Manuela

Era una delicia. Desde el primer momento nos compenetramos totalmente y nos comunicamos de forma sencilla, sin falsos pudores ni oscuros recovecos. Como si nos hubiéramos conocido de toda la vida. Me llamaba todos los días y me tentaba con su aroma. Ella, la llamaré Manuela, tenía diecisiete años, a punto de los dieciocho, casi un año más que cuando yo comencé a gozar, y tenía toda la osada imaginación de sus años, y una extraordinaria virtud: quería aprender, ser discípula y enterarse de todo. Se situaba en una dulce pasividad que la hacía más atrayente y que me sumió en una turbadora dedicación hacia aquella chiquilla encantadora.

-Dale botija, largá la petaca del whisky que quiero un trago también.