Rubinstein, el gurú médico

Aquí Radio Gurí, desde el charco más oriental del Río de la Plata trasmitiendo para la audiencia de este foro literario tan prestigioso. Hoy el botija de la Radio tiene para todos vosotros queridos escriba-lectores una entrevista en exclusiva con el Gurú médico en artes predicativas y mentalistas, el mundialmente llamado Rubinstein.

Nos encontramos en el plató central de la Radio. Una mesa ovalada nos separa entre ambos.

-Buenos días, señor Gurú.

-Buenos días botija.

Rubinstein un hombre delgaducho de mediana edad con cierto inicio de canas, toma un trago de agua y deposita suavemente el vaso con su mano diestra en la mesa. Me mira inquisidoramente.

-¿Cómo es qué se inicio usted, en estas artes médicas de carácter paranormal?

El hombre, con su traje oscuro se tira hacia atrás; su mano diestra se hace de su habano, mientras una bocanada de humo se perfila por su rostro.

-Verá usted señor botija, si mi me memoria no me falla, en lo que va de mi vida terrena, no hace mucho; “El” me inicio luego de una larga selección de candidatos.

-¿Cuándo usted habla de “El”, se refiere al Señor?

-Si señor botija. El señor ha sido mi mentor.

El aura de paz y espiritualidad nos invade a todos los que en el Plató nos encontramos en él, desde yo que soy el locutor, hasta los encargados del audio.

-Según tengo por acá, déjeme revisar. El locutor de la Radio Gurí, se les cae algunas hojas del cuestionario. -Dicen que usted ha sanado la mente de almas con desasosiego, tristeza y malestar. ¿Qué hay de cierto en todo lo que aquí se dice?

-Mire.Me observa con esos ojos que emanan una bondad y espiritualidad infinitas. Recuerdo un caso, en que un muchacho en Italia fue asesinado porque era hijo de un diplomático. Lo tenían secuestrado en una choza a orillas del mar Tirreno. Este se les escapó de los captores.

El locutor de la Radio lo mira atentamente, mientras toma un sorbo de agua mineralizada. Rubinstein se acomoda sus lentes bifocales, y se sopla la nariz.-Perdone, me dice.

-Como le decía este caso fue asesinado un 20 de diciembre y transportado a su país natal por la familia. El 24 de diciembre a mediodía fue depositado en el Cementerio Central.

-Ohh, justo el día de noche buena, acoto.

-Si y sabe usted, que su hermano menor, esta por fallecer. Lo dice en un tono tranquilo y sosegado, como acostumbrado a presenciar este tipo de situaciones, y fuese lo más natural del mundo.

-El señor tiene previsto la acogida de dicho miembro para el 25 de este mes al mediodía.

-Navidad, digo asombrado y sin dar crédito a lo que oigo.

-Si señor locutor, atina a decir Rubinstein, mientras se sirve otro poco de agua.

-¿Cómo se llamaba el muchacho que fuera asesinado en Italia?

-Juan Carlos, tenía doce años al momento del suceso. Una bocanada de humo del habano Miró sale de la comisura de sus labios. -Este, Juan Carlos, de piel blanca como sus progenitores, y pelo oscuro como el de su madre, heredó el carácter de su padre, que aún vive, al enterarse del futuro fallecimiento de su hermanito, cayó en una depresión mortal, sabe.

Yo, el locutor, lo miro extasiado. No doy crédito a mis oídos. Atino a preguntarle -¿Y qué pasó Rubinstein?

-Hubo que llevarlo a una clínica psiquiátrica, para atenuarle la pesadumbre y tristeza que albergaba en el corazón de su alma.

Hay un descanso, mientras el Gurú médico me mira. –Díganos Señor Rubinstein, ¿Al fallecer el alma vive en los cielos?

El Gurú médico se acomoda nuevamente en el sillón y me mira como meditando. –No es que sólo viva, sino que es un plano diferente, vio. Es como un estado sin materia. Pero yendo al caso de Juan Carlos. Este estaba tan venidos a menos que necesitaba un tratamiento para calmar el dolor del alma.

