Mi historia - La hacienda - Una día especial

De madrugada

Hacía un momento que había parado de llover. El forastero no se había presentado, y yo no me animé a abrir “el libro”

La casa era de construcción rústica de dos plantas hecha de troncos y techo de paja. Al entrar un gran estar, muy amplio. A su derecha se encontraba la cocina. Frente a la puerta sobre la pared opuesta, una gran estufa de madera, que se acostumbraba a cocinar, poniendo un brasero. Al costado de la pared de la cocina del lado del estar, una gran escalera de madera rústica. Allí los dormitorios, el de nuestros tíos en la esquina derecha, en el medio el baño, y otro dormitorio siguiendo la línea del corredor. Al final de éste, el estudio de tío Esteban.

El corredor poseía una pasarela que cuando nos asomábamos, veíamos todo el estar, en el piso abajo.

-Cuidado, te va a jalar pa bajo el Ñancurutú. La voz sonaba grave.

El estar se componía principalmente por una gran mesa rectangular en el centro. Sobre la estufa de madera, se encontraban fotografías de nosotros. En la chimenea la cabeza de un gran jabalí cazado mucho tiempo atrás en una excursión de caza.

La casa se encontraba rodeada de árboles, que cubrían el frente y los laterales de la misma. Grandes ventanales poseía y teníamos luz natural desde temprano en la mañana hasta la tardecita, dada la ubicación respecto al sol.

-Cuando la luna llena, donde las Tres Marías, las estrellas del sur estén sobre el cenit.

Detrás un camino serpenteante que daba a la playa, que daba sobre el océano atlántico.

Disfrutábamos con mis primos, andando en bicicleta por los caminos de tierra que daban hacia los médanos de la playa.

-El Ñancurutú, te va a jalar pa bajo.

Nunca le hacíamos caso al folclore que representaba el Ñancurutú, pues jamás habíamos apreciado en nuestra corta vida a que se refería el Ñancurutú. La gente de la zona, aquella que vivían todo el año, muy anciana por cierto, tenían anécdotas escalofriantes que nos reíamos como si fuesen cosas de viejos lugareños.

Esa noche de verano, la Tres Marías, las estrellas del sur, sobre el cenit se ubicaban.

Yo dormía placidamente. En el dormitorio, de mi primo se encontraba.

Siento que me jalan, de la cintura para abajo y como si fuese una aspiradora me voy disgregando en medio de la noche

-Socorro.

Me despierto en medio de la noche junto a primos en la Hacienda. Sentado en la cama y una gota de transpiración por mi mejilla izquierda digo:

-El Ñancurutú.

Voy al cuarto de mis tíos Esteban y doña Mercedes, Estos no estaban. Sobre la pared, escritos en sangre: -Te dije que iba a venir.


De tarde

Desorientados estábamos los tres ¿qué pasó con los tíos? Mis primos y yo entramos en el despacho de tío Esteban. Todo estaba en orden, con excepción de “el libro” que se encontraba sobre el escritorio. Este se encontraba brillando, nos quedamos mirando los tres y optamos por abrirlo.

El despacho estaba conformado de madera, era oscuro ya que las cortinas que cubrían los ventanales que daban para el fondo, se hallaban cerradas. Nos acomodamos en unos sillones desvencijados y comenzamos la lectura.

Queridos hijos:

Si lo que voy a relatarles, ustedes lo leen es porque nos encontramos prisioneros. Querido sobrino, mi estimado Rubinstein, si logras destramar la trama de lo acontecido, será porque ya eres uno de los nuestros por tanto, tu tiempo en la hacienda a de finalizar. Si decides seguir adelante, te tengo que decir que te han de seguir tiempos tormentosos y difíciles.

Hijos míos, si optan seguir a Rubinstein por el peregrinaje que le depara, se les abrirá un mundo nuevo, lleno de fantasías y complejidades. Pero como todo en la vida, no exento de gratos momentos.

Los tildaran de locos, extraños, pero serán signados por el destino, el recorrer un camino que a muy pocos les han sido otorgados. Si optan deberán introducirse en la imagen del hormiguero que se encuentra a la izquierda. Se preguntarán como, sólo introdúzcanse. Es el mundo del Ñacurutú.

