Mi historia - La hacienda - El forastero

Nadie sabía del libro, al menos suponía. Tío Esteban había ido a realizar unas diligencias al pueblo donde procedía. Necesitaba semillas de varios tipos para su plantío. Tía Mercedes, había pedido que comprase unas telas pues se avecinaba el cumpleaños de Mercedita mi prima de diez años y quería hacerle un vestido para esa ocasión. Lo acompañó en esa diligencia mi primo Joaquín, de ahí que quedamos solos ella y yo. La lluvia del día anterior todavía no había parado.

Es así, que me recluí en mi habitación, mientras Tía Mercedes estaba tejiendo sentada en una mecedora bajo el alero, mientras que parecía que el mundo se venía abajo por el aguacero.

En ese momento una ventisca se formó inesperadamente; un forastero con un nombre extraño y acento de otro lugar se presentó El caballo negro y grande, tan grande como el tamaño de un adulto de estatura normal, se presentó ante mi tía. Realizó un resoplido y se paró en dos patas frente al portal. De complexión grande, mirada que parecía penetrar el alma, con una cara de color cetrino pálido donde los pómulos sobresalían, vestido de negro, poncho negro y un sombrero de paja todo andrajoso del mismo color, así se presentó ante tía Mercedes y de un salto se apoyó sobre la baranda de la casa.
Con los ojos vidriosos y penetrantes miró a mi tía que casi se cayó de la mecedora donde estaba tejiendo un abrigo para su hijo menor. El tiempo pareció detenerse. El hombre de negro que se posaba sobre el terreno rojizo, girando su cabeza en busca de Mercedes. Los utensilios de tejer que ésta poseía cayendo al piso, mientras el codo de la mujer golpeaba el vaso de agua que se encontraba en la mesita.
El forastero que acomodaba el sombrero mientras el caballo tiraba una patada al aire y emitía un resoplido que perforaba el alma de de ella.
Doña Mercedes que trastabillaba mientras que con la otra mano se aferraba al pretil de su casa, sus ojos parecieron por un instante salirse de su órbita. Vaya uno a saber que saco entre su ropaje, el cual comenzó mostrárselo. Fue así que el forastero se detuvo frente a ella y dijo "Vendré por ti de noche".
De un salto subió al caballo, que al sentir de nuevo el peso del mismo se paró en dos patas y con un relincho salió al galope.
-Si te dejó, he hizo un ademán con las manos y de su boca salieron frases que nunca había llegado a escuchar, siento procedente de ella. Entró y me vio con “el libro”. Sonrió. Me asusté.

-Ya has de entender – dijo y se fue.

Estaba estupefacto, cuando del libro brota la voz de mi madre: -tranquilo hijo estas en buenas manos, sino fuese así, no estarías con tu tía Mercedes. Yo quedó mirando el libro que se había colocado a mi lado.

En ese instante a lo lejos llegaba el sulky, el carro tirado por un caballo que a duras penas podía consigo mismo. Me dispuse a leer lo que mi madre había escrito.

Rubinstein