Rubinstein - Sus inicios

La historia de Rubinstein
Cap. 1
Sus inicios


Gurú de las Artes mentalistas y predictivas.
Viajero y guerrero astral.
Médico en lo paranormal.


Aquí Radio Gurí trasmitiendo para todos los queridas escriba-escuchas de este foro tan prestigioso. En esta ocasión tenemos como entrevistado estelar al Gurú en las artes mentalistas y predictivas, el tan afamado Rubinstein. Viajero y guerrero astral. Más conocido como “el Gurú”

-¿Cómo le va Maestro?
Rubinstein, se acomoda las gafas, toma un sorbo de agua y me mira con esos ojos verdes, con ese toque que le da la melena blanca en canas. Sobre su diestra descansa “el libro”. -Bien Botija. Es un gusto volver a saludarlo.
-Verá Rubinstein, quería comentarle sobre sus principios en este plano terreno, ¿Cómo empezó?
Se acomoda sobre el asiento de la butaca, y con su mirada plácida, siento que me va tranquilizando y me dice: “Un día mis padres, que en paz descansen me dejaron en la casa de campo de mis tíos don Esteban y doña Mercedes. El lugar era una campiña en medio de la nada donde el tren llegaba una vez al mes y siempre con retraso. Recuerdo que estaba parado en medio de la nada, cuando a lo lejos una polvareda se aproxima a mí. Era un sulky, una especie de carro tirado por un caballo que apenas podía con sus huesos.
Doña Mercedes, mi tía, por aquella época una mujer de unos treinta y tanto de años, rubia de tez morena como el azabache, se baja del sulky. -¿Rubinstein? Pregunta. ¿Mercedes? le contesto un tanto temeroso, pues siempre había escuchado decir de mis padres que ellos eran gente extraña y peligrosa, de un mal pasado. –Sube hijo, que debemos llegar a la hacienda antes de la lluvia que se aproxima. Yo exhorto no me había percatado de la tormenta que por el oriente se aproximaba, más allá de las Tres Marías, un peñasco que más adelante supe el motivo de dicho nombre. Una valija pequeña era toda mi pertenencia.
Mi padre había fallecido en un enfrentamiento en la Dictadura de Terra en Uruguay, un tirano que se convirtió en dictador luego de una cruenta batalla por el poder. Mi madre, juntó lo que pudo y me envió a casa de mis tíos, mal le pesara era toda mi familia que me quedaba. Con los años me enteré que loca de atar falleció en el manicomio de la ciudad. Entre traqueteo y traqueteo, llego a la hacienda, que no era más que un rancho de adobe y paja a dos aguas en medio de una colina. Cuatro perros, una vaca escuálida que a duras penas daba leche, tres o cuatro gallinas sueltas y gallo flaco eran todas las pertenencias de esta familia de campo. Detrás de la “Hacienda” como le definían ellos, un pequeño espacio arado donde albergaban papas, y otras especies similares. Entre ellas, legumbres y demás pero no en demasía. Sólo para el sustento diario. Mi tío Esteban, se hallaba arando el monte lindero cuando arribé a media mañana. Un hombre blanco de mediana edad, curtido al sol, huesudo y rudo, con ojos saltones, se me presentó. Dicen que durante la Guerra Civil española, este logró escapar entre los exiliados de Guernica. ¿Se acuerdan los niños olvidados de América?Este matrimonio poseía dos hijos, Mercedita y Joaquín. Con ellos congenié de entrada. A diferencia de mis tíos, estos eran alegres y extrovertidos.
Mis tíos, por el contrario denotaban un aura de misterio y de que algo oculto se encontraba en sus pasados.
En tiempo posterior me enteré que tía Mercedes abortó otro pequeño cuando poseía 18 años, un varoncito que tenía como nombre Joaquín. De ahí que asumo que mi primo actual, lleva el nombre de su hermanito fallecido.


-¿Qué recuerda de la época de “La Hacienda”
Recuerdo el primer día que pase con tía Mercedes y tío Esteban en la Hacienda. Para que tengan una idea, el casco de la misma se situaba sobre la punta de una colina. Al oriente daba un pequeño arrollo cubierto de espesa vegetación. Al occidente se extendía un valle cubierto de árboles autóctonos. Al norte, había un barranco, a cuyo lado una catarata golpeaba sobre el fondo de piedra formando una playa pequeña. Al sur, a lo lejos se apreciaba las luces de la ciudad de donde provenía, pero era más un resplandor que otra cosa. Sólo se apreciaba a buena vista si el cielo nocturno se apreciaba claro.

