La visita

7 de febrero.

Querido libro:

Quiero comentarte lo que me pasó anoche, sólo que te suplico que no me interrumpas mucho, pues se que tienes un humor sarcástico cuando te propones. –Bueno, pero que sea apetitoso.

¿Has escuchado alguna vez sobre la muerte negra? – No, ¿hoy vas a escribir sobre ello?

Se podría decir que si. –Interesante, permite que me estire y coloque una buena resma de hojas A4. Observo el libro y veo curvarse sus tapas duras de cuero viejo, mientras un olor de viejo sale de entre sus hojas cuando éste las abre de un estirón de espalda.

Estaba cenando con mi querida esposa junto a mí, cuando escucho el ladrido del retribier dorado que alguna vez fue dueña mi señora. “Mira querida volvió Toby”.

Yo lo veía refregarse en los tobillos de mi señora, mientras movía su cola de un lado a otro. Escuché un “grrr” pero no hice caso, aunque observe para el corredor de la casa, por si había presencias del inframundo. Me equivoque. “Toby querido ¿como estás”, mi señora decía. El perro se le refregó por su entrepierna. “Siempre helado, te fuiste a bañar a la playa”, ella dijo.

Yo de repente siento que se me pone a mis pies y un frío de muerte llega por mis pantorrillas. Digo a mi señora “Querida, no es Toby, es la muerte negra de nuevo”. Veo a mi señora que cambia de color y se torna un tanto pálida. En eso lo corto en dos con mi espada láser. Una bola de un color negro se desvanece por toda el área, y busca una nueva forma.

“Habla con El Señor, entretanto he de dialogar con ella”, le digo a ella. Mi señora asiente con la cabeza, y yo me reacomodo en el sofá del living, muy mullido y muy cómodo.

¿Tienes algo que decir libro? – No. Es que te conozco y se como que cuando abres las hojas para escribirte, se que tienes un rictus cuando algo te da miedo. -¿Qué vistes en mi? Nada libro, sólo que la parte izquierda de la hoja, abajo, se mueve como tiritando de miedo. – Yo no tengo miedo. Déjala ahí que sigo el resto del relato. –Bien.

Que deseas de mi “Muertecita”. Un fino viento helado se acomoda en mis pies hasta la altura de las rodillas, como si Toby, se hubiese acomodado para dormir.

-Te quiero a ti, la muerte negra me dice. No te pertenezco “Muertecita”, soy alma del Señor, pertenezco al Reino de los Cielos. –Se, pero te necesito. Si vienes en carácter de visita, hablemos, no me has de volver a hacer pasar lo de ayer (en referencia a la lucha que tuve con ella, la noche anterior).

¿Por qué me quieres a mí? – Jajaja, vamos a volver a pasar lo de anoche. No “Muertecita”, simplemente quiero saber que deseas de mi. –Que vengas a mi lado. A entonces deseas platicar, como de entre amigos, ¿nó? -Efectivamente. Como te dije “Muertecita” no soy alma de ti, pertenezco al Señor. –Ya lo se, pero te estado observando, y he visto como te desempeñas como Embajador y político. Bueno, si no me agredís, yo tampoco y así platicamos. Entonces, ¿necesitas de mi función como político? – Se puede decir que si, ya que necesito el niño. Ese niño, al que te refieres que vive en al apartamento de arriba, es alma del señor, el resto son almas de Lucifer.

-Rubinstein, escucha. He sido invocado, y si no puedo llevarme tu alma, alguien debo llevar. “Muertecita”, entendí. Sólo te digo que con esa almita te va a pasar lo mismo que conmigo. La llevaras, pero el Señor te la va a sacar. Déjame pensar. Mira, te gusta ese pequeño sarcófago que te diseñé en el astral. –Si, soy todo oídos. Bueno, se que alguien debes llevar, mira creo el cuerpo del niño del apartamento de arriba. ¿Lo ves?

Un niño con su mortaja yacía dentro del ataúd. –Bueno con el me basta. Nos estamos viendo Rubinstein.

Muertecita, estaba pensando. Esta se detiene y me mira. Con esa alma hoy te sales con la tuya, pero de nada te sirve ya que esa alma al igual que la mía es del Señor. -¿Si..?

El, no te va a dejar llevártela. Pienso, eso te ah de pasar con todas las almas que son del Señor. ¿Verdad? La muerte deja en el piso el cadáver del niño creado en el astral y me mira extrañada.

No prefieres ya que te invocan, esas que lo hacen son cuatro almas adultas tuyas. ¿Por qué no te la llevas y dejas de jugar a que me llevas y me escabullo? Me mira atentamente y me dice: ¿Me caes simpático Rubinstein, tienes humor negro y sarcástico, como cuando la primera vez que me querías meter en la lámpara como si fuera Aladino. ¿Te parece “Muertecita”? –Claro, lo que me gustó es cuando me recosté en el sarcófago con ese cadáver putrefacto y lleno de gusanos. ¿Te acuerdas cuando sacaste ese humero lleno de sangre coagulada y me lo ofreciste? Claro. –Bueno Rubinstein, si fueses mío seríamos amigos. Pero me tengo que ir, hasta otro momento. Ha sido un placer esta plática.

No diría igualmente la mismo “Muertecita”, pero si no aparecieras por aquí me alegraría más. –Jajaja. Se desvanece como vino.

Rubinstein