Un caso de exorcismo

Era una caverna grande, amplia y abierta. En el centro se hallaba el podio, dos escalones le precedían. Una bóveda abierta era lo que más se asemejaba a lo que veía. La imagen enfocaba la escena desde arriba y lateral izquierdo. El trono se hallaba vacío. Por momento la imagen comenzó a virar lentamente de izquierda a derecha, de arriba hacia abajo, en un planeo lento. Giraba tratando de visualizar el trono de frente.
Al principio pareció que lo había logrado. Pero esa imagen visual de movimiento, se logro mantener fugazmente.
Algo me atraía a él. No era la forma, pues ésta estaba bien definida. El ser de la oscuridad, ocupaba su lugar como diciendo “el que mando soy yo”. Pero detrás de él, tres seres, igual de malignos lo antecedían. Normalmente “ellos” se hallaban de pie, cuando el ser de la oscuridad gobernaba.
Ello no fue lo que me llamó la atención. El trono se hallaba vacío, Los “seres" que normalmente lo precedían no se hallaban. ¿Qué me llamaba la atención pues?

Se produjo un cambio de imagen, y se comenzó por fin a ver de cerca el trono, y el suelo.
La imagen comenzó a girar lentamente alrededor de él. Los detalles del suelo como de la bóveda, se comenzaron a notar más nítidos. El suelo poseía movimiento, ondulaciones, por momentos se formaban como figuras humanas que se movían al son de una música infernal. Por momentos apreciaba el relieve del trono. Formas de calaveras, húmeros y caras desvirtuadas por el dolor y el sufrimiento, conformaban el asiento del mismo.
La caverna era pequeña. Las paredes de la misma, poseían relieve de figuras que se movían al son de una música infernal. Cada tanto un humero salía de las paredes por ahí, un pedazo de un hueso de la cara por allá. Todos mostraban el desgaste y el dolor. El sufrimiento era patente.

Un cambio de imágenes.
Flotando me acerqué a una de las paredes de la bóveda. Al hacer contacto con la superficie, esta se abrió permitiendo entrar a trabes de ella. Cuando tome conciencia del acercamiento, aprecie que la rugosidad de las paredes, eran consecuencias de las almas que penaban. Estas estaban conformadas por huesos partidos, con pedazos de carne putrefactos, y jirones de algo que parecía tela. Más tarde recapitulando lo que había vivido, tome conciencia que esa “tela” era piel adherida a pedazos de carne.

Otro cambio de imágenes.
La caverna se tornó más pequeña. Las paredes de la misma tocaban mi cuerpo astral. Manos con pedazos de piel y jirones de carne putrefacta me quería jalar para dentro. De golpe, una luz blanca se apoderó de todo mi cuerpo astral. Se limpio el espacio circundante. Buscaba. ¿Qué buscaba?
-El trono –pensé.

Se produjo de nuevo un cambio en las imágenes.
Ahora el trono lo veía de cerca. Pero desde atrás. Flotaba sobre ese suelo, que me quería jalar para dentro. Una cara cadavérica sale por momentos del respaldar de Lucifer. Pedazos de húmeros y huesos partidos formaban un relieve al son de una música que no comprendía su significado.

Un cambio de imágenes.
La cara me absorbió dentro de su interior. En él, colgaba de grilletes lo que parecía ser un cura. Un aura blanca y encandilante cubría mi cuerpo astral, mi alma. Cuando mi visión astral se hizo más nítida, aprecié en lo que sería el cuello del cura, jirones de una vieja sotana. De las cuencas de los ojos del cristiano, salían lo que parecía ser arañas e insectos rastreros. El cuerpo, o lo que quedaba de él, estaba como adherido a dicha superficie rugosa y siempre con vida.

Una vida de sufrimiento y dolor. Vida igual. De un saco extraje un polvo que se encontraba entre mi ropaje de guerrero.
Lo esparcí sobre la cara del cristiano. Las paredes que lo mantenían prisionero comenzaron a resquebrajarse y de un tirón su cuerpo carcomido por el sufrimiento fue expulsado violentamente sobre mi espalda, transportándolo a “La Clínica”.

Un cambio de imágenes. La Recepción de la Clínica. Reino del Señor.
-De nuevo por aquí – La recepcionista, un ángel femenino, me dijo.
-Traigo un sacerdote. –Dije, desvaneciendome en el aire.

Rubinstein
Gurú de las Artes mentalistas y predictivas.
Viajero y guerrero astral. Médico en lo paranormal.



Deseo

Desnuda, recostada contra la cabecera de mi cama, contemplo el espejo de mi soledad mientras oigo avanzar uno tras otro los hermosos cuartetos de Beethoven. Entre almohadones bermellón y mullido azul marino, veo el cuerpo que soy, miro el cabello cubriéndome los hombros mojados por la luz de la mañana; observo la imagen en reposo de mi cuerpo; la extensión torneada de mis piernas, mi piel transpirando a goterones mi deseo. Por la ventana abierta, el calor seco y veraniego se filtra en susurros de la calle donde nadie transita el domingo en que te aguardo.





Había dejado ...

Había dejado el alcohol, porque tenía miedo a sufrir de cirrosis. Había dejado de fumar por miedo de cáncer de pulmón. Había dejado de comer por miedo de sufrir de bulimia nerviosa. Había dejado el sexo por miedo al sida. Había dejado…

Firma: La vida lo dejo.
PD: Lo dejé por miedo a vivir.



Brujas, brujitas, brujas

Esta no era una selva cualquiera. Quién la observase desde donde yo me hallaba diría que ella tenía una particular vida propia. Sobre la periferia de mi visión, no se apreciaba nada, sólo contornos que manifestaban la existencia de vida verde.

-Vida. ¿Qué vida?
Sólo se apreciaban penumbras, excepto un sendero entre la maleza y los árboles.

-¿Sigo? – Le pregunto.
-Si. Entra – Recibo como única respuesta.

En ese instante se hizo una claridad, y pude apreciar por vez primera que había realmente delante de mí. Por la senda, en fondo, vi colinas y ondulaciones que se me asemejaban a crearse la idea de un valle verde y frondoso. La realidad era otra. Enseguida, la claridad, se tornó penumbra, dejando paso a la realidad en la que me hallaba inmerso.
Apenas di los primeros pasos por ese túnel de maleza frondosa y exuberante, enredaderas y lianas que se movían serpenteando por el suelo, cubierto de pastizales rastreros, medio muertos medio vivos.
Isofacto me detuve y dudé.

-Continua –Recibo.

Apenas entrar a caminar por el sendero, toda la vegetación pareció cerrarse delante mío impidiéndome circular libremente. La frondosidad y la semi oscuridad de la selva, aunado al silencio reinante, hacía del lugar, algo tenebroso.
La poca luz, aunada al silencio que era cortado únicamente por el siseo de las ramas de los árboles al entrechocar, más las lianas, largas y gruesas que se arrastraban por el piso, hacían que mi mente dudara cosas que parecían ser, y que no lo eran. Sorpresivamente vi una cara de mujer vetusta que me dijó “¡¡No!!”. Al mismo tiempo, me parecío percibir dos brazos en forma de cruz, como significar: -¡¡Aquí no pasarás!! Al fijar la vista, observe la maleza y las ramas de los árboles caídos delante de mí, rodeados de un musgo verde pálido, en medio de una marisma. Traté de tranquilizarme: “Mi mente me está haciendo una mala jugada”, pensé.

-Sigue adelante.

Nuevamente una luz se comenzó a aparecer, he hizo retroceder esa maleza prehistórica. Las pequeñas zarzas retrocedían en la medida que me adentraba el lúgubre sendero. Muy al fondo, inmerso entre montañas, ya oscuras por la poca visibilidad que existía, surgió una figura.
Se me asemejó la estructura de una cabaña putrefacta cuya única puerta estaba cerrada. De hecho, la cabaña formaba un todo con la selva que la rodeaba. Repentinamente la puerta se transformó en una gran boca, con dientes putrefactos y los dos ventanales desvencijados fueron sus ojos. En ese momento trastabillé porque me sentí atrapado por vez primera, y el miedo caló mis huesos.

-¡¡Dadme fuerza!!

Cuando mi mente se aquietó, me di cuenta que había caído de bruces sobre una rama y mi cara se cubrió de lodo.
Aquí, la cabaña pareció cobrar vida. Sus zócalos se me antojaron como pies, y ella comenzó a erguírse por encima de mí, mostrándome su enojo y malestar por mi presencia. El techo a dos aguas, se convirtió en la melena de la mujer vetusta y enojada.
Volví a caer de bruces.

Una casa que se mueve y me grita.

Haciendo acopio de valor, con una luz espiritual me introduje en las fauces de la vieja. Silencio mortal.

-Dame fuerzas.
¡¡La tienes!!

El suelo y la bóveda de la boca semejaban una sala donde sólo se apreciaba una mesa carcomida por las alimañas del lugar.

-Fuera- escucho decir.

En ese momento una rama me golpea haciéndome nuevamente caer. Trato que mi cuerpo forme un círculo de luz . Nuevamente la mujer intenta golpearme con sus brazos-ramas pero, al hacer contacto con yo circulo de luz, ellos retroceden.
Comencé a sentir que levitaba, cual burbuja luminosa y flotando me acerqué a unas de las ventana-ojos, y miré.

-No puede ser.
-¡¡Es, continua!! -
Escucho

Vi una niña de unos ocho años abrazada a su muñeca de trapo. Llorisqueaba en un rincón, y por delante se hallaba un círculo y un pentagrama.

