Esteban

Esta historia que paso a relatarles me pasó a mí. En este momento me encuentro muerto pero aunque todavía no se como es que esta historia pasa a manos de ustedes, si les puedo decir que pasó y como.

Me acuerdo que cuando niño, acostumbrábamos a jugar a los cawboys, luego de la escuela en la calle. Mi casa era de tipo humilde, que a pesar de haber vivido en cantegriles, la nuestra se caracterizaba por poseer ladrillo a la vista. Estos eran asentamientos precarios que bordeaban el cinturón externo de la ciudad. Los perros sarnosos, andaban a nuestro alrededor, y el malandraje pululaba por doquier.
La casa de techo de cinc, a doble agua era tipo humilde como todas las que por la zona existían. Pero teníamos televisión. La gente acostumbraba a vivir de lo que podían hurtar o sustraer. La gente que no tenía donde caerse muerta andaban en sulky, una especie de carro tirado mediante un caballo que apenas se sostenía de lo flaco que era. Los caminos del barrio eran de tierra, que cuando llovía no había quien entrara.

Me acuerdo que tenía una hermana, dos años menor que yo. Heredé, la frente de mi abuelo que falleció ya ni me acuerdo cuando. De lo que recuerdo de él es que vivía dos cuadras más abajo, hacia el sur. Lo mataron cuando robó un automóvil. Pero eso es otra historia. Mi cuerpo flacucho, era igual al de mi tía Alejandra, que cuando lo de Franco en España, se casó con un gallego, que había emigrado. Dicen que fue todo un acontecimiento el barco en el puerto. Mi hermana Ana Laura, que creo que vive, y se fue del barrio, logro estudios, y por su inteligencia consiguió una beca en los Estados Unidos. Ella tenía, el pelo trigueño de su madre, y el carácter de su abuelo Sebastián.
Siempre fue tenaz y decidida, todo lo contrario a mí que era tímido y enfermizo.

Si mi memoria no me falla, aunque muerto todavía recuerdo, apenas tenía dos años Ana Laura, cuando mi padre, que fue un diler vendiendo canela fina, alfalfa y anfetas, la de palizas que propiciaba a mi madre, que ante mis ojos siempre fue una santa. Un día, temprano, ella se encontraba en la cocina. Todavía recuerdo que nos calentábamos de la inclemencia del tiempo con el “Primus”, una especie de calentador que funcionaba a base de keroseno. Mi padre de unos treinta y tantos, venía con una borrachera de los mil demonios.
Ni cuenta se dio que estábamos nosotros dos, la tomó a mi madre por detrás, y bruto como lo recuerdo, la violó levantándole la falda, y empujándole la cara contra la mesada de piedra que teníamos en la cocina. Nosotros nos acurrucamos dentro de un armario desvencijado que teníamos como lugar para los trastes. Por un orificio en la madera observaba la escena, tapándole la boca a mi hermana, que estaba arrodillada a los pies míos llorando.
Cuando se satisfizo, de un portazo se fue a dormir, tirándose en el sofá del living como venía sin sacarse la ropa, ni preocuparse por higienizarse.
Otro día, llegó de noche, tan de noche que estábamos dormidos Ana Laura y yo, cuando él dejó el Sulky y guardo el caballo, entro a la casa. Mi madre que era una santa, a mis ojos claro, le había dejado preparado la cena que no era más que un rejuntadero de comidas de otros días que sólo por el hecho de que no le agradó la tomo de los pelos, en la cama y tremenda paliza le propició.
Yo con mis cuatro añitos, veía todo desde mi cuarto hasta sentía como se movía la cama de hierro forjado que había conseguido de un rebusque entre sus compañeros, tan malandras como él.
Luego de ello se puso a mirar la televisión, el único canal local que se podía sintonizar, pues ni antena en el techo tenía. Era un aparato que funcionaba a válvula.
Como el dinero no nos daba para nada, mi madre ejercía la prostitución. Claro está que nos mandaba para afuera o a las clases, ya que ahí, la escuela nos daba desayuno y una magra merienda, pero merienda al fin. Mi padre venía y le extraía buena parte de ese dinero, sin dejar de propiciarle una golpiza. El decía “por si acaso”. Ella quedaba tendida en el piso llorando.
Otro día cansada de las golpizas y el mal trato mi madre lo espero sentada en el living. Cuando el llegó, quería su cena sin importarle si habíamos comido, que dicho sea de paso, eso se lograba por los escasos recursos que mi madre lograba incautar de su ejercicio de meretriz.
Como no tenía nada le fue a dar una tremenda paliza en la cocina. De una gaveta, existente debajo de la mesada, extrajo un cuchillo de mediano porte. El se la sacó de la mano, haciéndola golpear su cabeza contra la punta de una mesa de madera desvencijada que había ahí. El cuchillo, cayó a mis pies que yo así. Recuerdo habérselo incrustado en medio de la espalda, matándolo al instante.

Cuando tenía 18 años, hice mi primer robo y último. Ana Laura, se había desvinculado de nosotros. La policía nos persiguió por varios barrios de la ciudad.
Hasta que nos acorraló cuando incrustamos de frente el Subarú contra el poste del alambrado público cayendo sobre el techo de éste. Yo salí medio ileso, pero Juan mi compinche, estaba volcado sobre el capó del vehículo cuando fue disparado por la ventanal delantero. Murió al instante.
A mi me tenían esposado los policías, cuando me le escapé. Fue lo último. Me mataron por la espalda.
-Ahh, me olvidaba, perdonen, mi nombre es Esteban.