Yo, lo miro extasiado por la forma como nos habla de las almas y la vida en el “más allá”. Y miren que he tenido experiencias de todo tipo. Digo como que soy el locutor de Radio Gurí, y me llamo botija.

-Cuando lo fui a ver… La voz me había transportado a otro estado de ensoñación.

-¿Si? Atino a decir con la boca abierta de bobo por lo que escuchaba.

-El se encontraba en un cuarto en la segunda planta. El mismo, el cuarto, daba para los fondos de nosocomio. El ventanal daba a la piscina que estaba bordeada de abetos y pinos.

-¿Qué pasó, entonces? Atino a decir cuando casi me atraganto con un sorbo de agua. –

Perdón, señor Gurú.

-No es nada botija. El Señor me dijo que le mirara la cabeza. Había un corredor, al fondo daba vuelta. En las paredes laterales existían tres puertas cerradas. Cuando entre y quise caminar, una cabeza grande se interpuso en el camino. -¿Sabe que pasó, señor botija?

-No, atino a decir.

-¿Quién eres? Me dice en forma imperativa.

-¡¡Ohh!! Me sale bien de adentro.

-Con una mano me levanta en los aires y caigo de espalda sobre la pared donde estaba la puerta por la que había entrado.

-Usted, Rubinstein ¿se refiere a al cerebro humano, como imágenes?

-Si, me contesta. –Las enfermedades del alma parten del cerebro y se ven las causas por medio de imágenes creadas.

-Entonces, ¿el estado de conciencia no fallece al dejar el cuerpo físico, Rubinstein?

-Claro que no.

-Yo simplemente le dije que debía irse, evaporarse, o como quiera usted decirle señor locutor. Y así fue.

En la radio, estábamos todos mudos, desde el operador de consola, hasta el director del programa del cual soy parte como locutor.

-Abro una puerta y veo a Juan Carlos en un colegio en las afueras de Roma, con los pirineos de fondo fumando marihuana.

En otra puerta aparece el demonio ese, y me expulsa contra la pared opuesta del corredor y cierra la puerta de un portazo.

-¿Qué hizo entonces?- Ya atento observo la reacción del Gurú.

-En nombre del Señor tiro abajo la puerta y lo hago desvanecer.

-El cerebro físicamente desparece al uno fallecer, ¿no es así, Rubinstein?

-Mírelo de esta manera señor botija. Dejamos el cuerpo físico como quien se saca la ropa. Imaginase que uno cambia de ropa. El espíritu es lo que realmente uno es.

-Fascinante, atino a mencionar. - ¿Qué pasó con ese tal Juan Carlos? Me inclino hacia delante y lo miro a los ojos color azabache.

-Para achicar el relato, le diré que en ese cuarto estaba él, como un niño desvalido arrinconado en un a punta del cuarto. Muy profundo en su cerebro, esa alma penaba.

Me acurruco a su lado y lo tapo con una frazada. El me muestra escenas de la vida de su hermanito, al iluminar rincones del cuarto así como el comportamiento de sus padres.

-Y…? Mis dedos se mueven de nerviosos.

-Le digo que ahora puede dejar eso atrás. Y lo llevo despacio al corredor. Nos desvanecemos y se lo entrego a una nuerse en el Psiquiátrico del Cielo.

-¿Qué experiencia la suya, Rubinstein?

-Tengo otra botija.

-Dígame esa cara ¿qué era? Atino a decirle al entrevistado estelar.

-Los demonios que esa alma tenía adentro y por la cual los médicos en el Cielo no podían acceder.

-Entiendo.

Se nos fue volando el tiempo Rubinstein, pero lo cito para otra ocasión aquí en el misma sintonía del la Radio, más prestigiosa de éste foro literario.

-Gracias. Deja lo que quedaba del habano en el cenicero y se bebe lo último que quedaba en el vaso.

-Ahora pasaremos al nuevo programa de la tarde señores escriba-lectores.