La selva oscura se tornó un color carmesí y de entre el follaje dos parlantes, se apoyan en la ventana, y le gritan. Di un giró y entré en lo que sería la cabeza. Desde ahí miré hacia el círculo de luz. No lo era. Era un círculo de fuego. En su centro se hallaba Lucifer.
Como si un camarógrafo, enfocase la escena de lo que sería la mujer, este filma haciendo un planeo desde atrás, por la izquierda hacia delante de la cara.

-¿Es lo que veo, cierto?
-Es. –Recibo como repuesta.

Una niña de unos ocho años, con su muñeca de trapo atrapada entre sus brazos, lloriqueando se hallaba en un rincón de lo que sería una choza de madera. Delante, un círculo y un pentagrama.
Se abrió la puerta de la choza y un anciano con cabeza tapada de melena blanca y un bastón la toma de las axilas. –Ven. –Le dijo.
Ella lo acompañó.

-¿Es todo?
-Observa.

Al salir el anciano, se la entrega a una mujer, la cual le da las gracias y las veo partir. La mujer mayor toma de la mano a esa niña, que mira hacia donde me hallo. Con la otra mano asía su muñeca de trapo.

-Es todo hijo. Puedes volver.
Me desvanecí.



** Opiniones **



Rubinstein

Gurú de las Artes predictivas y mentalistas.
Viajero y guerrero astral. Médico en lo paranormal.


Un instante en la vida

La Gran Avenida corría de este a oeste. Era un mundo de gente que por ella pasaba. El ruido de las bocinas y el griterío de la gente, fue lo primero que me impactó. La primera impresión que tuve, fue que era un hormiguero, pero de personas que iban y que venían, que se entrechocaban entre si.

Casi rozándome salió un ejecutivo desde un hotel, y prácticamente tocándome paso delante mío con la mano levantada.

-Taxi –gritó mirando en la acera hacia mi espalda. Todo se tornó en cámara lenta. En la mano izquierda sostenía un maletín, la mano derecha, la mantenía levantada en signo de “alto”.Un taxi amarillo se detuvo bruscamente pegándose a la calzada. Había llovido. Del charco de agua, que había en la calzada brotó una nube en forma de gotas, mojando a los transeúntes. Estas, en cámara lenta traspasaron mi cuerpo, mientras observaba la escena estáticamente.

Cuando tomé conciencia donde me hallaba, me estremecí. Las personas golpeándose unas con otras, sin conocerse cruzaban a través de mi cuerpo, por delante y por detrás.

En la esquina anterior, un ómnibus (micro) había aplastado a un transeúnte cuando el cambio de luces del semáforo. Le había destruido la cabeza con las ruedas traseras.


** Opiniones **

Juera daquí

-¿Estás seguro que este es el lugar? –pregunté.
-Sólo observa- me contestó.
Me hallaba en medio de la sala principal. Una bóveda de unos seis por cuatro metros cuadrados se apreciaba. Las formaciones rocosas, apenas permitían el paso de un humano, y éste, de costado únicamente. De momento toda la imagen gira y es como si un camarógrafo enfocase la escena desde arriba y desde atrás de donde me hallaba. Al instante la imagen se torna más clara, y lo que sería la sala principal, estaba formada por una especie de huevos grandes. Por lo pronto se apreciaban dos formaciones rocosas en forma de huevos, colgados desde la cima de la bóveda hasta cerca del piso. Las paredes poseían una estructura rugosa, calcárea y porosa. No había lugar para el pasaje salvo un laberinto. Sin embargo, la imagen se hallaba enfocada desde arriba y atrás. Lo que permitía apreciar la sala principal en su conjunto. Al fondo se visualizaba, una especie de ventanales, pero no lo eran.
El suelo estaba conformado por una viscosidad, que parecía tener vida. Si miraba detenidamente, veía movimientos de surcos y ondas que cambiaban de forma. A mi izquierda y sobre mi espalda, se apreciaba un túnel de forma curva.
A mi derecha otro túnel, por la forma, se denotaba que éste era más grande. Algo me hizo dirigir hacia éste último.
La escena volvió a cambiar, y ahora era como si un camarógrafo filmase desde mis ojos.Un túnel largo y recto se percibía en su magnitud. Dos cámaras se hallaban enfocando ese cambio brusco de escena. La primera desde arriba y atrás, la segunda desde mis ojos. Existía un pasadizo estrecho y serpenteante. La primera cámara, mostraba el túnel en su magnitud. A la mitad se apreciaba dos entradas. Al fondo y a la izquierda existía otra. Este desembocaba en otra sala de menor tamaño y forma, de unos tres por cuatro metros.
Las paredes apenas permitían el pasaje de una persona y ésta, debía agacharse. Donde se hallaban las dos entradas, en el medio del túnel, otra formación en forma de huevo de igual tamaño y forma que en la sala principal.
Existían dos salas iguales. Una al medio del túnel principal, paralelo a éste, y otra al final también a la izquierda. El pasaje obligaba a pasar por un sendero serpenteante y curvilíneo.

-Observa. Me dijo.
Eso hice.
Me hallaba en la sala intermedia del túnel. La cámara, comenzó a dar giros lentos desde arriba. Me hallaba a su entrada, que como había dicho, era más pequeña. Esta, daba a la pared lindera con el dormitorio principal Su forma era rectangular. A la izquierda donde estaba parado, había dos camas y una mesa de luz en el medio. En la pared que daba al dormitorio principal, se encontraba una litera donde dormía el pequeño. En el techo colgaba una lámpara. Sobre la pared paralela al corredor principal, una mesita de luz.
Toda la escena, de momento se tornó irreal. Era como si dos planos colisionasen en un apartamento que daba a la calle. Un mundo alienígeno, sin serlo. Donde estaba, la lámpara del techo pendía de un hilo una formación rocosa en forma de un huevo gigante.

-¿Esto es real? –Le pregunto.
-Si. –Recibo como única repuesta.
El dormitorio de una de las hijas, y el contenido de una de las salas menores de la caverna coincidía plenamente. De hecho toda la caverna, concordaba con el diseño del apartamento. La escena por momento era como transparente.
Lo sólido por instantes, era la formación rocosa de la sala menor y su pasaje curvilíneo y serpenteante. Esto obligaba a un cristiano a ir de costado y arqueado por momentos.
Lo transparente, por consiguiente era el dormitorio de una de las hijas del matrimonio y su sobrino. En dichas condiciones, los insectos, en forma de arácnidos, nacían de los huevos, que cada tanto hacían eclosión, y éstos, entraban en los cuerpos de los humanos que habitaban el dormitorio.
De momento lo sólido, por decir de alguna manera era el dormitorio de dichos humanos. Lo transparente, por ende, era la sala menor de la caverna. De pronto, todo comenzó a adquirir forma, El suelo de la caverna estaba formado por un manto de serpientes de toda clase y color. Las había de dos cabezas, rojas, con círculos en su cuerpo.
Cuando se unía las dos escenas, todo cerraba. Una hija del matrimonio dormía en la cama. Por las patas de la misma, subían reptando las serpientes y formaban un manto protector sobre las mantas de la cama, metiéndose en el cuerpo de ellas. Al niño lo dejaban en paz. Existía una aureola que protegía y repelía esas criaturas. Lo que parecía arañas se metían en la cara, por los orificios nasales de la mujer, como así la boca y orejas. Esta era la bruja menor.
En que sería la cocina, se hallaba la señora de la casa. La bruja mayor.
Los pelos de ella eran serpientes, que se movían al son de una música infernal.
Estas se embutían a trabes de las orejas, nariz y boca. Las arañas se introducían en su cabeza.
y los huevos, germinaban en el cerebro de la misma. Se alimentaban de la locura de ella, de sus pensamientos.
El esposo, se hallaba en la sala principal, sobre la mesa, arreglando la documentación de su trabajo. A el, tampoco lo dejaban en paz. Desde las paredes salían arañas y las serpientes se entrelazaban por sus pies.


-¿Y? -Me preguntó.
-¿Es la cuenta final, para que la bruja mayor y la aprendiza a serlo, nos dejen en paz?-contesto.
-Se esta llegando al final. –Recibo como única repuesta lacónica.
-Vuelve.
Me desvanecí.
Respiré hondo. Había ido de visita al departamento de los vecinos de arriba. Ahora las invocaciones llegaban a su final.
Era hora.


** Opiniones **


Rubinstein
Gurú de las artes predictivas y mentalistas.
Viajero y guerrero astral. Médico en lo paranormal.

Martín

-Noo…

El viaje.
Rodeado de grandes colinas, me hallaba sentado en una silla mirando sin mirar, con la vista extraviada.

En algún lugar.
-Y doctor, ¿cree que podrá?
-Si.

Escenas fugaces.
La casa estaba inmersa entre grandes árboles que tapaban prácticamente su forma. La visión no permitía ver a los laterales, requería forzar los sentidos visuales y perceptivos.
Un cambio de imagen abrupto. Me hallo entro de la casa. Esta sólo consistía de un gran salón, con una recepción y asientos para esperar. Detrás mío una puerta, delante otra.

En algún lugar.
-Doctor. Es aquí que vienen las almas cuando no poseen cura. –Escuchaba decir en forma tenue y apagada, procedente del Doctor Marqués.

-Pero estamos en el Reino del Señor. –Contesto.
-Si. –El Señor no es perfecto, y no puede con todo. Recibo como contrapartida.
-Veamos.

El nosocomio.
La única habitación que poseía la casa, además de la sala principal donde se hallaba la recepción, se encontraba repleta de almas en estado catatónico. Se hallaban una arriba de la otra, y formaban filas y columnas.

La otra puerta cerrada.

