Un macho, meno

Soy un hombre muy hombre. Me gusta sentirme macho y hago ostentosidad de mi masculinidad siempre que puedo. Sí. De hecho, entré en el ejército con dieciséis años y lo dejé a los cuarenta, obligado por una lesión. Desde entonces, entreno cuanto puedo en un gimnasio cercano a mi casa y entreno a chicos en el noble deporte del boxeo. Puede decirse que soy un macho ibérico de los de toda la vida.
Estoy felizmente casado con una mujer que sabe perfectamente quién lleva los pantalones en casa y con dos hijos que también saben a qué atenerse cuando no se comportan como es debido. Por supuesto, tengo una amante, con la que me desfogo cuando mi mujer no me da lo que yo necesito. Porque el sexo solamente es sexo de verdad con otra, nunca con la propia. Eso lo aprendí de la vida, que me ha dado muchas bofetadas y sé bien esquivarlas o encajarlas, como más me convenga. En definitiva, soy un hombre bien hombre.
Pero, de vez en cuando, un par de veces al año, tres todo lo más, me convierto en mi otro yo. Cuando llega ese día, le cuento una milonga a mi mujer, me invento un congreso de balística o de artillería de corto alcance y me voy un fin de semana fuera de la ciudad. Hago un escueto equipaje y voy al trastero, donde guardo una caja cerrada con un candado. Mi mujer cree que guardo armas dentro de ella, pero en realidad, guardo una minifalda roja, un top negro, un liguero, unas medias, unos zapatos de tacón, una peluca y maquillaje.


Un macho, pero menos