Mi historia - La hacienda - La primera noche

La primera noche tuve una pesadilla, en la nueva casa sita en la Hacienda. Joaquín dormía profundamente. ¡¡Como roncaba el cristiano!! Sentía la voz de mi madre y parecía que el libro me susurraba cosas –tranquilo hijo, tranquilo decía.

Era un aborigen que iba siguiendo la línea de la costa a una distancia de medio km océano adentro. Su hogar Aotearoa, "la tierra de la larga nube blanca". Con un área de 236,6 km2, se trata de un archipiélago situado en el Pacífico Sur, 2.700 km compuesto por unas quince islas extendidas sobre una superficie marina de 2 millones de km2.

En su pequeña embarcación a remo, traía de vuelta lo que había ido a buscar, al nordeste de Aotearoa.

Dejando al sur la Isla Menor del Archipiélago a unos 2 km, cuyas formas varían desde cónicas típicas hasta mesetas y crestas alongadas, una gran gruta oculta se encontraba.

La gruta sólo el aborigen la conocía. En su nombre era la denominada “Garganta del Diablo” dado el ruido que hacía Tangaroa el dios del mar cuando estaba enojado. Era el momento de Rona su hija, moviendo el cubo, hacía llover, así controlaba la marea. Era su hogar, el lugar de “Los ojos que miran al cielo”, en clara referencia al volcán interior, el mundo de Maui. La gran cueva, era hogar de Papa, la diosa Tierra y Tangaroa, el dios del mar. Lugar de encuentros amorosos entre ambos. Era el lugar, por la cual la pequeña embarcación debía ingresar esta formada por estalactitas y estalagmitas de un tinte rosáceo-púrpura. Era una gran bóveda, cubierta casi por entera de agua cristalina azul-rojiza. Allí se hacía sentir el sonido del agua golpeando contra sus cavidades, era el ronroneo de Tangaroa cuando se ponía melodioso con su esposa Papa. Poseía una pequeña playa de unos 5 metros por tres de arena. En los tiempos que no había luna y el agua se retiraba, se apreciaba prácticamente oculto un pequeño conducto, hacía paso a una ensenada interior. Era la garganta de Papa, engullendo al aborigen que osaba ingresar a sus dominios.

Yo sólo sabía cuando era correcto ingresar a la misma. En dicha ensenada, un paraíso terrenal se presentaba. Era el mundo de Tane, el dios del bosque, hijo de la unión de Rangi y Papa. Era el mundo de Rangi, el dios cielo y Papa, la diosa Tierra. Por el lado Nororiental una cascada de 20 metros de agua, caía sobre el gran lago, era el cubo de agua que vertía Rona, la hija de Tangaroa. Sobre la parte Sur de ésta, Maui con su boca expulsando fuego y lava se veía. En el centro una gran selva tropical y una gran playa de arena blanca, en forma de media luna. Abarcaba medio km de extensión. Este era el mundo de Papa, la madre tierra.

Por ello, el aborigen traía las ofrendas para apaciguar el corazón del Mauí, el volcán.

La salida de la cueva, la boca de Papa, tapada por la corriente de agua procedente de la cascada, transportaba a quién quisiese llegar allí a un mundo mágico.

Era una civilización oculta, que salvo el aborigen sabía como salir de ella. Este era tan respetado y temido que hasta el jefe de los aborígenes pavor y reverencia le propinaba.

Cuando llegué a la playa donde habitaba mi tribu, tomé las ofrendas traídas del nordeste de Aotearoa y me encaminé por un sendero boscoso, propiedad de Tane. Los niños aborígenes que jugaban en el agua tirándose desde un pequeño acantilado al costado occidental de la playa, al verme me saludaron con respeto. Seguí adentro. Tan adentro en el bosque que llegó al corazón de Tane. Subí la ladera occidental, y volqué la ofrenda a los pies de Mauí, a pesar que Tawhiri que estaba muy enojado con su hermano, Tane por haber separado a sus padres, causó tormentas y huracanes.

Me despierto traspirado y con el corazón latiendo desbocado. Esa noche llovía a cantaros, una tormenta eléctrica se había desatado. Miro la mesa de luz, que era de madera oscura, y sobre ella “El libro” brillaba con una luz amarillenta. –No puede ser, dije y me volví a dormir, no sin sobresaltos.

Rubinstein