Escenas fugaces.
De pronto todo cambia y me siento catapultado hacia la otra puerta, que se desvanece en un halo de luz, cayendo sobre un jardín completamente espeso, que a duras penas dejaba pasar la luz, a causa del follaje. No se escuchaba nada. Era el sonido de la muerte. Sólo un corredor serpenteante que daba una curva, y se metía en una selva espesa. Las ramas de los árboles, formaban una cúpula de hojas. Otro giro de escena. Me siento transportado a trabes del camino mencionado. En su final, un rancho todo roto y luz adentro. Cuando me acerco, todas las puertas y ventanas se cierran rápidamente. Eso no impide el acceso. Sólo se aprecia una sala, llena de polvo y moho. Papeles por doquier. Cuesta fijar la vista. De golpe otro cambio de escena, y sólo se aprecia un muchacho, de melena rubia de unos veinte años, no mas de veinticinco.

Al verme se acurruca en una esquina. –¿Quién eres?
-Tu tío contesto.
-Noo.
Ambos desaparecemos.

En algún lugar.
-¿Y doctor? –pregunta el doctor Marqués.
-Esta recuperado. Entré a su mente. Ahora que quede en observación.
El había fallecido por una sobredosis de pasta base, en la ciudad de Montevideo, Uruguay. Fue una recaída por los implantes cerebrales.
Lugar: En algún punto del Reino del Señor. Setiembre de 2004. Ala del nosocomio para almas que no poseen cura.
-Queda en vuestras manos. –Me devanesco.


** Opiniones **


Rubinstein
Gurú de artes predictivas
Viajero y médico en lo paranormal



Pendejo

"!Estupido! !impotente!", eran algunas de las palabras que habían salido de la boca de la chica mientras lanzaba sus ropas hacia el pasillo y le obligaba a salir desnudo tras ellas movido mas por la vergüenza que por las fútiles e ingeniosamente escatológicas amenazas que recibía de la mujer. Sus ojos verdes no dejaban lugar a dudas de su indignación y odio, su cabello dorado estaba enmarañado por la furia y apenas cubría su busto desnudo antes de cerrar la puerta ante sus narices.

Imágenes de una mente torturada

Imágenes de una mente torturada

A mi libro.
Anotaciones en carácter biográfico
Sobre notas de
"Un libraco enamorado"
Rubinstein

Rodeado de colinas verdes, y césped cortado con mucho esmero, el Palacio, es un clásico de la Arquitectura del Siglo XVIII. La construcción del mismo, es de mármol. Su fachada muestra una brillante interpretación de los modelos italianos, adaptados al trabajo en ladrillo; se articulan en tres pisos con el número de vanos creciente en altura.
Los espacios esplendorosos y la inspiración cartesiana serían los protagonistas en la búsqueda de la perfección simétrica y de una perspectiva guardada por tilos, robles, álamos, fresnos, cerezos o hayas, ante la que la vista se pierde. El eje visual que se propone quiere dejar sentir su rango de absoluto: su principio, en el castillo, y su fin, en el infinito. Las cinco alas de la Clínica están esparcidas en forma de un pentagrama. Cada Diagonal de la misma, posee un ala que cubre las distintas necesidades del Reino. En el centro de cada diagonal existe un Palacio de las condiciones descriptas anteriormente.

La occisa.
-No más –Decía María Isabel. Ella, una muchacha embarazada se hallaba dentro del mundo del sarcófago. La imagen que se presentaba daba una visión desenfocada en la periferia, enfocada en el centro. Su forma era circular, trasmitiendo la sensación de lejanía pues obligaba a enfocar la retina en el centro de la misma, no en lo que sucedía en el borde.

El Sala de los Galenos.
Una mesa ovalada, para seis personas estaba en el centro de la Sala de los Galenos. Unicamente, en este caso éramos tres médicos. Delante de mi, vidrios. Cuatro en total. Estos cubrían la pared frontal. Auspiciaban de monitores. A mi izquierda la puerta, por donde entramos. “La Sala Consultante”.

En los cuatro vidrios una sola imagen: una sala blanca, sin nada distintivo. Lo diferente era una mesa de cirujanos. En ella una mujer rubia a punto de parir. Se produce un cambio de situación. Una nube blanca cubre la Sala donde se hallaba la difunta, Los monitores se tiñen de una nube blanca, con relieve. Una forma oscura comienza a adquirir espacio. El manto de nubes desaparece lentamente, pasando a tomar forma el cadáver de la difunta madre. No se halla la mesa de cirujanos. Sólo ella, ocupa el lugar. Se halla en el centro, flotando.

-¿Y ahora doctor? –escucho decir.

-Veamos.

Imágenes de una mente torturada.
Un rancho de madera podrida, de techo a dos aguas, en medio de una selva oscura, impenetrable, comienza a formarse. La parte lateral de la imagen esta cubierta de un manto de nubes espesas. Las mismas poseen relieve. Pero la imagen enfocada desde arriba y el centro, parece no dar importancia al contorno, sólo se vislumbra movimiento en la periferia de la visión. Lo claro es la edificación mencionada. Se ve desde arriba. La parte central esta cubierta de una reja desvencijada por el tiempo.

La hiedra, los matorrales y el tiempo han hecho del mismo, un lugar inhabitable por si mismo. Por el lugar y lo que deja ver, una selva. Dos hombres con manto oscuro visto desde la espalda, entran al mismo arrastrando el cadáver de la joven madre. Cierran la puerta con candado y cadena y se van.

El Sala de los Galenos.
-¡Y doctor? –me pregunta Estefanell.

-Estamos extrayendo las primeras imágenes de la mente de la occisa –contesto.

El monitor izquierdo de la punta al lado de la puerta de entrada, cubre el cuerpo de la madre a punto de parir.

El segundo vidrio mostraba la imagen del rancho de madera podrida, de techo a dos aguas, en medio de una selva oscura. Los otros dos restantes, estaban cubierto de un manto de nubes blancas, con relieve, formas que se quería perfilar pero no llegaban a dar forma.

Primavera de 1810. Nueva Gales del Sur.
Noche. Llovía a cántaros. El carruaje corría a trabes del sendero. Un gran risco a la izquierda. El mar rugiendo con fuerza descomunal. La oscuridad total, era iluminada fugazmente por relámpagos que teñían el cielo nocturno cargado de nubes que presagiaban lo inevitable. Sobre su derecha, a lo lejos encima del peñasco, la casa de las Brujas del Condado de San Nícolas.

De momento, otro cambio de imágenes. Nos se ve nada, sólo la sala de éstas. A su izquierda una estufa a leña. A su costado sobre un caldero hirviente las tres brujas recitando un conjuro.

El resto de la sala se desdibuja. La imagen se centra en el accionar de las tres mujeres. A lo lejos, el carruaje cae al precipicio, cuando iba en dirección al pueblo.

El Sala de los Galenos.
-¿Seguimos?-Me pregunta el doctor Marques.

-Si –digo instintivamente.

El tercer vidrio adquiere forma lentamente, comienza a formarse la imagen de un carruaje corriendo debocado por un sendero serpenteante entre el mar rugiente y la colina, A su izquierda un risco bañado por furiosas aguas. Las otras imágenes se mantienen fijas. El cuarto y último monitor se mantiene cubierto de una nube blanca con relieves de algo con vida.

El mundo del más allá.
-Socorro –María Isabel decía mientras el carruaje se desbancaba al rugiente mar. De momento otro cambio de imagen. Todo se oscurece y a lo lejos un rayo de luz. Al principio un puntito de luz en medio de la oscuridad y el silencio. Luego todo lo cubre. Ella se ve flotar cuando el sepelio. Siente escalofríos, al ver como echan tierra en su lápida. Un sarcófago de madera de roble. Un cambio de imagen. Todo se pinta de un color carmesí sangre. Se encuentra en un rancho de madera podrida, de techo a dos aguas, en medio de una selva oscura, impenetrable. La periferia de la imagen esta cubierta de un manto de nubes espesas. Las mismas poseen relieve.

Pero la imagen enfocada desde arriba y el centro, parece no dar importancia al contorno, sólo se vislumbra movimiento en la periferia de la visión.

El Sala de los Galenos.
-No entiendo –Dice el doctor Estefanell.

-¿Qué es lo que no entiende?-contesto.

-Verá usted, cuando entró al cerebro de la occisa, veo saltar una imagen y otra aparentemente sin sentido.

-El sentido es, que para saber en que parte de esta mente torturada, la mujer y su hijo se encuentran, se debe saber que pasó. Como eso no lo sabemos todavía, se deja que las imágenes broten libres. Ya se va ver un punto conductor. Estas nos han de mostrar un punto de quiebre, en donde el trauma aflora. Conociendo el motivo, se sigue una línea directriz. ¿Me explico?

-Claro. -contesta.

-Una vez que sepamos el motivo del trauma, encontraremos la ubicación donde ella se oculta y retiene su niño nonato. Por ello debemos seguir explorando la mente del cadáver.

-Entiendo. –contesta el doctor Estefanell.

-¿Seguimos?- pregunta el doctor Marques.

-Si, un momento. –Respondo.

Mi cuerpo comienza a desvanecerse, y lentamente comienza a surgir el sueño profundo.

El mundo del sarcófago.

De golpe la imagen desapareció y fue como si un camarógrafo la enfocase dentro del rancho rotoso ese. Había un gran salón, recubierto de madera desvencijada, y entre los intersticios de ésta se colaban raíces y la hiedra.

