El circo

Era tarde en la madrugada. No recuerdo la hora, si se que me desperté con el corazón latiendo muy fuerte. Parecía que éste fuere a salir de mi pecho. Recuerdo claramente mi living.
Siempre me apeteció descansar sobre uno de los sofás de tres cuerpos, bien mullidos que tenemos. –Querida, mira estoy flotando – atinaba decirle a mi señora. La vi levantarse del dormitorio al baño. Ella entró y cerró la puerta. Lo recuerdo hasta el día de hoy.

Me llamaba la atención el fenómeno de levitar ya que entre el dormitorio al living, existe unos buenos cuatro metros separados por un corredor. Luego no la vi más.
El sofá en que me encontraba levitando, se halla pegado a la pared que da al corredor por el cual entramos al departamento.
Pues bien, mirando hacia la salida me vi frente a al palco de un circo. Al fondo del mismo, payasos y trapecistas. La visión que tenía del lugar era desde la entrada de la carpa.
De golpe fui catapultado al centro de la escena, donde se encontraba la arena.
Me había convertido en una gran pelota. La gente aplaudía y se reía. De golpe se apagaron las luces, y la gente comenzó a retirarse. Yo, convertido en el balón seguía saltando de un lado a otro, ya cuando no había nadie en la arena.

De golpe la escena cambió.
Mirando desde la arena del circo, observaba mi dormitorio. Las luces extrañamente se hallaban prendidas en la arena del circo.
En forma de una pelota vi como una lagartija de gran tamaño y porte se metía debajo de la cama. Al segundo el balón fue hacia allí.
Veía dos figuras durmiendo. Observaba desde donde el balón se hallaba. Este flotaba entre la entrada del dormitorio y los pies de la cama matrimonial. Desde debajo de la cama, asomó una cara de asombro. Me descolocó, les aseguro eso.
Un girasol salía hacia fuera, por el piso del dormitorio. Su centro era la cara de un niño que pedía a súplicas que no lo matase. Sin embargo, de la pelota me convertí en lo que soy astralmente. Un gran guerrero samurai.
Le inserté una lanza en esa cara que era un poema de incredulidad. Al tiempo que esa lagartija con cara de girasol pasó a estar en primer plano. Una espada cercenó el cuerpo en dos, cortándole el corazón. Todo se dio al unísono. Todo se convirtió en oscuridad y me sentí sacudido.

-Querido, ¿qué te pasa? – escuché de lejos.
-Lucifer – atiné a decirle a mi querida esposa.
-¿De nuevo?
-Esta vez lo maté.

Rubinstein.

Deseo

Desnuda, recostada contra la cabecera de mi cama, contemplo el espejo de mi soledad mientras oigo avanzar uno tras otro los hermosos cuartetos de Beethoven. Entre almohadones bermellón y mullido azul marino, veo el cuerpo que soy, miro el cabello cubriéndome los hombros mojados por la luz de la mañana; observo la imagen en reposo de mi cuerpo; la extensión torneada de mis piernas, mi piel transpirando a goterones mi deseo. Por la ventana abierta, el calor seco y veraniego se filtra en susurros de la calle donde nadie transita el domingo en que te aguardo.

¡¡Nene..!!

Su imagen reflejada en el espejo fue como un orgasmo para sus ojos. Con esa peluca de rubios caireles, ese negro y escotado vestido y esos zapatos de tacón, en realidad le pareció que tenía frente a él a una mujer, a una hermosa mujer, tal vez la más hermosa que había visto en su vida, aún por arriba de su madre, esa cuarentona con aspecto e ideología de adolescente que conquistaba a cuanto hombre se le cruzaba en el camino. ¡Vaya que Javier estaba linda¡ Su delgada figura y sus facciones en extremo refinadas, cubiertas por ese sensual atuendo robado del clóset de Adriana, como en su poca educación y respeto hacia ella llamaba a su progenitora, habían sepultado la poca masculinidad que habitaba en él y, al menos por unos segundos, su sueño se cumplió. Al menos por un breve lapso, se pensó y fue una hembra de verdad.