Insectolandia

Querido libro, que descansas en el cajón superior de mi mesita de luz, te quiero contar el último viaje que tuve o experiencia en lo paranormal. No te rías de mí, siempre lo haces y últimamente, hasta pareces agnóstico.

Te voy a contar cuando tuve que ir a Insectolandia y rescatar un alma perdida. Ya se que me preguntas “¿y dónde queda eso?” Si te callas y me das páginas en blanco procederé a contarte la experiencia que viví cuando dejé mi cuerpo físico.
Me sentí ir, alejarme de mi cuerpo, pero con mucha facilidad. De golpe me vi frente a un planeta del tamaño de Júpiter se había formado alrededor de a una pareja peculiar de estrellas binarias situadas en el superpoblado centro de un cúmulo estelar. Un planeta ubicado en la cuarta franja de planetas desde Antares y Sigma en la Constelación del Escorpión. –Te dije que no te rías de mi, ¡¡tonto!!
¿Te acuerdas que te comente cuando escribí sobre la experiencia relatada en “El cuarto planeta?” Un planeta de color verde anaranjado. Te comento que Insectolandia es un reino de insectoides del lado rojo de dicho planeta. En este viaje que realicé iba como embajador terráqueo. La tierra era roja devastada por las distintas subespecies de insectos que superpoblaba ese reino, a diferencia de los humanos escorpiones, que luego de una guerra que duró 5 siglos por el rapto de una princesa insectoide, poseían la mitad del planeta, de un color verde a causa de de las colinas levemente pronunciadas salvo algún pico montañoso por aquí, o por allá.
La zona que llegué había grandes montones de termiteros del cuya boca poseía el diámetro de un volcán de mediano diámetro. Cuando me puse en su borde y mire las estrellas, al occidente de donde me hallaba, a unos 35 grados de latitud por encima mío veía la Vía Láctea en forma oblicua girada de lado. Detrás de mí se encontraba la constelación de Libra volcada de tal manera que sólo se veía el anillo superior de la misma; la zona donde los humanos libranos viven.
-¿Me sigues libro tontuelo? Sigo el relato. Alrededor mío existían picos de montañas escabrosas. Me dejé caer por una de esas bocas de los volcanes al instante que veía una nave de forma de insecto salir de una de ellas de lo que yo llamaría volcanes, que en realidad eran termiteros gigantes.

El mundo de los insectos.
Cuando hice pie en el fondo de un túnel escarbado en la roca, una gran cueva se veía frente a mis ojos. –Adelante señor embajador; escucho decir, un moscoide de 1,5 metros de altura de forma humanoide que tenía el deber de escoltarme ante su alteza real “La gran mantis real”. Este, poseía dos brazos en ves de alas, y eran los acróbatas del reino insectoide. La imagen que se me desplegaba a mi vista era un mundo de colinas y montañas de algo que tenía vida propia. Era un mundo de insectos; animales de cuerpo segmentado, con esqueleto externo se apreciaban por todos lados; escarabajos poseedores de brazos delanteros muy duros y posteriores membranosos; por donde la vista me permitía; palotes que atacaban la base del cráneo de las personas y las inmovilizaba; langostas y saltamontes dando saltos muy grandes, es decir, de enorme longitud en relación a su cuerpo, así como grillos que se alimentaban de plantas, materias animales e incluso de individuos de su propia especie por no decir humanos. Estos últimos habitaban en granjas. Animales como la libélula, ojos muy abultados, el abdomen muy largo y el tórax mucho más grueso, desde donde se apreciaban sus dos pares de brazos, se veía por doquier. Era la zona externa a donde la realeza habitaba. Esta era de la familia de las langostas y saltamontes. Este pequeño moscoide, por definirlo de alguna manera me pone en las puertas de la ciudad que denominé Insectolandia dada la variedad de vida insectoide que mis sentidos no podían aceptar. El tamaño estándar de esta especie era del tamaño de un adulto de buena complexión.
–Dame más hojas libro tonto que se me seca la tinta. Sigo el cuento. Cuando arribaba a la Insectolandia, desde una colina, cubierta de algo pareciera a unas chinches, dado el aparato bucal en forma de pico que utilizaban para absorber los jugos humanos que le servirán de alimento, aunque no fuese su fuente primaria de comida, comencé a apreciar por vez primera lo que conformaba el exterior de la ciudad. De lejos, se apreciaba el Castillo Real. Lo más notorio era la gran muralla que cubría Insectolandia. Esta, una proeza de la ingeniería que ha sido muy pocas veces igualada. Esta metrópoli, pues no se puede definir de otra manera, fue un conjunto de pueblos que se unificó en un imperio a partir de una vaga configuración de estados feudales. –Ahh, ahora si te esta interesando el relato, ¡¡libro tonto!!
Las altas murallas de lo que pareciera ser madera, el castillo Real de su majestad se extendían por casi 2.5 kilómetros, Los curvados bastiones de las inmensas murallas eran interrumpidos por impresionantes puertas.-Imagínate libro, si todo esto lo podía divisar desde la colina donde la chinches del tamaño de un niño de doce años se alimentaban de los jugos de los humanos del otro lado del planeta; la zona verde.
-Mi cuerpo físico se halla cansado, me esta reclamando que venga de apuro ya que necesito descansar. Así que dejo por hoy el relato, del mundo insectoide en el cuarto planeta de la constelación de Escorpio. Si puedo, te comentaré más adelante lo que vi en Insectolandia y la entrevista con su realeza insectoide, la mantis real. Antes de irme si es que mi cuerpo astral no se va antes, he de decirte que desde la colina donde veía la mayor parte de Insectolandia, se apreciaban naves voladoras de distintas formas. Existían formas de escarabajos, formas como de langostas, moscas, etc. Impresionante.
Te dejo porque me duermo, nos vemos en otro momento. Ciao

Rubinstein