fulana



Silencio –dije secamente.
Por momento no volaba una mosca. Aunque hablando de ello. Se notaba en las facciones de la finada, que su boca había sido atada con un hilo de coser matambre. La escena era como si un camarógrafo tonase esta desde arriba y la pared externa del rancho. O sea mi cuerpo estelar estaba sumergido entre las maderas del rancho.
¿Y qué pasó entonces. Dos hombres, eso era lo que parecía ser, con capas oscuras y pistolas láser en ambas cinturas entraron y se pusieron de guardia en lo que sería la puerta. Si se puede decir, ya que esta no poseía madera ni marco. -Terminá el cuento? Eran humanos que procedían de una galaxia muy lejana. Tan lejana, que no figuraba en ningún mapa estelar del Reino.
-Zas, los hombres verdes de Marte. –Lo que faltaba oír para escribir.
-¿Y….?
De golpe todo se oscureció me quedé profundamente dormido.
-Una vez que me engancha en el relato este Rubinstein se va a dormir, si será que dejó el té a medio terminar, al lado de la mecedora. Esta bien seguiré pensando en esa preciosura de encuadernación repujada en cuero. ¡Hay las golondrinas y las plantas con sus florcitas! El libro gira como haciendo una danza en patín sobre hielo y se desvanece.

La fulana.
El general entró en el rancho carcomido. Los dos guardaespaldas se hallaban a los costados de lo que en otra época fuese una puerta. Las alimañas corrían de un lado a otro, y se escondían en la oscuridad de los intersticios de la madera putrefacta. Cuando se acercaba a la mujer colgada mediante cadenas, las enredaderas, hiedras y demás especies rastreras dejaban el surco para qué este llegase a su destino.
-Deja de escuchar Chopin, libraco porque tienes que escribir lo que te dicto.
-Jaja. No me digas, que miedo, Rubinstein.
Voy a tener que contratar una dactilógrafa y botarte libraco temperamental.
-Esta bien papito, no te me enojes. Sigo con las hojas nuevas. Mira estoy atento, a pesar que me dejaste en lo mejor porque decidiste dormirte.
Bueno, como te contaba. El general se acerco a la victima y con la mano izquierda la tomó del pómulo y la observó. Las facciones no existían. Su boca era una línea, lo que serían sus ojos, sólo estaban las cuencas de los mismos. De nariz, ni hablemos. La suelta y pone su mano diestra en el vientre de la embarazada.
-Esta a punto –tronó.
-Buen trabajo-concluyó.
Extrajo un cuchillo de mediano porte y se disponía a desviscerarla. Hasta ese momento había estado de observador. En su pecho noté el crucifijo que la hacía participe del Reino del Señor.
La imagen era como si un camarógrafo enfocase la escena desde arriba y un costado por encima de la cabeza y lateral del hombre que estaba a la izquierda. Hasta ese momento, mi presencia no había sido notada. Le caí de la pared carcomida, en forma lateral con una espada láser y cortando al guarda izquierdo desde la primera cervical hasta la última vértebra del esternón. Proseguí con un giro en sentido contrario rebanando a la altura de la vértebra cervical, al segundo guarda. La cabeza no había llegado al piso, cuando el general comenzaba a girar y extraer su pistola. Dos espadas láser pequeñas terminan de hacer su trabajo, mientras que con una, rebané la cabeza al nivel de la nuca con la otra le hice un corte en chanfle al nivel de la aorta mayor. El mal me hazo sacudir el cuerpo astral, como si una ola me golpease fuertemente.
-Vaya cuento Rubinstein. Si no te conociera diría que me estas pasando una mala jugada.
No libraco, sigue que estoy por terminar.
Corté las cadenas que la tenía atada y de golpe vi desde arriba una luz blanca que en forma de cono iluminaba la escena donde me hallaba.
Me desvanecí, y aparezcí con una mujer trigueña a punto de parir en la Recepción de La Clínica.
-Si. Si. Contame las historias que me lo voy a creer y todo. Dime Rubinstein ¿me vas a cambiar la encuadernación?
No. Me desvanezco.

-¡Hay las golondrinas y las plantas con sus florcitas! El libro gira como haciendo una danza en patín sobre hielo y se desvanece.


** Opiniones **


Rubinstein
Gurú de las Artes mentalistas y predictivas.
Viajero y guerrero astral. Médico en lo paranormal.