-No más –Decía María Isabel. Ella, una muchacha embarazada se hallaba dentro del mundo del sarcófago. Al costado izquierdo, sobre la pared lateral que daba esquina con la pared de enfrente, desde una puerta, dos hombres vestidos de negro arrastran al salón a la occisa madre a punto de parir.

Hubo tres cambios de imagen relatando dicho accionar. Al principio desde arriba y atrás de lo que sería la puerta. Mostraba dos hombres con capa arrastrando la occisa mediante una cadena. Esta iba atrás forcejeando y moviéndose queriéndose escapar. La segunda enfocando directamente a la altura de la cabeza de dichos hombres, como pasaban a través de la puerta interior y arrastraban el alma con su nonato retoño. La tercera, siguiéndole movimiento de dichos hombres y como era arrastrada por el suelo de tierra el alma de esa mujer. En todo momento se apreciaba la fuerza con que ella se oponía a lo inevitable. En La Clínica, una nube blanca cubre la Sala donde se hallaba la difunta. Los monitores se tiñen de una nube blanca, con relieve. Una forma oscura comienza a adquirir espacio. De pronto todo se borra, El primer monitor comienza a cambiar las imágenes, una nube blanca ocupa el lugar donde se hallaba la occisa. Comienza a adquirir forma una estufa a leña apagada y carcomida por el tiempo frente a nosotros. Delante de ella estaba colgada por cadenas una mujer a punto de dar a luz, atada de los tobillos y las muñecas abiertas, estirada vertical al suelo. Las cadenas nacían desde el techo y desde el piso, haciendo que esta alma estuviese colgada a medio metro en el aire sin poder moverse.

Se notaba en las facciones de la finada, que su boca había sido atada con un hilo de coser matambre.

-No más –Pensaba María Isabel. Ella, una muchacha embarazada se hallaba dentro del mundo del sarcófago. No podía emitir un murmullo. Por momento todo cambia de nuevo. Aparecen escenas entrecortadas de Nueva Gales del Sur.

Un relámpago. Por momento un carruaje. Otro relámpago. Una caída sin fin. Una boca grande se abre y el carruaje es engullido. Una ola gigantesca cubre el carruaje cayendo de espalda, con las ruedas para arriba, toca por vez primera el mar.

Otro relámpago. Dolor. Imágenes entrecortadas de la vida de una Condesa. Corría el año 1800. Una gran mansión con jardines a su alrededor, sol, un unos niños jugando y columpiándose. Hay grandes árboles en los jardines, estatuas de ángeles en mármol y muchas fuentes. Entre estatuas y jardines bellamente cuidados, María Luisa tejía sentada en una mecedora debajo de un gran ciprés. Otro relámpago dolor. Cambia la imagen.

Se ve alguien de mando. Un general entró en el rancho carcomido. Dos guardaespaldas se hallaban a los costados de lo que en otra época fuese una puerta. Las alimañas corrían de un lado a otro, y se escondían en la oscuridad de los intersticios de la madera putrefacta. Cuando se acercaba a la mujer colgada mediante cadenas, las enredaderas, hiedras y demás especies rastreras dejaban el surco para qué este llegase a su destino.

-Esta a punto –tronó.

-Buen trabajo-concluyó.

Extrajo un cuchillo de mediano porte y se disponía a desviscerarla.

La Sala de los Galenos.

El monitor izquierdo, ubicado en la “Sala de los Galenos” que da a la punta al lado de la puerta de entrada, cubre el cuerpo de la madre a punto de parir.

El segundo monitor mostraba la imagen del rancho de madera podrida, de techo a dos aguas, en medio de una selva oscura.

Los otros dos restantes, estaban cubierto de un manto de nubes blancas, con relieve, formas que se quería perfilar pero no llegaban a dar forma.

El tercero, adquiere forma lentamente, comienza a formarse la imagen de un carruaje corriendo debocado por un sendero serpenteante entre el mar rugiente y la colina, A su izquierda un risco bañado por furiosas aguas.

El cuarto y último monitor, muestra las imágenes cuando María Isabel era arrastrada a la fuerza. Los tres cambios de enfoque de una misma imagen, se producía a través del cuarto y último monitor.

-Fue ahí cuando usted, Rubinstein extrajo esa alma de se lugar y la trajo a la Recepción de La Clínica –El doctor Marques, que hasta ese momento había estado observando adujo.

Si, les muestro–Contesto.

Los otros monitores quedan fijos en las últimas escenas que sustrajeron, excepto uno.

El rescate
De pronto en uno de los monitores aparece un manto blanco con relieve. Poco a poco fue aclarándose. Me encontraba volando por encima de una espesa selva. Por encima de mi cabeza se hallaba un manto de nubes rojas, con una textura movible. Adquirían por momentos forma humana parte de huesos de almas en pena. Entre planicie, montañas y quebradas un manto verde oscuro pasaba rápidamente por debajo de mí.

De golpe se borro esta escena, como si el director de la película quisiera mostrarme una nueva escena. De golpe me encontré ante un viejo y añoso cementerio. Las arcadas de hierro estaban llenas de moho y carcomidas por el paso del tiempo. El nombre del cementerio se había borrado. Encontré una lápida sin nombre.

De momento hubo otro cambio de escena. Y entré. Se hallaba tapada de zarcillos y maleza. Había una escalera metálica que daba a un recinto vacío, con una puerta de metal forjado abierta. Pasé por la puerta, y me encontré ante un jardín lleno de alimañas, ratas e inmundicias por doquier. Los árboles cubrían el pasaje.

Sus ramas poseían vida propia. Las ramas se movían solas y formaban figuras de esqueletos vivientes. El suelo estaba cubierto de una enredadera que quería tragarme los pies y jalarme para abajo. De momento todo vuelve a cambiar y aparece el rancho. De ahí la sustraje, cuando estaban por desviscerarla.

-Hasta ese momento había estado de observador. En su pecho noté el crucifijo que la hacía participe del Reino del Señor.

La imagen era como si un camarógrafo enfocase la escena desde arriba y un costado por encima de la cabeza y lateral del hombre que estaba a la izquierda. Mi presencia no había sido notada. Le caí de la pared carcomida, en forma lateral con una espada láser y cortando al guarda izquierdo desde la primera cervical hasta la última vértebra del esternón. Proseguí con un giro en sentido contrario rebanando a la altura de la vértebra cervical, al segundo guarda. La cabeza no había llegado al piso, cuando el general comenzaba a girar y extraer su pistola. Dos espadas láser pequeñas terminan de hacer su trabajo, mientras que con una, rebané la cabeza al nivel de la nuca con la otra le hice un corte en chanfle al nivel de la aorta mayor. El mal me hizo sacudir el cuerpo astral, como si una ola me golpease fuertemente.

La Sala de los Galenos.

-Entonces según esto, hasta el momento podemos decir que la mujer que usted rescató vivía por el año 1810, en Nueva Gales del Sur. Que por algún motivo desconocido, en la primavera de dicho año, el carruaje en que viajaba se desbancó. Llovía, producto de una tormenta infernal, y sobre el risco las aguas rugían descomunalmente. Posteriormente, ella vio su entierro, y lo que sintió. Entre el momento del fallecimiento y el entierro no se sabe que pasó. Si, que no fue a parar a donde debía, sino al Purgatorio. –El doctor Estefanell, sabiamente resumió.

-Podríamos decir que si, pero falta rellenar los huecos de lo acontecido y encontrar en esa mente perdida y torturada a su dueña y su hijo. –Me atrevo a acotar.

Imágenes de una mente partida.

Todos los monitores de la “Sala Consultante” mientras platicábamos mantenían una única imagen: “El momento en que arribo a la Recepción de la Clínica con María Luisa y su hijo nonato.”

-Veamos que podemos sacar en conclusión entre todas estas imágenes –pronuncio.

Los doctores Estefanell y Marques se acomodan en sus butacas respectivas y comienza el sondeo, ya en condición de una búsqueda más profunda.

El primer monitor, el izquierdo, el de la punta al lado de la puerta de entrada, comienza a adquirir vida. Es así que, comienza a aparecer vistas aéreas del jardín de La Cínica.

Entre colinas levemente onduladas, tilos, robles, álamos, fresnos, el jardín se mostraba en todo su esplendor.

Resaltaban las estatuas de figuras angelicales, como así, fuentes basadas en el Renacimiento. María Luisa se hallaba sentada debajo de un gran ciprés mirando la lejanía. Se le notaba cambiada, parecía estar bien.

Percibía algo subyacente que no era propio de ella, a pesar de considerarla una paciente, mi instinto me decía que no se la podía dar de alta. No poseía ya su hijo, hablaba como si nada le importase.

-Que piensa Doctor- me dice Estefanell.

-¿Quien fue quien la atendió al principio? –pregunto.

-Yo –contesta Estefanell.

-Me muestra que hizo.

Flashes inconexos.
-Cuando usted la dejó en la Clínica ella quedó a mi cargo, No sabía que hacer, y dejé que brotase las primeras imágenes de la mente. Recuerde que estaba torturada por mucho tiempo. –Claro –admito.

-No era gran cosa. Pequeños momentos de su vida antes de casarse con el Duque. Como se divertían con amigas, en los jardines posteriores del Palacio de su padre. Por momentos aparecían otras imágenes de momentos posteriores, ya casada con el Duque. Su vida matrimonial. Eso si le puedo mostrar como interesante.

Los monitores durante todo es tiempo mostraba una muchacha de alrededor de unos 18 años, riéndose entre un jardín, cuando era soltera. Se sucedían velozmente cambios bruscos de estas, al momento que el doctor Estefanell, relataba lo que pudo extraer.

