Insectolandia - La Urbe

Para los que no recuerdan o hayan leído. Ver Insectolandia.

En la versión anterior te contaba cuando hice una incursión por el reino de los insectoides, ¿recuerdas? –Si recuerdo que te referías a la parte roja del cuarto planeta ese tan mentado rojo verdoso. Ese mismo, tienes memoria libro, no eres tan tontito cuando quieres. Te comenté que lo realicé como Embajador terráqueo y lo que vi cuando arribe hasta llegar a la muralla de Insectolandia. –Si recuerdo, quedaste en donde la chinches del tamaño de un niño de doce años se alimentaban de los jugos de los humanos del otro lado del planeta; la zona verde. Es más estabas sobre una colina. Efectivamente me hallaba sobre la colina que daba a “La gran muralla” que bordeaba Insectolandia con su castillo sobre una loma. Bueno cuando arribe a los portones, 2 hormigas soldado del tamaño mío, y mira que a pesar de ser un hombre delgaducho de mediana edad con cierto inicio de canas tengo mi estatura; cuando observaron la acreditación de Embajador plenipotenciario me abrieron pase a la ciudad. Bueno, iba acompañado por el edecán de su alteza real “La gran mantis real” un insectoide moscoide que me llegaba a duras penas hasta mis hombros. –Sigue soy todo hojas blancas, te refieres al contenido de ese libro que publicaste, ¿cómo se llamaba? “Insectolandia”. –Ahh.. Sigue.

Pues ahí aprecié la muralla, estaba formada de un sinnúmero de palos atravesados unos sobre otros de 3 metros de espesor. Sobre la cima, hormigas soldados caminaban con sus armas a cuestas. Antes de entrar me di vuelta para apreciar la vista, y sobre las colinas había algo parecido a heno, ¿has visto cuando los montaraces hacen bultos de heno en el campo? –Si.

Parecía eso, pero de ellos salían diferentes especies de insectos, según el tamaño y la forma. Para ilustrarte libro. Por ejemplo, los escarabajos poseedores de brazos delanteros muy duros y posteriores membranosos salían de algo ¿cómo decir?: pupa. Son seres que ponen los huevos cerca del alimento de las futuras larvas o incluso dentro de él. Esos montones de heno para estos casos eran las pupas, un estado en que el escarabajo se convierte en adulto. Pero no me quiero detener en como se reproducen éstos seres del tamaño de un niño de 12 años. Quiero contarte lo que vi en la ciudad.

–Bueno, pongo más hojas pues veo que te estas quedando corto de ellas y de tinta. La ciudad era una maraña de estrechos pasadillos y puentes. Estos últimos no eran para cruzar un río, sino para evitar otro pasillo debajo de éste. Los mismos no se cruzaban como las calles en cualquier ciudad terráquea. Sino oblicuos, para abajo y los costados. Sobre las paredes de los pasillos habían lo que parecían casas, pero de distintos formatos y variedad. –Sigue, que me entusiasmé. Bueno querido libro te sigo el relato.

Cada tipo de insecto vive en lo que sería un barrio bien diferenciado, el de las abejas, si se puede decir que fuese una abeja vivían en una especie de colmenar. Entre ellos se le denomina precisamente así: “el barrio colmenar”. No me preguntes donde se encuentra ya que sólo seguía al edecán de su majestad insectoide. Claro que miraba de reojo lo que acontecía a mí alrededor. –Vaya viaje que te mandaste, Rubinstein. Viste querido libro que reposas sobre mi mesita de luz. Existe mucha penumbra dado el hacinamiento existente entre las distintas subespecies que allí habitan. Te comentaré que por zonas debía a veces agacharme ya que colgaban sobre mi cabeza, eso que te comenté antes, lo que denominé bultos de heno. Así estaba el barrio de las langostas, grillos y símiles; el barrio de las hormigas. Las especie de las langostas poseían el tamaño de un adulto mayor y diría que más por lo menos la mitad de uno bien fornido. –Y ¿qué pasó? Rubinstein. Querido libro, había un olor fétido a podredumbre por ciertas zonas, había insectos vendiendo y comiendo entre corredores. -¿Qué comían? Otros tipos de insectos por no decir humanos. Se entre mezclaban entre si y chocaban a su paso. –Dime Rubinstein, ¿Qué pasó con el Palacio Real? Ahh, te encuentras interesado libraco. –Si.

Anteriormente te había comentado las altas murallas de lo que pareciera ser madera, el castillo Real de su majestad se extendían por casi 2.5 kilómetros, Los curvados bastiones de las inmensas murallas eran interrumpidos por impresionantes puertas. Me recibieron con honores de un jefe de estado ya que había logrado la paz entre ellos y los humanos que habitaban una porción pequeña verde del planeta. El cuarto planeta de la constelación de Escorpio. –Si ya se. Eso de las estrellas dobles. Efectivamente. En medio de la alegría de ese pueblo por finalizar una guerra que duró 5 siglos por el rapto de una princesa insectoide me dan de comer un plato rebosante de algo que parecía vivo. Estaba rebosante de larvas de insectos variados, entre una salsa semidulzona. –Ya, ¿Las comiste? Si. -¿No te dio asco? Y si me dio no debía aparentar por las relaciones recién forjadas de amistad y negocios. –Claro.

Uno de los platos era un cerebro humano chorreando en una salsa roja. Cuando la probé note que era sangre humana. –Huuy. Si, libro y vieras como me observaban. Ahí me di cuenta que habían humanos como plato del día. -¿Qué hiciste, Rubinstein? Obligue que entregaran el alma del cristiano. Me presentaron un hombre vestido con ropaje de los guerreros libranos. Al principio no lo noté, por la cantidad de avispas que rodeaban el cuerpo. Luego al hacer despejar éstas, por decir de alguna manera la especie de insecto. Me di cuenta de un cuerpo parcialmente comido. -¿Qué hiciste? Lo tome a la fuerza y me retire a mis aposentos en el palacio donde oficio de Embajador. Es un palacio estilo Luis XV. –En la Tierra… Si salí evaporándome con él a cuestas. Luego hubo que arreglar ese problema con mi superior. Ya que se quedaron los insectoides muy molestos.

Mi cuerpo físico se halla cansado, me esta reclamando que venga de apuro ya que necesito descansar. Así que dejo por hoy el relato, del mundo insectoide en el cuarto planeta de la constelación de Escorpio. Si puedo, te comentaré más adelante lo que hice para recuperar el alma de ese hombre. Sólo te diré que resultó ser esposo de la Princesa Estrella de los humanos libranos.

Rubinstein