-¿Recuerda su primera noche, Rubinstein?
Los dormitorios se encontraban en la parte alta. A la izquierda sobre el recodo que da la escalera de madera, el dormitorio de mis tíos. A la derecha los dormitorios de mis primos. Entre medio un pasillo de madera. Sobre la pared, la cabeza de un alce. Yo dormía con mi primo Joaquín. Mi madre me había entregado como su bien más preciado “el libro” en un paquete. Recuerdo lo que ella me dijo cuanto me lo entregó: - No lo pierdas será tu compañero de andanzas y lo más preciado que te pueda acompañar en tu peregrinaje por la vida.
Esas frases me sonaron como un presagio, y temor, pero haciéndome de valor acepte el obsequio.

-Como final, ¿cuéntenos algo sobre la vida en “La Hacienda?
Un día apareció un forastero. Tío Esteban había ido a realizar unas diligencias al pueblo donde procedía. Necesitaba semillas de varios tipos para su plantío. Tía Mercedes, había pedido que comprase unas telas pues se avecinaba el cumpleaños de Mercedita mi prima de diez años y quería hacerle un vestido para esa ocasión. Lo acompañó en esa diligencia mi primo Joaquín, de ahí que quedamos solos ella y yo. La lluvia del día anterior todavía no había parado.
Es así, que me recluí en mi habitación, mientras Tía Mercedes estaba tejiendo sentada en una mecedora bajo el alero, mientras que parecía que el mundo se venía abajo por el aguacero.
En ese momento una ventisca se formó inesperadamente; un forastero con un nombre extraño y acento de otro lugar se presentó El caballo negro y grande, tan grande como el tamaño de un adulto de estatura normal, se presentó ante mi tía. Realizó un resoplido y se paró en dos patas frente al portal. De complexión grande, mirada que parecía penetrar el alma, con una cara de color cetrino pálido donde los pómulos sobresalían, vestido de negro, poncho negro y un sombrero de paja todo andrajoso del mismo color, así se presentó ante tía Mercedes y de un salto se apoyó sobre la baranda de la casa.
Con los ojos vidriosos y penetrantes miró a mi tía que casi se cayó de la mecedora donde estaba tejiendo un abrigo para su hijo menor. El tiempo pareció detenerse. El hombre de negro que se posaba sobre el terreno rojizo, girando su cabeza en busca de Mercedes. Los utensilios de tejer que ésta poseía cayendo al piso, mientras el codo de la mujer golpeaba el vaso de agua que se encontraba en la mesita.
El forastero que acomodaba el sombrero mientras el caballo tiraba una patada al aire y emitía un resoplido que perforaba el alma de de ella.
Doña Mercedes que trastabillaba mientras que con la otra mano se aferraba al pretil de su casa, sus ojos parecieron por un instante salirse de su órbita. Vaya uno a saber que saco entre su ropaje, el cual comenzó mostrárselo. Fue así que el forastero se detuvo frente a ella y dijo "Vendré por ti de noche".De un salto subió al caballo, que al sentir de nuevo el peso del mismo se paró en dos patas y con un relincho salió al galope.-Si te dejó, he hizo un ademán con las manos y de su boca salieron frases que nunca había llegado a escuchar, siento procedente de ella. Entró y me vio con “el libro”. Sonrió. Me asusté.
-Ya has de entender – dijo y se fue.
Estaba estupefacto, cuando del libro brota la voz de mi madre: -tranquilo hijo estas en buenas manos, sino fuese así, no estarías con tu tía Mercedes. Yo quedó mirando el libro que se había colocado a mi lado. En ese instante a lo lejos llegaba el sulky, el carro tirado por un caballo que a duras penas podía consigo mismo. Me dispuse a leer lo que mi madre había escrito.