Otro cambio de escena brusco. Se apreciaba al Doctor Estefanell, en su consultorio observando imágenes para hacerse idea de que pasa por su mente. Se le ve cuando dos ángeles enfermeros la llevan para dar a luz.

Todo vuelve a cambiar. Una sala blanca inmaculada, sin nada distintivo. Sólo María Luisa sobre una mesa hecha de nubes dando a luz el hijo que no pudo nacer. Se aprecia cuando se lo entregaban a dos ángeles adultos. Los padres adoptivos celestiales.

Es que no había tiempo, por eso se le llamó Rubinstein. –comenzaba a escuchar, absorto en los cambios bruscos de escenas y como se producían.

-¿Me decía? – atino a decir, casi sin habla.

-Cuando estaba sondeando su cabeza, le llegó la hora de parir Doctor- decía Estefanell.

-Si, si. –digo sin decir, mirando fijamente las imágenes que se sucedían a velocidades muy rápidas. Buscaba algo que uniera, todavía no podía encontrarlo.

-Muéstreme su vida matrimonial. Doctor- digo.

Su vida matrimonial.

Otro monitor cobra vida. Ella ya casada. Se denotaba tristeza, pena. Ella durmiendo en una sala en otra ala del Palacio del Duque. Escenas de desarraigo total.

Este último no se dejaba ver, sólo de noche, le cubría la cara una máscara, y siempre acarreaba guantes. De momento se borra de vuelta la imagen, y aparece un ella y el Duque, el día de su matrimonio. Mientras toda la escena se desarrollaba en el segundo monitor, todo se entrecortaba. Surgen voces. Se le asigna su lugar en otro lugar del Palacio del Duque. Nunca, pero nunca debía ella entrar al dormitorio de él. Las escenas eran de desarraigo total.

-Acá hubo algo de interés. Otro cambio brusco de imágenes. Ella esta entrando al dormitorio del Duque –escuchaba decir, mientras mi mente trabajaba a mil por hora.

La escena se presentaba de día. El dormitorio de quién fuese su marido. No había nadie. Una gran cama frente a ella. Vacía. Los muebles de la época. Un gran espejo frente a la cama.

Esta se hallaba lateral frente a ella. Los costados de la visión eran como un túnel, todo borroso a su costado. De pronto, se ve a ella mirando el gran espejo que daba a los pies de la cama del Duque, su marido. Surgen pensamientos.”¿Dónde esta mi marido?”

De momento ella deja de reflejarse en el espejo y éste, se convierte en un túnel que da hacia abajo. Se ve impulsada a trabes del mismo. Hay una escalera de piedra que mediante una curva apunta hacia abajo. En las paredes, antorchas encendidas. Cuando lo traspasó una pared de piedra se formó donde estaba el espejo.

-Doctor. Doctor – escucho decir. Era el Doctor Marques. –¿Se encuentra bien?

-Si, si gracias, un poco cansado.

El gran bacanal.
Un gran recinto vacío. Paredes de mármol, estatuas y vigas del mismo material. Este se hallaba vacío, excepto por cuatro ataúdes de madera forjada macizos antiquísimos. De pronto la imagen se fija en ellos, como si algo la atrajese. Otro cambio de imágenes brusco, muy brusco, los monitores parecen no dar a basto. Una fiesta en el Palacio del Duque, su marido.

Todo el mundo de fiestas. Todos con trajes de etiqueta, propios de la realeza. María Luisa era el centro de la atención. Los carruajes, no terminaban de llegar, entraba uno a la entrada principal y salía otro. Las damas con ropa de fiesta. Corría la primavera de 1810, Nueva Gales del Sur. En un cambio de escena, la cámara se sitúa por encima de María Luisa, enfocando la Sala Principal. Un baile vienes. Comienza a cambiar la escena como si la cámara fuese girando. Se enfoca en María Luisa y el Duque en un trono. Se escucha el sonido de la música, pero no los invitados. Sólo los anfitriones. El duque, y la duquesa, la señora María Luisa. Una máscara de oro y diamantes cubre la cara de su esposo, guantes blanco de etiqueta su mano. Ella con guantes turquesa, hasta el codo.

Otro cambio de escena, se cierran las puertas y ventanas de golpe. Comienza la orgía. La servidumbre cae desde todas partes, hacia los invitados. Se denota los vampiros alimentándose.

De golpe, un silencio total, las imágenes se tornan en “off”.

María Luisa sale corriendo, en un carruaje, se hallaba embarazada. Llovía a cántaros. –Deténgalan -Un grito de ultra tumba se hace oír.

El carruaje corría a trabes del sendero. Un gran risco a la izquierda. El mar rugiendo con fuerza descomunal. La oscuridad total, era iluminada fugazmente por relámpagos que teñían el cielo nocturno cargado de nubes que presagiaban lo inevitable. Sobre su derecha, a lo lejos encima del peñasco, la casa de las Brujas del Condado de San Nícolas.

El nacimiento de un angelito.
Todo cambia, los monitores se tornan en blanco. Aparece la figura de una sala inmaculada, hermosamente bella. En el centro una mesa de operaciones. Las paredes sin rasgos distintivos, completamente blancas, así como el techo.

Sobre una de éstas últimas un gran ventanal. Tres hombres vestidos en túnicas blancas, alrededor de la mesa.

En ella, una mujer y su bebe. El jefe de ellos, con la mano izquierda sobre el vientre de la mujer, paso su mano de izquierda a derecha. En el mismo, se encontraba enroscada una especie de cordón umbilical. Luego volvió a realizar el gesto de derecha a izquierda con la misma mano, al tiempo que con la otra la pasaba por su cabeza. La forma de pasar la mano derecha, fue desde los pelos incipientes, hasta su papada de arriba hacia abajo. El cordón desapareció.

El bebe abre los ojos y un hombre, que se encontraba sobre su regazo, lo lleva al ventanal, pasa a través de él. Sus padres se encontraban. Hay una sonrisa de felicidad en ellos, la mujer lo toma en los brazos y se desplazan por el corredor en que estaban por el aire. Una puerta se abre, y una luz enceguece dora los baña. María Luisa retorna a La Clínica.

La Sala de los Galenos.

-Ahora entiendo –Dice el doctor Estefanell.

-¿Qué es lo que entiende?-contesto.

-Verá usted, cuando entró al cerebro de la occisa, vi saltar una imagen y otra aparentemente sin sentido.

-El sentido es, que para saber en que parte de esta mente torturada, la mujer y su hijo se encontraban, se debía saber que pasó. Como eso no lo sabíamos todavía, se dejó que las imágenes brotasen libres. Ya se iba ver un punto conductor. Estas nos irían de mostrar un punto de quiebre, en donde el trauma aflorase. Conociendo el motivo, se siguió una línea directriz. ¿Me explico?

-Claro. -contesta.

-Una vez que supimos el motivo del trauma, encontramos la ubicación donde ella se ocultaba y retenía su niño nonato. Por ello debimos seguir explorando la mente del cadáver.

-Entiendo. –contesta el doctor Estefanell.

Todos los que en la Sala nos hallábamos nos desvanecimos.


** Opiniones **




Rubinstein
Gurú de las Artes predictivas y mentalistas.
Viajero y guerrero astral. Médico en lo paranormal.

Un libraco enamorado

Hola querido libro que descansas en mi mesa de luz. –Hola –este siguió descansando, se denotaba en el hecho que cuando respiraba las hojas del mismo se hinchaban, cual el aire entrase en los pulmones.
Tengo una historia para relatarte. –Déjame en paz, Rubinstein, estaba soñando con un libro muy femenino, de una encuadernación muy labrada escrita por una dama madrina.
Te va a gustar, trata de viajes fantásticos. –¡hee!, ¿qué me has dicho?
Eso. Este salta de la cómoda y pone nuevas hojas y me mira expectante.
Te acuerdas que dormía ayer a los sobresaltos. –Si.
Me encontraba volando por encima de una espesa selva. Por encima de mi cabeza se hallaba un manto de nubes rojas, con una textura movible. Adquirían por momentos forma humana parte de huesos de almas en pena. –Siempre te alcoholizas Rubinstein.
No. En serio escúchame, va más bien disponte a escribir. Era como si una cámara planeara entre el cielo y la tierra. Salvo que no era en el plano terreno.-Zaz, empezamos de nuevo, y soy yo que me lo tengo que soportar, cuando Rubinstein se siente solitario.
Entre planicie, montañas y quebradas un manto verde oscuro pasaba rápidamente por debajo de mí. –Si ya se te encontraste con los marcianitos verdes, Jajajaja. No libro perspicaz. Entre ese manto de nubes y lo que sería el manto arbóreo, sobrevolaban “las aves del trueno”, esto es, eran unas aves enormes, mucho mayor que los aviones que podemos contemplar hoy. No batía sus alas, ni una sola vez. Era blanca por debajo y negra por encima. Paneaban –El que vas a planear sos vos, cuando te de con la tapa de atrás por la nuca y te haga caer en la realidad.
Escribí libraco tozudo, te pareces a mí. –Esta bien, no te me enojes patroncito.
De golpe se borro esta escena, como si el director de la película quisiera mostrarme una nueva escena. –Si. Descubrites la gallina de los huevos de oro Nop. Te equivocas libro pillo. De golpe me encontré ante un viejo y añoso cementerio. Las arcadas de hierro estaban llenas de moho y carcomidas por el paso del tiempo. –El tiempo te va a caer a vos, Rubinstein donde sigas con esa historia, Me sacaste de un sueño con una preciosura. Vestía minifalda negra, con detalles plateados, zapatos de taco con punta cerrada y una remerita blanca que dejaba uno de sus hombros al descubierto. Su cabello castaño claro, lacio, apenas tocaba sus hombros, y un flequillo casi espumoso acariciaba sus pestañas.
De que me estas hablando ahora libraco, te voy a poner en penitencia. -Te hablaba que soñaba con una hermosa encuadernación de lo más feminista y hermosa. Estoy enamorado, mis hojas palpitan al son de sus movimientos ondulantes.
Ya te voy a dar salir con un libro de anaquel femenino. –No me regañes.
Bueno, te contaba hasta el nombre del cementerio se había borrado. Cuando pasaba el pasaje desparecía por causa de la maleza exuberante existente en el lugar.
-Y ya que estamos en estas… ¿qué encontraste?
Encontré una lápida sin nombre. De momento hubo otro cambio de escena. Y entré en la misma que se hallaba tapada de zarcillos y maleza. –Ja, que sueño.
Pues no libraco. Había una escalera metálica que daba a un recinto vacío. -¡Que..!-no estaba la fulana pues.
Efectivamente no había nadie. Sólo una puerta de metal forjado abierta. –Rubinstein me perdí. Me estas hablando de sarcófago.
Si, de eso estoy hablándote. –¿Qué pasó luego?
Pasé por la puerta, y me encontré ante un jardín lleno de alimañas, ratas e inmundicias por doquier. Los árboles cubrían el pasaje, Sus ramas poseían vida propia. Las ramas se movían solas y formaban figuras de esqueletos vivientes. El suelo estaba cubierto de una enredadera que quería tragarme los pies y jalarme para abajo. –Si; ¿qué te tomaste todo cuando saliste de cena con tu esposa; ¿qué te cayo mal?
¡Hay libraco…! Que voy a hacer contigo. –Dejarme soñar con esa hermosura de encuadernación fíjate que el relieve poseía: 1.76 mts, una cintura de 62 cm, caderas de 90 cm y unas tetas de 95 cm, que con una espaldita más bien chica parecen más grandes. Lo mejor son sus pezones, rosados, sin desagradables cicatrices, de grandes aureolas. Pechos suaves, chupables.
Me estas hablando de la cara que tenía la encuadernación. –¡Hayy, el amor! Este flota ante mis narices y suspira hondo, se denota en como se inflan las hojas.
Esta bien libraco enamorado, luego te sigo con lo que pasó a continuación.
-¡Hay las golondrinas y las plantas con sus florcitas! El libro gira como haciendo una danza en patín sobre hielo y se desvanece.
Hago lo mismo.


