Mi historia - La hacienda

18 de enero de 2005

La hacienda

Recuerdo el primer día que pase con tía Mercedes y tío Esteban en la Hacienda. Para que tengan una idea, el casco de la misma se situaba sobre la punta de una colina. Al oriente daba un pequeño arrollo cubierto de espesa vegetación. Al occidente se extendía un valle cubierto de árboles autóctonos. Al norte, había un barranco, a cuyo lado una catarata golpeaba sobre el fondo de piedra formando una playa pequeña. Al sur, a lo lejos se apreciaba las luces de la ciudad de donde provenía, pero era más un resplandor que otra cosa. Sólo se apreciaba a buena vista si el cielo nocturno se apreciaba claro.

Mi madre me había entregado como su bien más preciado “el libro” en un paquete. Recuerdo lo que ella me dijo cuanto me lo entregó: - No lo pierdas será tu compañero de andanzas y lo más preciado que te pueda acompañar en tu peregrinaje por la vida.

Esas frases me sonaron como un presagio, y temor, pero haciéndome de valor acepte el obsequio. Nunca más vi a mi madre. La cabaña era de dos pisos. En la parte inferior, se encontraba el comedor, que auspiciaba de receptáculo para las visitas, que venían por los servicios que ofrecía mi tía Mercedes y tío Esteban. Luego os contaré de qué trataba.

Quiero contarle como fue mi primera noche en la Hacienda. Los dormitorios se encontraban en la parte alta. A la izquierda sobre el recodo que da la escalera de madera, el dormitorio de mis tíos. A la derecha los dormitorios de mis primos. Entre medio un pasillo de madera. Sobre la pared, la cabeza de un alce. Yo dormía con mi primo Joaquín.

Esa noche, abrí por vez primera la caja que contenía “el libro”. Este saltó de su lugar y se disparo para un rincón del dormitorio. Me miraba, y cuando quería tomarlo se me escurría de los dedos. Me fui a cenar. Había un cordero al horno con papas y boniatos.

A las horas cuando me fui a acostar el libro estaba sobre mi mesita de luz, y acaricié por vez primera la tapa de cuero bellamente adornada con letras en relieve. Pareciera que me reconoció como su familia y se dejo mimar. No me animaba a abrirlo por temor a lo que me encontrase en él. Cuando mi primo Joaquín, llegó para dormir, éste, el libro se desapreció de la vista. –Extraño, pensé.

Esa noche soñé por vez primera con mi mamá y lloré. Tuve una pesadilla.

Discúlpenme, me entristecí al recordar a mi madre. En otra ocasión, seguiré. Estoy un tanto triste.

Rubinstein