-¿Qué sucedió con el forastero?
Hacía un momento que había parado de llover. El forastero no se había presentado, y yo no me animé a abrir “el libro”
La casa era de construcción rústica de dos plantas hecha de troncos y techo de paja. Al entrar un gran estar, muy amplio. A su derecha se encontraba la cocina. Frente a la puerta sobre la pared opuesta, una gran estufa de madera, que se acostumbraba a cocinar, poniendo un brasero. Al costado de la pared de la cocina del lado del estar, una gran escalera de madera rústica. Allí los dormitorios, el de nuestros tíos en la esquina derecha, en el medio el baño, y otro dormitorio siguiendo la línea del corredor. Al final de éste, el estudio de tío Esteban.
El corredor poseía una pasarela que cuando nos asomábamos, veíamos todo el estar, en el piso abajo.
-Cuidado, te va a jalar pa bajo el Ñancurutú. La voz sonaba grave.
El estar se componía principalmente por una gran mesa rectangular en el centro. Sobre la estufa de madera, se encontraban fotografías de nosotros. En la chimenea la cabeza de un gran jabalí cazado mucho tiempo atrás en una excursión de caza.
La casa se encontraba rodeada de árboles, que cubrían el frente y los laterales de la misma. Grandes ventanales poseía y teníamos luz natural desde temprano en la mañana hasta la tardecita, dada la ubicación respecto al sol.
-Cuando la luna llena, donde las Tres Marías, las estrellas del sur estén sobre el cenit.
Detrás un camino serpenteante que daba a la playa, que daba sobre el océano atlántico.
Disfrutábamos con mis primos, andando en bicicleta por los caminos de tierra que daban hacia los médanos de la playa.
-El Ñancurutú, te va a jalar pa bajo.
Nunca le hacíamos caso al folclore que representaba el Ñancurutú, pues jamás habíamos apreciado en nuestra corta vida a que se refería el Ñancurutú. La gente de la zona, aquella que vivían todo el año, muy anciana por cierto, tenían anécdotas escalofriantes que nos reíamos como si fuesen cosas de viejos lugareños. Esa noche de verano, la Tres Marías, las estrellas del sur, sobre el cenit se ubicaban.Yo dormía placidamente. En el dormitorio, de mi primo se encontraba.
Siento que me jalan, de la cintura para abajo y como si fuese una aspiradora me voy disgregando en medio de la noche
-Socorro.
Me despierto en medio de la noche junto a primos en la Hacienda. Sentado en la cama y una gota de transpiración por mi mejilla izquierda digo:
-El Ñancurutú.
Voy al cuarto de mis tíos Esteban y doña Mercedes, Estos no estaban. Sobre la pared, escritos en sangre: -Te dije que iba a venir.

-Ahora si que nos dejó intrigados, ¿cuéntenos más?
Desorientados estábamos los tres ¿qué pasó con los tíos? Mis primos y yo entramos en el despacho de tío Esteban. Todo estaba en orden, con excepción de “el libro” que se encontraba sobre el escritorio. Este se encontraba brillando, nos quedamos mirando los tres y optamos por abrirlo.
El despacho estaba conformado de madera, era oscuro ya que las cortinas que cubrían los ventanales que daban para el fondo, se hallaban cerradas. Nos acomodamos en unos sillones desvencijados y comenzamos la lectura.

Queridos hijos:
Si lo que voy a relatarles, ustedes lo leen es porque nos encontramos prisioneros. Querido sobrino, mi estimado Rubinstein, si logras destramar la trama de lo acontecido, será porque ya eres uno de los nuestros por tanto, tu tiempo en la hacienda a de finalizar. Si decides seguir adelante, te tengo que decir que te han de seguir tiempos tormentosos y difíciles.
Hijos míos, si optan seguir a Rubinstein por el peregrinaje que le depara, se les abrirá un mundo nuevo, lleno de fantasías y complejidades. Pero como todo en la vida, no exento de gratos momentos.
Los tildaran de locos, extraños, pero serán signados por el destino, el recorrer un camino que a muy pocos les han sido otorgados. Si optan deberán introducirse en la imagen del hormiguero que se encuentra a la izquierda. Se preguntarán como, sólo introdúzcanse. Es el mundo del Ñacurutú.
Los queremos
Tíos Esteban y Mercedes.

Nos quedamos estupefactos, el libro hablaba por si sólo con la voz de mis tíos. Nos miramos los tres, y tomados de la mano nos introducimos en la imagen, que cobraba vida a medida que nuestros cuerpos se introducían.