Un libraco enamorado
Cáp. 2 - El sarcófago

¡Hay libraco…! Que voy a hacer contigo. –Dejarme soñar con esa hermosura de encuadernación fíjate que el relieve poseía 1.76 mts, una cintura de 62 cm, caderas de 90 cm y unas tetas de 95 cm, que con una espaldita más bien chica parecen más grandes. Lo mejor son sus pezones, rosados, sin desagradables cicatrices, de grandes aureolas. Pechos suaves, chupables.
Me estas hablando de la cara que tenía la encuadernación. –¡Hayy, el amor! Este flota ante mis narices y suspira hondo, se denota en como se inflan las hojas.
Esta bien libraco enamorado, luego te sigo con lo que pasó a continuación..
-¡Hay las golondrinas y las plantas con sus florcitas! El libro gira como haciendo una danza en patín sobre hielo y se desvanece.
Hago lo mismo.

El sarcófago.
Pasé por la puerta, y me encontré ante un jardín lleno de alimañas, ratas e inmundicias por doquier. Los árboles cubrían el pasaje, Sus ramas poseían vida propia. Las ramas se movían solas y formaban figuras de esqueletos vivientes. El suelo estaba cubierto de una enredadera que quería tragarme los pies y jalarme para abajo.
-Otra vez. No, vez que sueño con esa encuadernación estilo barby.
Es que los otros días… -Esta bien, por ser vos. El libraco suspira hondo y las hojas se hinchan de amor por poseerla.

Era un rancho a dos aguas de tierra y adobe cubierto por la maleza exuberante de alrededor. Había una pequeña escalera de dos escalones cubierta por la espesa vegetación.
-¿Y…? –Si tan sólo tuviese la encuadernación de esa preciosura cuyo relieve poseía 1.76 mts, una cintura de 62 cm, caderas de 90 cm y unas tetas de 95 cm, que con una espaldita más bien chica parecen más grandes. Lo mejor son sus pezones, rosados, sin desagradables cicatrices, de grandes aureolas. Pechos suaves, chupables. Rubinstein, ¿cuando me has de cambiar la encuadernación añosa que poseo?
Hayyy, que te voy a botar por el ventanal, ¡carajo!
De golpe la imagen desapareció y me encontré dentro del rancho rotoso ese. Te contaba, al entrar había un gran salón, recubierto de madera desvencijada, y entre los intersticios de ésta se colaban raíces y la hiedra. Las hojas putrefactas estaban por doquier en el suelo de barro. –Barro tendrá tus pies cuando fuiste al fondo darle agua a las plantas del terreno de tu casa, escritor con intención de serlo.
Te voy a matar libraco. Termina con tus comentarios. –Huy, se me enojo el palomo. Mirá como tiemblo. El libro hizo un giro en el aire y me hizo sentir la brisa fresca de hojas nuevas.
Solamente yo lo aguanto. Te sigo. Pone más hojas y no sigas pensando en esa encuadernación, porque no pienso cambiarte nada.
-¡Pafff! -El libro se cerró y se puso serio.
Abrí donde quedamos. –No.
¿Por…? –Hasta que respetes mi amor por ella. Esta bien, perdóname.
Seguimos. Sigo describiendo la escena. Había una estufa a leña apagada y carcomida por el tiempo frente a mi Delante de ella estaba colgada por cadenas una mujer a punto de dar a luz, atada de los tobillos y las muñecas abiertas, estirada vertical al suelo. Las cadenas nacían desde el techo y desde el piso, haciendo que esta alma estuviese colgada a medio metro en el aire sin poder moverse.
-Hay que miedo… Queres relatar una escena de terror y me mato de risa.
Silencio –dije secamente.
Por momento no volaba una mosca. Aunque hablando de ello. Se notaba en las facciones de la finada, que su boca había sido atada con un hilo de coser matambre. La escena era como si un camarógrafo tonase esta desde arriba y la pared externa del rancho. O sea mi cuerpo estelar estaba sumergido entre las maderas del rancho.
¿Y qué pasó entonces. Dos hombres, eso era lo que parecía ser, con capas oscuras y pistolas láser en ambas cinturas entraron y se pusieron de guardia en lo que sería la puerta. Si se puede decir, ya que esta no poseía madera ni marco. -Terminá el cuento? Eran humanos que procedían de una galaxia muy lejana. Tan lejana, que no figuraba en ningún mapa estelar del Reino.
-Zas, los hombres verdes de Marte. –Lo que faltaba oír para escribir.
¿Y….?
De golpe todo se oscureció me quedé profundamente dormido.
-Una vez que me engancha en el relato este Rubinstein se va a dormir, si será que dejó el té a medio terminar, al lado de la mecedora. Esta bien seguiré pensando en esa preciosura de encuadernación repujada en cuero. ¡Hay las golondrinas y las plantas con sus florcitas! El libro gira como haciendo una danza en patín sobre hielo y se desvanece.


Un libraco enamorado
Cáp. 3 - La fulana



Silencio –dije secamente.
Por momento no volaba una mosca. Aunque hablando de ello. Se notaba en las facciones de la finada, que su boca había sido atada con un hilo de coser matambre. La escena era como si un camarógrafo tonase esta desde arriba y la pared externa del rancho. O sea mi cuerpo estelar estaba sumergido entre las maderas del rancho.
¿Y qué pasó entonces. Dos hombres, eso era lo que parecía ser, con capas oscuras y pistolas láser en ambas cinturas entraron y se pusieron de guardia en lo que sería la puerta. Si se puede decir, ya que esta no poseía madera ni marco. -Terminá el cuento? Eran humanos que procedían de una galaxia muy lejana. Tan lejana, que no figuraba en ningún mapa estelar del Reino.
-Zas, los hombres verdes de Marte. –Lo que faltaba oír para escribir.
-¿Y….?
De golpe todo se oscureció me quedé profundamente dormido.
-Una vez que me engancha en el relato este Rubinstein se va a dormir, si será que dejó el té a medio terminar, al lado de la mecedora. Esta bien seguiré pensando en esa preciosura de encuadernación repujada en cuero. ¡Hay las golondrinas y las plantas con sus florcitas! El libro gira como haciendo una danza en patín sobre hielo y se desvanece.

