Santa Clara de Olimar

Santa Clara, un pueblito metido entre colinas, arroyos y mesetas, por aquella época era uno de los tantos pueblitos campestres que formaban lo que comúnmente llamábamos “La comarca”. Mis mejores amigos eran: Santiago de diez años, Luisa de ocho, Lucía de doce y quien fuera mi primer amor, Juan. Santiago Valdez, era el hijo del zapatero, de hecho el único que el pueblo poseía por aquellos tiempos. Se decía que don Valdez vino de Cáliz y por su época se enamoro de una lugareña, media tonta y con ciertas costumbres. Luisa Márquez, era la hija del barbero. Este poseía el negocio frente a la Plaza, que los domingos auspiciaba de feria. En ese día en particular, venían personas de todos los rincones de la comarca. Don Márquez si era oriundo del lugar y se caso por la Santa Iglesia Apostólica y Romana con doña Inés de Salayola. Estos, últimos eran bien reconocidos como mercaderes.
Lucía Salayola vivía alejada del pueblo sobre “El infiernillo de Santa Clara de Olimar” cinco kilómetros al norte del pueblo. Eran personas muy conocidas y queridas. Su casa estaba sobre el montículo, que miraba hacia la rompiente. Luego por asuntos del destino pasó a ser mía, ya que más adelante de los hechos en cuestión, me casé con su hermano Germán. Por último, Juan Martínez. El cuarto hijo de un tercer matrimonio, cuando poseía ocho años apenas prendió fuego al granero de los hermanos Sotelo. Dos solterones, que por aquel período nunca se daban con nadie.


La finca.
Rodeado de colinas verdes, y césped sin cortar, el Palacio era un clásico de la Arquitectura del Siglo XVIII. La construcción del mismo, de mármol. Su fachada mostraba una brillante interpretación de los modelos italianos, adaptados al trabajo en ladrillo; se articulaban en tres pisos con el número de vanos creciente en altura. Toda la fachada estaba cubierta por las raíces de árboles añosos, como el tiempo mismo.


Lo que tuvo que suceder.
Decidieron quedarse a pernoctar, y todos juntos en un círculo se acomodaron a dormir. El miedo les calaba la médula ósea. Comenzaron a tener pesadillas, y en cada una de éstas, uno de ellos desaparecía. Se parecía a un juego, pero Lucia Salayola sabía que no lo era. Al principio, Santiago se desvaneció tras un gran espejo, le siguió Luisa quedando por últimos Lucía y Juan. Decidieron entrar al mismo, como quien traspasa una puerta. Se encontraron en un camino serpenteante, hacía abajo. En el fondo había un gran valle. Los macizos rocosos cubrían ambos lados, a derecha e izquierda. El fondo, estaba conformado por colinas y elevaciones de bajo nivel.
La superficie, estaba cubierta de lava. Del acantilado ubicado a la derecha brotaba una gran catarata, que emanaba lava sulfurosa.
A la derecha, las rocas no eran lo que parecían sino, que eran figuras cadavéricas, que gritaban –ayuda. Cada tanto caían del promontorio hacia la planicie, En el horizonte se notaba dos volcanes que emitían permanentemente lava y humo. El olor a azufre por todos lados. Una gran tormenta cubría el cielo rojizo. Un cielo cargado de nubes pesadas. La noche era iluminada por rayos que surcaban el cielo. El miedo calaba los huesos como si una neblina se apoderase de ellos.
Se veía una gran selva abajo. Era completamente oscura y tenebrosa. El agua caía como cataratas que no permitía ver ni medio metro. Un tronco de un viejo abedul cortaba el camino. La frondosidad del bosque era tal que a cada minuto debía desviar las hojas de los grandes árboles milenarios. La hija de los Henderson temblorosa, toda sucia por el barro, joven, no poseería más que 20 años, se encontraba acurrucada sobre el tronco de un gran ciprés.
El agua caía por su rostro enjuto. Las gotas golpeaban ese rostro pálido y languiducho sacando parte del barro de la cara. Se había tomado las rodillas con sus manos y tiritaba de un aparente frío, pero era más miedo que lo que a Lucía le parecía. –Fuera tu, el espectro de la hija de los Henderson le dijo y ella fue expulsada. Ninguno sobrevivió. Mis amigos cayeron en una gran olla hirviente, cubierta de cuerpos que se retorcían. Cada tanto desde las piedras, se asomaba algún que otro esqueleto. Por un lado un codo y se volvía a meter, por otro una cara en forma de esqueleto, con un rictus en la misma. Cuenta la historia que la única hija de los Henderson murió ahogada en la tina de baño en mano de su amante, el abuelo Sotelo. Dicho de paso Juan murió queriendo sacar a la hija de los Henderson exorcizando el lugar. Lucía falleció al ser expulsada tan violentamente.


Más adelante..
Como dije terminé casándome con Germán Salayola, amigo de quien fuera mi primer amor, Juan. Esta historia se la debía a él, quién infundió fuerza al grupo cuando los acontecimientos se precipitaron.
Ya anciana, en una noche de fantasía y misterio, se dio Hallowen. Decían que el miedo y el terror venían de la creencia de que los muertos regresaban en esa noche a visitarnos. Era la Noche de todos los Santos. El portal comenzaba a crujir, las telarañas de la puerta comenzaban a desprenderse, los muertos y los vivos se mezclarían al abrirse el mismo. Se practicaba la adivinación; hadas, brujas y duendes atormentaban a las personas en el campo y los Druidas demandaban contribuciones de comida. Cuando llegaban a una casa demandaban un niño o una virgen para sus sacrificios a Samhain (éste era el regalo), pues creían que sólo el fruto del cuerpo podía ofrecerse por los pecados del alma. A cambio de lo que recibían, dejaban una calabaza con ojos en la que encendían una vela hecha de grasa humana para evitar que los demonios mataran a los moradores esa noche. Cuando alguien no podía satisfacer la demanda de los druidas, le hacían la "travesura" y le pintaban un símbolo en el frente de la casa y aquella noche los demonios mataban a alguien en aquella casa. En un de éstas eso no se dio. Al día siguiente del hecho en cuestión, el diario local, en primera plana y en letras grandes escribió:

Confunden a una mujer ahorcada en un árbol con un adorno de Halloween