-Siga, siga, por favor Rubinstein
Mire Botija, se me hace tarde pero le diré esto. Nos quedamos estupefactos, el libro hablaba por si sólo con la voz de mis tíos. Nos miramos los tres, y tomados de la mano nos introducimos en la imagen, que cobraba vida a medida que nuestros cuerpos se introducían.
La habitación donde nos encontrábamos era el de un hotelucho de mala muerte, metida en el corazón de la gran metrópoli.
En la misma, sobre la pared opuesta a la puerta que da al pasillo, dos camas de una plaza. Sobre la pared lindera a ésta última, un gran ropero con un espejo, que lo que menos reflejaba era la imagen de uno. Al lado del ropero, una puerta de hierro oxidado se hallaba. Era el retrete.
La pared frontal a la del ropero, una pequeña terraza que daba a un callejón sin salida. Las paredes de la habitación lo que menos tenía era una mano de pintura.
Como llegamos hasta ese lugar, no lo recordamos. Sabemos que hace mucho. Sentíamos presencias a nuestro alrededor. Nos observaban.
Cuando nos cambiamos de ropa y nos miramos al espejo, nos vimos como eramos, con la ropa vieja de siempre y nuestra cara escuálida.
De repente todo se nos oscurecíió a nuestro alrededor, y en el espejo vimos una gran mansión con jardines a su alrededor, sol, un unos niños jugando y columpiándose.
Hay grandes árboles en los jardines, estatuas de ángeles en mármol y muchas fuentes.
Sentimos la risa de los mismos. Moríamos por reírnos como ellos, pero no podíamos por más que lo intentemos. Cuanto daríamos por hacerlo. En nuestra cabeza sentíamos un canto, que nos atraía como un imán.
Observabamos la imagen en el espejo, y los niños ahora estában alrededor de la gran alberca que se encuentra en la parte posterior de la mansión.
Una niña de unos 10 años, de tez morena como el azabache se hallababa cantando y dos jóvenes a su alrededor. Los niños, junto a ellos sobre la mesa de hierro, al costado de la gran alberca se encontraban.
No nos podíamos resistir, nos acercamos más a la imagen, y vemos el agua.
-Socorro. Nuestro cuerpo se desdibujo del hotel.
Mientras éste se desvanecía una voz llega desde la imagen “los tengo”.
Mi primo cae de bruces sobre la gran mesa de hierro, y los nosotros nos levantamos.
-Muchachos es hora de irnos, dejen a los tíos descansar en paz.
Lo último que recodamos, unos ojos de una joven de unos 10 años, dos muchachos de aproximada edad mirando desde el agua de la alberca y una mano que nos jalaba para el interior.
-Bueno, la muchacha dice. Ahora podremos estar tranquilos, los tíos retornaron. El Ñacurutú no tuvo suerte.

-¿Fue ahí que se fue de La Hacienda”?
Efectivamente Botija. Tío Esteban y tía Mercedes se encontraban desayunando temprano. – Gracias Rubinstein, - ella me dijo.
No fue sólo mío el mérito para llegar a donde vosotros estaban. También fueron de Joaquín y Merceditas. Fundamentalmente Merceditas que hizo el contacto de entrada. Joaquín me ayudo a extraerlos de donde se encontraban. Fue Merceditas quién con su canto hizo que se acercaran vosotros al espejo. El libro descansaba ya sobre mi regazo. Entendemos – nos dice tía Mercedes. Ustedes tres ya formáis la cofradía de los Magos de Villa Esperanza. Con esto, querido Rubinstein, has de seguir lo que te mande tu destino - tía Mercedes me dice. Nos sin antes darme el siguiente consejo: - Cuando cruces “Las Tres Marías” al oriente verás el caserío de Don Torcuato, no te detengas más que para pernoctar una noche. No es conveniente quedaros más de ese tiempo, luego podéis proseguir vuestro itinerario. Nuestro espíritu os acompañará. -Un guía los a de acompañar, mas adelante. Cuando se contacten ingresaran al mundo de "La Cofradía".
Así sin más me despedí de mis tíos con el corazón acarreando un peso que no sabía como sacarlo. Mis primos me siguieron en la nueva travesía juntos. Una valija era mi acompañante. En ella, mi libro.

Como siempre sus historias. Se nos fue el tiempo que teníamos previsto en demasía.
Gracias por venir Rubinstein. En otra ocasión lo invito para platicar sobre el mundo ese de las almas malditas. –Cuando guste, Botija. Se desvanece en el aire, dejando una aureola de bienestar, paz y amor.



Una audición de Radio Gurí
La emisora más oriental de los pagos rioplatenses.