La fulana.
El general entró en el rancho carcomido. Los dos guardaespaldas se hallaban a los costados de lo que en otra época fuese una puerta. Las alimañas corrían de un lado a otro, y se escondían en la oscuridad de los intersticios de la madera putrefacta. Cuando se acercaba a la mujer colgada mediante cadenas, las enredaderas, hiedras y demás especies rastreras dejaban el surco para qué este llegase a su destino.
-Deja de escuchar Chopin, libraco porque tienes que escribir lo que te dicto.
-Jaja. No me digas, que miedo, Rubinstein.
Voy a tener que contratar una dactilógrafa y botarte libraco temperamental.
-Esta bien papito, no te me enojes. Sigo con las hojas nuevas. Mira estoy atento, a pesar que me dejaste en lo mejor porque decidiste dormirte.
Bueno, como te contaba. El general se acerco a la victima y con la mano izquierda la tomó del pómulo y la observó. Las facciones no existían. Su boca era una línea, lo que serían sus ojos, sólo estaban las cuencas de los mismos. De nariz, ni hablemos. La suelta y pone su mano diestra en el vientre de la embarazada.
-Esta a punto –tronó.
-Buen trabajo-concluyó.
Extrajo un cuchillo de mediano porte y se disponía a desviscerarla. Hasta ese momento había estado de observador. En su pecho noté el crucifijo que la hacía participe del Reino del Señor.
La imagen era como si un camarógrafo enfocase la escena desde arriba y un costado por encima de la cabeza y lateral del hombre que estaba a la izquierda. Hasta ese momento, mi presencia no había sido notada. Le caí de la pared carcomida, en forma lateral con una espada láser y cortando al guarda izquierdo desde la primera cervical hasta la última vértebra del esternón. Proseguí con un giro en sentido contrario rebanando a la altura de la vértebra cervical, al segundo guarda. La cabeza no había llegado al piso, cuando el general comenzaba a girar y extraer su pistola. Dos espadas láser pequeñas terminan de hacer su trabajo, mientras que con una, rebané la cabeza al nivel de la nuca con la otra le hice un corte en chanfle al nivel de la aorta mayor. El mal me hazo sacudir el cuerpo astral, como si una ola me golpease fuertemente.
-Vaya cuento Rubinstein. Si no te conociera diría que me estas pasando una mala jugada.
No libraco, sigue que estoy por terminar.
Corté las cadenas que la tenía atada y de golpe vi desde arriba una luz blanca que en forma de cono iluminaba la escena donde me hallaba.
Me desvanecí, y aparezcí con una mujer trigueña a punto de parir en la Recepción de La Clínica.
-Si. Si. Contame las historias que me lo voy a creer y todo. Dime Rubinstein ¿me vas a cambiar la encuadernación?
No. Me desvanezco.

-¡Hay las golondrinas y las plantas con sus florcitas! El libro gira como haciendo una danza en patín sobre hielo y se desvanece.


** Opiniones **


Rubinstein
Gurú de las Artes mentalistas y predictivas.
Viajero y guerrero astral. Médico en lo paranormal.

Rubinstein - Sus inicios

La historia de Rubinstein
Cap. 1
Sus inicios


Gurú de las Artes mentalistas y predictivas.
Viajero y guerrero astral.
Médico en lo paranormal.


Aquí Radio Gurí trasmitiendo para todos los queridas escriba-escuchas de este foro tan prestigioso. En esta ocasión tenemos como entrevistado estelar al Gurú en las artes mentalistas y predictivas, el tan afamado Rubinstein. Viajero y guerrero astral. Más conocido como “el Gurú”

-¿Cómo le va Maestro?
Rubinstein, se acomoda las gafas, toma un sorbo de agua y me mira con esos ojos verdes, con ese toque que le da la melena blanca en canas. Sobre su diestra descansa “el libro”. -Bien Botija. Es un gusto volver a saludarlo.
-Verá Rubinstein, quería comentarle sobre sus principios en este plano terreno, ¿Cómo empezó?
Se acomoda sobre el asiento de la butaca, y con su mirada plácida, siento que me va tranquilizando y me dice: “Un día mis padres, que en paz descansen me dejaron en la casa de campo de mis tíos don Esteban y doña Mercedes. El lugar era una campiña en medio de la nada donde el tren llegaba una vez al mes y siempre con retraso. Recuerdo que estaba parado en medio de la nada, cuando a lo lejos una polvareda se aproxima a mí. Era un sulky, una especie de carro tirado por un caballo que apenas podía con sus huesos.
Doña Mercedes, mi tía, por aquella época una mujer de unos treinta y tanto de años, rubia de tez morena como el azabache, se baja del sulky. -¿Rubinstein? Pregunta. ¿Mercedes? le contesto un tanto temeroso, pues siempre había escuchado decir de mis padres que ellos eran gente extraña y peligrosa, de un mal pasado. –Sube hijo, que debemos llegar a la hacienda antes de la lluvia que se aproxima. Yo exhorto no me había percatado de la tormenta que por el oriente se aproximaba, más allá de las Tres Marías, un peñasco que más adelante supe el motivo de dicho nombre. Una valija pequeña era toda mi pertenencia.
Mi padre había fallecido en un enfrentamiento en la Dictadura de Terra en Uruguay, un tirano que se convirtió en dictador luego de una cruenta batalla por el poder. Mi madre, juntó lo que pudo y me envió a casa de mis tíos, mal le pesara era toda mi familia que me quedaba. Con los años me enteré que loca de atar falleció en el manicomio de la ciudad. Entre traqueteo y traqueteo, llego a la hacienda, que no era más que un rancho de adobe y paja a dos aguas en medio de una colina. Cuatro perros, una vaca escuálida que a duras penas daba leche, tres o cuatro gallinas sueltas y gallo flaco eran todas las pertenencias de esta familia de campo. Detrás de la “Hacienda” como le definían ellos, un pequeño espacio arado donde albergaban papas, y otras especies similares. Entre ellas, legumbres y demás pero no en demasía. Sólo para el sustento diario. Mi tío Esteban, se hallaba arando el monte lindero cuando arribé a media mañana. Un hombre blanco de mediana edad, curtido al sol, huesudo y rudo, con ojos saltones, se me presentó. Dicen que durante la Guerra Civil española, este logró escapar entre los exiliados de Guernica. ¿Se acuerdan los niños olvidados de América?Este matrimonio poseía dos hijos, Mercedita y Joaquín. Con ellos congenié de entrada. A diferencia de mis tíos, estos eran alegres y extrovertidos.
Mis tíos, por el contrario denotaban un aura de misterio y de que algo oculto se encontraba en sus pasados.
En tiempo posterior me enteré que tía Mercedes abortó otro pequeño cuando poseía 18 años, un varoncito que tenía como nombre Joaquín. De ahí que asumo que mi primo actual, lleva el nombre de su hermanito fallecido.


-¿Qué recuerda de la época de “La Hacienda”
Recuerdo el primer día que pase con tía Mercedes y tío Esteban en la Hacienda. Para que tengan una idea, el casco de la misma se situaba sobre la punta de una colina. Al oriente daba un pequeño arrollo cubierto de espesa vegetación. Al occidente se extendía un valle cubierto de árboles autóctonos. Al norte, había un barranco, a cuyo lado una catarata golpeaba sobre el fondo de piedra formando una playa pequeña. Al sur, a lo lejos se apreciaba las luces de la ciudad de donde provenía, pero era más un resplandor que otra cosa. Sólo se apreciaba a buena vista si el cielo nocturno se apreciaba claro.

-¿Recuerda su primera noche, Rubinstein?
Los dormitorios se encontraban en la parte alta. A la izquierda sobre el recodo que da la escalera de madera, el dormitorio de mis tíos. A la derecha los dormitorios de mis primos. Entre medio un pasillo de madera. Sobre la pared, la cabeza de un alce. Yo dormía con mi primo Joaquín. Mi madre me había entregado como su bien más preciado “el libro” en un paquete. Recuerdo lo que ella me dijo cuanto me lo entregó: - No lo pierdas será tu compañero de andanzas y lo más preciado que te pueda acompañar en tu peregrinaje por la vida.
Esas frases me sonaron como un presagio, y temor, pero haciéndome de valor acepte el obsequio.

-Como final, ¿cuéntenos algo sobre la vida en “La Hacienda?
Un día apareció un forastero. Tío Esteban había ido a realizar unas diligencias al pueblo donde procedía. Necesitaba semillas de varios tipos para su plantío. Tía Mercedes, había pedido que comprase unas telas pues se avecinaba el cumpleaños de Mercedita mi prima de diez años y quería hacerle un vestido para esa ocasión. Lo acompañó en esa diligencia mi primo Joaquín, de ahí que quedamos solos ella y yo. La lluvia del día anterior todavía no había parado.
Es así, que me recluí en mi habitación, mientras Tía Mercedes estaba tejiendo sentada en una mecedora bajo el alero, mientras que parecía que el mundo se venía abajo por el aguacero.
En ese momento una ventisca se formó inesperadamente; un forastero con un nombre extraño y acento de otro lugar se presentó El caballo negro y grande, tan grande como el tamaño de un adulto de estatura normal, se presentó ante mi tía. Realizó un resoplido y se paró en dos patas frente al portal. De complexión grande, mirada que parecía penetrar el alma, con una cara de color cetrino pálido donde los pómulos sobresalían, vestido de negro, poncho negro y un sombrero de paja todo andrajoso del mismo color, así se presentó ante tía Mercedes y de un salto se apoyó sobre la baranda de la casa.
Con los ojos vidriosos y penetrantes miró a mi tía que casi se cayó de la mecedora donde estaba tejiendo un abrigo para su hijo menor. El tiempo pareció detenerse. El hombre de negro que se posaba sobre el terreno rojizo, girando su cabeza en busca de Mercedes. Los utensilios de tejer que ésta poseía cayendo al piso, mientras el codo de la mujer golpeaba el vaso de agua que se encontraba en la mesita.
El forastero que acomodaba el sombrero mientras el caballo tiraba una patada al aire y emitía un resoplido que perforaba el alma de de ella.
Doña Mercedes que trastabillaba mientras que con la otra mano se aferraba al pretil de su casa, sus ojos parecieron por un instante salirse de su órbita. Vaya uno a saber que saco entre su ropaje, el cual comenzó mostrárselo. Fue así que el forastero se detuvo frente a ella y dijo "Vendré por ti de noche".De un salto subió al caballo, que al sentir de nuevo el peso del mismo se paró en dos patas y con un relincho salió al galope.-Si te dejó, he hizo un ademán con las manos y de su boca salieron frases que nunca había llegado a escuchar, siento procedente de ella. Entró y me vio con “el libro”. Sonrió. Me asusté.
-Ya has de entender – dijo y se fue.
Estaba estupefacto, cuando del libro brota la voz de mi madre: -tranquilo hijo estas en buenas manos, sino fuese así, no estarías con tu tía Mercedes. Yo quedó mirando el libro que se había colocado a mi lado. En ese instante a lo lejos llegaba el sulky, el carro tirado por un caballo que a duras penas podía consigo mismo. Me dispuse a leer lo que mi madre había escrito.