Los queremos

Tíos Esteban y Mercedes.

Nos quedamos estupefactos, el libro hablaba por si sólo con la voz de mis tíos. Nos miramos los tres, y tomados de la mano nos introducimos en la imagen, que cobraba vida a medida que nuestros cuerpos se introducían.



De noche.

Nos quedamos estupefactos, el libro hablaba por si sólo con la voz de mis tíos. Nos miramos los tres, y tomados de la mano nos introducimos en la imagen, que cobraba vida a medida que nuestros cuerpos se introducían

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La habitación donde nos encontrábamos era el de un hotelucho de mala muerte, metida en el corazón de la gran metrópoli.

En la misma, sobre la pared opuesta a la puerta que da al pasillo, dos camas de una plaza. Sobre la pared lindera a ésta última, un gran ropero con un espejo, que lo que menos reflejaba era la imagen de uno. Al lado del ropero, una puerta de hierro oxidado se hallaba. Era el retrete.

La pared frontal a la del ropero, una pequeña terraza que daba a un callejón sin salida. Las paredes de la habitación lo que menos tenía era una mano de pintura.

Como llegamos hasta ese lugar, no lo recordamos. Sabemos que hace mucho. Sentimos presencias a nuestro alrededor. Nos observan.

Cuando nos cambiamos de ropa y nos miramos al espejo, nos vemos como somos, con la ropa vieja de siempre y nuestra cara escuálida.

De repente todo se nos oscurece a nuestro alrededor, y en el espejo vemos una gran mansión con jardines a su alrededor, sol, un unos niños jugando y columpiándose.

Hay grandes árboles en los jardines, estatuas de ángeles en mármol y muchas fuentes.

Sentimos la risa de los mismos. Morimos por reírnos como ellos, pero no podemos por más que lo intentemos. Cuanto daríamos por hacerlo. En nuestra cabeza sentimos un canto, que nos atrae como un imán.

Observamos la imagen en el espejo, y los niños ahora están alrededor de la gran alberca que se encuentra en la parte posterior de la mansión.

Una niña de unos 10 años, de tez morena como el azabache se hallaba cantando y dos jóvenes a su alrededor. Los niños, junto a ellos sobre la mesa de hierro, al costado de la gran alberca se hallaban

No nos podemos resistir, nos acercamos más a la imagen, y vemos el agua.

-Socorro. Nuestro cuerpo se desdibuja del hotel.

Mientras éste se desvanecía una voz llega desde la imagen “lo tengo”.

Mi primo cae de bruces sobre la gran mesa de hierro, y los nosotros nos levantamos.

-Muchachos es hora de irnos, dejen a los tíos descansar en paz.

Lo último que recodamos, unos ojos de una joven de unos 10 años, dos muchachos de aproximada edad mirando desde el agua de la alberca y una mano que nos jalaba para el interior.

-Bueno, la muchacha dice. Ahora podremos estar tranquilos, los tíos retornaron. El Ñacurutú no tuvo suerte.


En la Hacienda

Tío Esteban y tía Mercedes se encontraban desayunando temprano. – Gracias Rubinstein, - ella dice.

No fue sólo mío el mérito para llegar a donde vosotros estaban. También fueron de Joaquín y Merceditas. Fundamentalmente Merceditas que hizo el contacto de entrada. Joaquín me ayudo a extraerlos de donde se encontraban. Fue Merceditas quién con su canto hizo que se acercaran vosotros al espejo. El libro descansaba ya sobre mi regazo.

Entendemos – nos dice tía Mercedes. Ustedes tres ya formáis la cofradía de los Magos de Villa Esperanza. Con esto, querido Rubinstein, has de seguir lo que te mande tu destino - tía Mercedes me dice. Nos sin antes darme el siguiente consejo: - Cuando cruces “Las Tres Marías” al oriente verás el caserío de Don Torcuato, no te detengas más que para pernoctar una noche. No es conveniente quedaros más de ese tiempo, luego podéis proseguir vuestro itinerario. Nuestro espíritu os acompañará.

Así sin más me despedí de mis primos y tíos con el corazón acarreando un peso que no sabía como sacarlo. Una valija era mi acompañante. En ella, mi libro.

Continuará…..

Rubinstein