-¿Qué sucedió con el forastero?
Hacía un momento que había parado de llover. El forastero no se había presentado, y yo no me animé a abrir “el libro”
La casa era de construcción rústica de dos plantas hecha de troncos y techo de paja. Al entrar un gran estar, muy amplio. A su derecha se encontraba la cocina. Frente a la puerta sobre la pared opuesta, una gran estufa de madera, que se acostumbraba a cocinar, poniendo un brasero. Al costado de la pared de la cocina del lado del estar, una gran escalera de madera rústica. Allí los dormitorios, el de nuestros tíos en la esquina derecha, en el medio el baño, y otro dormitorio siguiendo la línea del corredor. Al final de éste, el estudio de tío Esteban.
El corredor poseía una pasarela que cuando nos asomábamos, veíamos todo el estar, en el piso abajo.
-Cuidado, te va a jalar pa bajo el Ñancurutú. La voz sonaba grave.
El estar se componía principalmente por una gran mesa rectangular en el centro. Sobre la estufa de madera, se encontraban fotografías de nosotros. En la chimenea la cabeza de un gran jabalí cazado mucho tiempo atrás en una excursión de caza.
La casa se encontraba rodeada de árboles, que cubrían el frente y los laterales de la misma. Grandes ventanales poseía y teníamos luz natural desde temprano en la mañana hasta la tardecita, dada la ubicación respecto al sol.
-Cuando la luna llena, donde las Tres Marías, las estrellas del sur estén sobre el cenit.
Detrás un camino serpenteante que daba a la playa, que daba sobre el océano atlántico.
Disfrutábamos con mis primos, andando en bicicleta por los caminos de tierra que daban hacia los médanos de la playa.
-El Ñancurutú, te va a jalar pa bajo.
Nunca le hacíamos caso al folclore que representaba el Ñancurutú, pues jamás habíamos apreciado en nuestra corta vida a que se refería el Ñancurutú. La gente de la zona, aquella que vivían todo el año, muy anciana por cierto, tenían anécdotas escalofriantes que nos reíamos como si fuesen cosas de viejos lugareños. Esa noche de verano, la Tres Marías, las estrellas del sur, sobre el cenit se ubicaban.Yo dormía placidamente. En el dormitorio, de mi primo se encontraba.
Siento que me jalan, de la cintura para abajo y como si fuese una aspiradora me voy disgregando en medio de la noche
-Socorro.
Me despierto en medio de la noche junto a primos en la Hacienda. Sentado en la cama y una gota de transpiración por mi mejilla izquierda digo:
-El Ñancurutú.
Voy al cuarto de mis tíos Esteban y doña Mercedes, Estos no estaban. Sobre la pared, escritos en sangre: -Te dije que iba a venir.

-Ahora si que nos dejó intrigados, ¿cuéntenos más?
Desorientados estábamos los tres ¿qué pasó con los tíos? Mis primos y yo entramos en el despacho de tío Esteban. Todo estaba en orden, con excepción de “el libro” que se encontraba sobre el escritorio. Este se encontraba brillando, nos quedamos mirando los tres y optamos por abrirlo.
El despacho estaba conformado de madera, era oscuro ya que las cortinas que cubrían los ventanales que daban para el fondo, se hallaban cerradas. Nos acomodamos en unos sillones desvencijados y comenzamos la lectura.

Queridos hijos:
Si lo que voy a relatarles, ustedes lo leen es porque nos encontramos prisioneros. Querido sobrino, mi estimado Rubinstein, si logras destramar la trama de lo acontecido, será porque ya eres uno de los nuestros por tanto, tu tiempo en la hacienda a de finalizar. Si decides seguir adelante, te tengo que decir que te han de seguir tiempos tormentosos y difíciles.
Hijos míos, si optan seguir a Rubinstein por el peregrinaje que le depara, se les abrirá un mundo nuevo, lleno de fantasías y complejidades. Pero como todo en la vida, no exento de gratos momentos.
Los tildaran de locos, extraños, pero serán signados por el destino, el recorrer un camino que a muy pocos les han sido otorgados. Si optan deberán introducirse en la imagen del hormiguero que se encuentra a la izquierda. Se preguntarán como, sólo introdúzcanse. Es el mundo del Ñacurutú.
Los queremos
Tíos Esteban y Mercedes.

Nos quedamos estupefactos, el libro hablaba por si sólo con la voz de mis tíos. Nos miramos los tres, y tomados de la mano nos introducimos en la imagen, que cobraba vida a medida que nuestros cuerpos se introducían.

-Siga, siga, por favor Rubinstein
Mire Botija, se me hace tarde pero le diré esto. Nos quedamos estupefactos, el libro hablaba por si sólo con la voz de mis tíos. Nos miramos los tres, y tomados de la mano nos introducimos en la imagen, que cobraba vida a medida que nuestros cuerpos se introducían.
La habitación donde nos encontrábamos era el de un hotelucho de mala muerte, metida en el corazón de la gran metrópoli.
En la misma, sobre la pared opuesta a la puerta que da al pasillo, dos camas de una plaza. Sobre la pared lindera a ésta última, un gran ropero con un espejo, que lo que menos reflejaba era la imagen de uno. Al lado del ropero, una puerta de hierro oxidado se hallaba. Era el retrete.
La pared frontal a la del ropero, una pequeña terraza que daba a un callejón sin salida. Las paredes de la habitación lo que menos tenía era una mano de pintura.
Como llegamos hasta ese lugar, no lo recordamos. Sabemos que hace mucho. Sentíamos presencias a nuestro alrededor. Nos observaban.
Cuando nos cambiamos de ropa y nos miramos al espejo, nos vimos como eramos, con la ropa vieja de siempre y nuestra cara escuálida.
De repente todo se nos oscurecíió a nuestro alrededor, y en el espejo vimos una gran mansión con jardines a su alrededor, sol, un unos niños jugando y columpiándose.
Hay grandes árboles en los jardines, estatuas de ángeles en mármol y muchas fuentes.
Sentimos la risa de los mismos. Moríamos por reírnos como ellos, pero no podíamos por más que lo intentemos. Cuanto daríamos por hacerlo. En nuestra cabeza sentíamos un canto, que nos atraía como un imán.
Observabamos la imagen en el espejo, y los niños ahora estában alrededor de la gran alberca que se encuentra en la parte posterior de la mansión.
Una niña de unos 10 años, de tez morena como el azabache se hallababa cantando y dos jóvenes a su alrededor. Los niños, junto a ellos sobre la mesa de hierro, al costado de la gran alberca se encontraban.
No nos podíamos resistir, nos acercamos más a la imagen, y vemos el agua.
-Socorro. Nuestro cuerpo se desdibujo del hotel.
Mientras éste se desvanecía una voz llega desde la imagen “los tengo”.
Mi primo cae de bruces sobre la gran mesa de hierro, y los nosotros nos levantamos.
-Muchachos es hora de irnos, dejen a los tíos descansar en paz.
Lo último que recodamos, unos ojos de una joven de unos 10 años, dos muchachos de aproximada edad mirando desde el agua de la alberca y una mano que nos jalaba para el interior.
-Bueno, la muchacha dice. Ahora podremos estar tranquilos, los tíos retornaron. El Ñacurutú no tuvo suerte.

-¿Fue ahí que se fue de La Hacienda”?
Efectivamente Botija. Tío Esteban y tía Mercedes se encontraban desayunando temprano. – Gracias Rubinstein, - ella me dijo.
No fue sólo mío el mérito para llegar a donde vosotros estaban. También fueron de Joaquín y Merceditas. Fundamentalmente Merceditas que hizo el contacto de entrada. Joaquín me ayudo a extraerlos de donde se encontraban. Fue Merceditas quién con su canto hizo que se acercaran vosotros al espejo. El libro descansaba ya sobre mi regazo. Entendemos – nos dice tía Mercedes. Ustedes tres ya formáis la cofradía de los Magos de Villa Esperanza. Con esto, querido Rubinstein, has de seguir lo que te mande tu destino - tía Mercedes me dice. Nos sin antes darme el siguiente consejo: - Cuando cruces “Las Tres Marías” al oriente verás el caserío de Don Torcuato, no te detengas más que para pernoctar una noche. No es conveniente quedaros más de ese tiempo, luego podéis proseguir vuestro itinerario. Nuestro espíritu os acompañará. -Un guía los a de acompañar, mas adelante. Cuando se contacten ingresaran al mundo de "La Cofradía".
Así sin más me despedí de mis tíos con el corazón acarreando un peso que no sabía como sacarlo. Mis primos me siguieron en la nueva travesía juntos. Una valija era mi acompañante. En ella, mi libro.

Como siempre sus historias. Se nos fue el tiempo que teníamos previsto en demasía.
Gracias por venir Rubinstein. En otra ocasión lo invito para platicar sobre el mundo ese de las almas malditas. –Cuando guste, Botija. Se desvanece en el aire, dejando una aureola de bienestar, paz y amor.



Una audición de Radio Gurí
La emisora más oriental de los pagos rioplatenses.